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Ángel M. González

Viento de Nordeste

Reconocimiento a su altura

Vicente Álvarez Areces había cambiado la imagen de su whatsapp subiendo a la aplicación una fotografía aérea de su ciudad. Gijón desde el cielo, una estampa premonitoria. Quizás le estaría rondando alguna idea por la cabeza para su plasmación. Quién sabe. Lo cierto es que la urbe en la que hoy vivimos es la misma que nos ha dejado Tini, esa que en las últimas semanas mostraba en su perfil. Una ciudad que transformó en doce años, a la que le dio la vuelta como un calcetín, hasta hacerla prácticamente irreconocible para aquellos que han tenido la oportunidad de conocerla antes y compararla después de ‘la era del alcaldón’.
En 1987 Gijón era una villa triste y gris. Necesitaba una revitalización radical mediante una nueva manera de hacer política que levantara el ánimo de la población en medio de una crisis que comenzaba a dar sus dentelladas a las industrias que sustentaban la economía y el empleo local y regional. Solo una persona con el empuje y la nobleza del hombre que en la fatídica madrugada del jueves nos dejó podría llevar adelante aquella misión. Los gijoneses, en ese sentido, hemos tenido la suerte de haber recorrido ese camino bajo su liderazgo.
Sería justo un reconocimiento que llevara su nombre en algún espacio a la altura de la obra que desempeñó. Una reflexión que tendría que quedar abierta a partir de hoy mismo, después del acto que se rendirá en su memoria en el teatro de la Universidad Laboral, el lugar que rescató de los fantasmas para toda la ciudadanía.
Areces consiguió que la localidad donde fue alumbrado diera un salto a la modernidad mediante una cirugía de caballo en el urbanismo y en los equipamientos. La simple enumeración de actuaciones emprendidas a lo largo de sus tres mandatos agotaría de principio a fin la extensión de este artículo dominical. Por ello, reseño básicamente tres que destacaron en esa metamorfósis: La recuperación de la fachada marítima para la ciudadanía de este a oeste, con la reforma del Muro desde El Rinconín, la rehabilitación de Cimavilla y del cerro de Santa Catalina, la prolongación del puerto deportivo por Fomento y la creación de las playas de Poniente y El Arbeyal. La segunda, la avenida de El Llano, que supuso la configuración de una nueva trama urbana en el centro de la ciudad a partir de una zona socialmente muy degradada. Y la tercera, el impulso del campus universitario y del parque tecnológico, que permitieron entroncar la tradición industrial de Gijón con el conocimiento y la innovación.
Tini Areces hizo frente a las reconversiones reconvirtiendo también la villa mediante el uso de los dineros procedentes de Europa, no en vano fue un excelente ‘cazador’ de fondos comunitarios, y de la concertación. El dirigente socialista tenía una habilidad excepcional para el pacto, una cualidad que se echa de menos en la política actual, y sus intervenciones iban de la mano de sus socios de gobierno y llevaban el sello de los agentes sociales durante los tres mandatos locales que protagonizó. Es la praxis del consenso que, con el discurrir del tiempo, le llevó incluso a convertirse en un referente de la gestión pública asturiana.
Areces, cuando fue elegido presidente del Principado en 1999, decidió extender a Asturias el método de trabajo que tanto éxito le había reportado en Gijón. Es decir, transformar la comunidad autónoma haciendo uso de los mismos instrumentos, pero los resultados obtenidos fueron desiguales. En su labor regional, el político gijonés tuvo muchas luces, aunque también generó alguna sombra que sus rivales intentaron alargar con el único objetivo de destrozar la tarea de un servidor público sin parangón.

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