La politología me pareció siempre una ciencia complicada. La interpretación certera de los comportamientos de los partidos, más en los tiempos convulsos que estamos viviendo, resulta cada vez más difícil por los múltiples factores que entran en juego más allá de las relaciones entre sí y con la sociedad de la que emanan para llegar a la consecución del poder, que es en definitiva el objetivo último que persiguen al pasar por las urnas y llegar a las instituciones. A partir de ahí, sin pretender ejercer de politólogo, simplemente con una observación del «cambio de ciclo» que se intenta promover en Gijón a partir del asalto al gobierno producido en el país, se puede apreciar en el movimiento para desalojar a Foro al frente del Ayuntamiento varias trampas que amenazan con llevar la moción de censura al fracaso antes de que nazca.
En plena resaca de éxito sanchista la dirección nacional de Izquierda Unida decide, contra viento y marea, la confluencia con Podemos en las próximas elecciones autonómicas y municipales. Aurelio Martín, portavoz municipal de IU, en línea con la mayoría de la coalición en Asturias, rechaza tal matrimonio preelectoral porque en todo caso los acuerdos tendrían que ser a posteriori, pero además pretende demostrar la imposibilidad de entendimiento con una organización que optó por sostener a un gobierno débil de la derecha en lugar de favorecer el mandato de la izquierda. El representante de IU pergeña con los socialistas y con el sector más crítico de Xixón Sí Puede la presentación de la moción de censura con el fin de poner en un brete a quienes rechazaron aquel pacto por evitar que el mismo PSOE que gobernó esta ciudad durante treinta años accediera nuevamente a la alcaldía. Y de esta manera, antes de una asamblea local de su organización, propone reabrir la discusión sobre la moción coincidiendo con el proceso de primarias que enfrenta a Mario del Fueyo y Verónica Rodríguez por el control y la candidatura del grupo de Pablo Iglesias en Gijón.
Izquierda Unida, con la asistencia socialista, logra intervenir en el debate interno de los podemitas con una cuestión que en cierto modo les acompleja.
Segunda trampa, el candidato. Los promotores de la idea rehuían hablar sobre la persona que tomaría el bastón de mando si lograsen sacar adelante la moción. Antes son los diagnósticos, las condiciones, el programa de gobierno, etcétera, con generosidad y sin líneas rojas. Pero el candidato, a un año de las elecciones, es realmente lo relevante, más aún cuando ninguno de los líderes presentes en la corporación tienen garantizado que vuelvan a encabezar la lista en los próximos comicios. En todo caso, el que se lograra colocar tendría abonado el terreno dentro de su propio partido, de ahí el tumulto interno en el PSOE, y cualquiera de ellos, al final, sería rival del que le pudiera apoyar en el relevo a Foro. La imagen del alcalde en los carteles suma puntos en la parrilla de salida cuando el voto que se disputan las tres formaciones resulta cada vez más caro. Conceder de mano esa ventaja puede ser un grave error para el que lo haga.
Tercera, el escaso tiempo de gobierno. En apenas nueve meses no se cambia una ciudad, pendiente de un plan urbanístico sobre el que existen diferencias entre los grupos del tripartito y de un ajuste financiero que irremediablemente lleva al recorte en inversiones y gastos. Coger las riendas del Ayuntamiento a estas alturas supone un riesgo enorme para quienes promueven la ocupación. Superado el golpe de efecto, con alegría y alborozo, entrarían en fase de desgaste.
Y la última. Tengo dudas de que la moción de censura sirviera para dañar a Carmen Moriyón en su camino a encabezar la lista de la formación casquista a las elecciones autonómicas. En todo caso se convertiría en víctima del combate de la izquierda por la conquista del poder en una región donde el liderazgo del centroderecha sigue siendo débil y escaso. La respuesta del electorado, a veces, es imprevisible. Hasta puede premiar a quien resulta castigado.