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Ángel M. González

Viento de Nordeste

El Mónaco del norte

Desconozco cuál puede ser la varita mágica con la que podamos ser capaces de frenar la alarmante pérdida de población, pero lo que sí resulta evidente es que hasta ahora no solo no hemos acertado con la receta para paliar la hemorragia demográfica sino todo lo contrario. El último balance que dio a conocer el Instituto Nacional de Estadística con los datos del padrón vuelven a confirmar lo que hemos venido diciendo tantas veces, la ausencia de una política que permita combatir con eficacia el despoblamiento regional.
Gijón ha vuelto a ser uno de los municipios que mayor sangría ha experimentado, el doble que Oviedo, aunque bastante menos que Avilés. Pero las poblaciones de las cuencas, una vez más, protagonizan los peores datos del saldo contabilizado por el INE. Solo Mieres, Langreo y San Martín del Rey Aurelio perdieron 1.380 residentes en un año, casi el triple del registro gijonés.
La desertización poblacional de Asturias avanza desde las alas hacia el centro, con las comarcas mineras convertidas en un auténtico sumidero. Según la cifra global, el censo se redujo en 6.716 habitantes. De continuar así, si no acertamos a cambiar la tendencia, Asturias perderá en apenas cuatro años la referencia del millón. La pregunta es si seremos capaces de mantener la viabilidad como región por debajo de ese umbral con una estructura donde predomina el envejecimiento y el relevo generacional cada vez es más estrecho. El problema es muy grave. Lo que ahora se considera un reto tiende a convertirse en una necesidad acuciante de rescate.
La recesión lo ha agudizado. Jamás tuvimos un éxodo de jóvenes y profesionales cualificados tan masivo como el que hemos sufrido durante esta década negra. Con la emigración no se nos ha ido unicamente el talento. También una buena parte de nuestra capacidad fértil, por lo que resulta vital buscar soluciones que permitan la regeneración. No basta con confiar en el crecimiento de la economía y en la creación de empleo para considerar que, de esa manera, volveremos a ser más de lo que somos. Quizás sirva para poner coto a esta regresión de forma coyuntural, a lo largo del periodo que dure la bonanza, aunque hay que acompañarlo de medidas que favorezcan una estabilización a medio y largo plazo. Existe un amplio catálogo, desde acciones en beneficio de la conciliación hasta los incentivos para fomentar la natalidad, que ofrecieron buenos resultados en determinados lugares del continente europeo.
Pero tenemos que poner sobre la mesa otras ideas, incluso renunciando a ciertos prejuicios ideológicos que llevaron a adoptar decisiones que el tiempo ha ido demostrando que fueron equivocadas. Se echa de menos una mayor originalidad en la batalla demográfica. No solo se debe pensar en fomentar el retorno de los emigrantes asturianos o en favorecer la inmigración. Hay que encontrar fórmulas que nos distingan del entorno aprovechando nuestras fortalezas. Conseguir un espacio sugerente y de oportunidades, que permita vivir con el mayor nivel de calidad y bienestar posible. Asturias, en ese sentido, es un enclave privilegiado.
Hace algún tiempo una persona con influencia en el mundo económico, perfectamente conocedora de nuestras virtudes y defectos, concebía la comunidad autónoma como el lugar ideal para el asentamiento de elites empresariales y profesionales, con capacidad para establecer su residencia familiar aquí y trabajar fuera. Para ello era necesario cumplir una serie de condiciones, que se añadirían al conjunto de ventajas que por sí misma ya ofrece Asturias. Enumero tres que son básicas en la determinación: un modelo educativo mejor que el que tenemos a todos los niveles, una buena oferta de AVE y de conexiones aéreas con Madrid, Barcelona y los principales aeropuertos europeos y un sistema fiscal atractivo para las rentas medias y altas. Es decir, la madre del cordero.
Hay que competir en la captación de empresas, pero también de personas. Una vez llegados a este punto habrá quien pueda interpretar que lo que se plantea es crear el Mónaco del Norte. Y es que al final nada es más libre que la imaginación.


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