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Ángel M. González

Viento de Nordeste

El camino hacia la nada

En los últimos cuarenta años no hubo ciclo económico, ni bueno ni malo, en el que Asturias no fuera sometida a alguna reconversión. La región sufrió reestructuraciones en todos los sectores, desde el primario hasta el terciario, con la consiguiente pérdida de empleo y de capacidad para engancharse al desarrollo y convertirse en una zona con una economía fuerte. La agricultura, la ganadería, la pesca, la siderurgia, la minería, la construcción naval, la actividad armamentística, la banca… Los pilares tradicionales del PIB regional se fueron resquebrajando y aunque se ha ido dando paso a otras ramas que crecieron durante todo este tiempo, como los servicios, el comercio y el turismo, su aportación no ha sido lo suficientemente relevante para la expansión.
Tampoco las medidas de acompañamiento para paliar sus efectos resultaron eficaces. Se han devorado más de 10.000 millones de euros en fondos europeos, de la administración central y regionales para transformar la región y, sin embargo, somos la única comunidad autónoma de España que en estas cuatro décadas no fuimos capaces de doblar nuestro producto interior bruto. Por el contrario, estamos a la cabeza en número de pensionistas por cotizante y en pérdida de población.
La gran recesión agudizó nuestros males. Hemos perdido más empresas, la inversión pública ha caído, el gasto social se ha disparado, el nivel de desempleo se duplicó, el número de pensiones ha crecido, el éxodo de los jóvenes sigue siendo imparable y la recaudación se ha reducido por la merma de actividad. Quizás se pudiera pensar que peor no nos puede ir y, sin embargo, el panorama que tenemos por delante es absolutamente incierto.
No hay posiblemente ningún otro lugar de este país en el que la transición energética a la que nos vemos abocados sin remedio tenga mayor impacto industrial y económico. De hecho, ya lo estamos sufriendo. No me refiero únicamente al cierre de la minería, que de por sí tiene consecuencias sociales indudables. La situación que atraviesa la gran industria en Asturias por los costes de la electricidad y por las restricciones medioambientales forman parte de las primeras embestidas de ese proceso. Alcoa, con su decisión de abandonar Avilés, no hace otra cosa que escribir el preludio. La nueva reconversión en ciernes tiene en el punto de mira nuestro motor productivo y todo el sistema logístico que le da soporte, incluido el puerto de El Musel. La desaparición de las centrales térmicas como consecuencia del programa de descarbonización conllevará una nueva sangría industrial en Asturias de difícil compensación. Más de 2.000 empleos están en juego. Por lo tanto, hay que continuar la búsqueda de una alternativa consistente que evite que lo que llaman ‘transición’ no sea el aniquilamiento, el camino hacia la nada. Un modelo que haga de la región un lugar atractivo. No solo para vivir o veranear, también para emprender y trabajar.


enero 2019
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