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Ángel M. González

Viento de Nordeste

La estética del carbón

Llevamos treinta y dos años atribuyendo el carbón que aparece en la playa al desastre del ‘Castillo de Salas’ y nos viene un grupo de investigadores cualificados a desmontarnos el mito sembrando dudas sobre su procedencia. Durante esta semana he leído y escuchado todo tipo de teorías e hipótesis después de que este periódico publicara el estudio del Instituto del Carbón acerca la aparición del polvo mineral en los alféizares de las ventanas y de la sábana negra que de vez en cuando cubre San Lorenzo. Las versiones van desde los recuerdos de la infancia hasta las explicaciones más ingenieriles, enriqueciendo la discusión sin conclusiones determinantes.
Tampoco los expertos del Incar, en su informe, absuelven totalmente de culpabilidad al dichoso mercante. Simplemente aportan al debate la posibilidad, que no la certeza, de que la manipulación de graneles en el puerto o en el parque de Aboño contribuyen a ensuciar el arenal. Es decir, además del carbón volandero, los kilos que caen al agua durante las descargas pueden generar los manchones. Tesis lógica, por otro lado, que solo se puede censurar por el nivel de utilización que de ella hagan quienes insisten en criminalizar la industria por todos los males que supuestamente padecemos. Como el frente antitérmico que ayer se manifestó en las localidades donde están emplazadas las centrales condenadas a su desaparición.
Sobre el carbón de la playa hace tiempo que me hice objetor. Cuando emerge para depositarse en la orilla prefiero contemplar la composición resultante como si se tratara de una obra de Tàpies, haciendo abstracción del artista. Un lienzo temporal, por otro lado, que inmediatamente es borrado por las brigadas de la limpieza. Quiero decir con ello que no es el mayor problema que tenemos en la costa, ni mucho menos. El mineral que trae la mar tiene un impacto estético rápidamente corregible, pero es el más inocuo de cuantos recalan en la arena. Peor es, desde luego, lo que llega flotando o disuelto por la falta de depuración de las aguas.
El análisis del Incar, sin embargo, ha generado la reacción en cadena de quienes se han dado por aludidos, reclamando un estudio “serio y riguroso” sobre el origen del carbón. La labor investigadora del equipo adscrito al CSIC queda, de momento, a la espera de ser contrastada por el correspondiente contrapunto pericial. El informe, no obstante, me ofrece alguna duda, que quizás sea únicamente de interpretación. Sostiene que el material que se deposita es una mezcla de distintos tipos de mineral, la mayoría usados en procesos industriales o para calderas de otras factorías. El ‘Castillo de Salas’ cuando naufragó no se encontraba en la bahía de excursión. El buque no estaba fondeado por entretenimiento cuando embarrancó junto al cerro de Santa Catalina. En sus bodegas transportaba 100.000 toneladas de carbón para Ensidesa y la mar no altera con el paso del tiempo su composición.
La alcaldesa de la ciudad, ante este nuevo relato científico, se comprometió a emplear todos los medios al alcance del Ayuntamiento para intentar aclarar la verdadera fuente de la hulla playera. El presidente de la Autoridad Portuaria anunció que se iba a encargar otro estudio tras el ‘folletín’ de los investigadores. Llegados a este punto, no queda otra que resolver la incógnita. Sobre todo, para luego determinar si hay que reclamar a los responsables el pago de una factura de tres décadas retirando el mineral a paladas.


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