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Ángel M. González

Viento de Nordeste

Alianza por la industria

La Xunta de Galicia organizó esta semana la enésima cumbre en favor del Corredor Atlántico con el protagonismo de los presidentes autonómicos y la participación de los agentes sociales, pero sin representantes ministeriales, que andarían por algún lugar de Levante. En esta ocasión hubo mayor concreción que en anteriores cónclaves de esta categoría, de tal manera que las palabras fueron acompañadas de alguna cifra, los 3.100 millones de euros que vamos a reclamar a la UE para las actuaciones ferroviarias que conectarán el Noroeste con el corredor hacia Europa. Por cierto, tratándose de fondos comunitarios también se echa de menos la presencia en estos foros de los eurodiputados. Ni tan siquiera aparecen cuando se encuentran a las puertas de una campaña. Para que luego consideren que tan legítimo es pedir el dinero a Bruselas como el voto. Los 3.100 millones, que son menos de lo que nos está costando la variante, van sobre un mapa de la red ferroviaria para el siglo XXI que unirá Galicia, Asturias y Castilla y León desde Portugal hasta la frontera con la vía rápida europea. Un mapa en el que no figura aquel otro corredor del Cantábrico que iba a recorrer toda la cornisa y que no se llegó a proyectar ni en plastilina como la de aquellos «hilillos» del ‘Prestige’ que dieron origen a la idea. Por supuesto, el decadente camino de Feve tampoco existe en el papel.
El objetivo es acabar con el aislamiento histórico de esta parte de España, en la que los túneles de Pajares son parte indiscutible de la jugada, para conseguir un transporte por tren más seguro y competitivo y, por lo tanto, incrementar también la competitividad general de la economía. Ahora bien, independientemente de lo que representa este enlace por ferrocarril para enterrar la discriminación territorial y de la aportación que pueda venir de la UE, el mayor problema al que nos enfrentamos no es, precisamente, el de las infraestructuras sino el de la desindustrialización. Podemos llegar a tener unas magníficas vías para la circulación de las mercancías, una zona logística amplia y maravillosa y un puerto con terreno e instalaciones para dar y tomar, pero si no hay carga que transportar es como construir una presa en un lugar sin agua.
La gran industria asturiana ha entrado en un proceso incierto ante la dificultad de mantenerse en el mercado por los elevados costes energéticos y medioambientales que tiene que afrontar para la fabricación. El peligro que acecha sobre la siderurgia, el mayor sustento de la economía regional, se agranda cada día que pasa.
Los empresarios del Noroeste preparan la constitución de una gran alianza surgida al calor de la reivindicación del Corredor Atlántico para reforzar su voz por un espacio territorial más competitivo y de oportunidades. La asociación que está a punto de ver la luz puede ser una buena plataforma para llevar la bandera en favor de la industrialización. En realidad, es el mayor reto que tienen por delante las tres regiones a las que representa. No existe otra zona geográfica del país que sufra con mayor virulencia las consecuencias de la transición energética a la que nos enfrentamos. Los cierres de las centrales térmicas afectan por igual a Galicia y León y sobremanera a Asturias. El Musel, la mayor terminal granelera de España, difícilmente podrá sobrevivir sin mineral por la desaparición de los grupos eléctricos y una Arcelor que puede ir a menos. La autopista del mar y la regasificadora no son, desde luego, la alternativa a estos tráficos.
Como la dichosa transición es inevitable, se necesita un mayor plazo, medidas que garanticen la pervivencia de las empresas electrointensivas y un fondo de compensación bien dotado para que la transformación no se convierta en un drama. Alemania, que tantas veces actuó de paraguas en la defensa de las minas en Europa, vuelve a ser el espejo al que tenemos que mirarnos. Ha establecido el final del carbón en 2038 y un plan de dinamización económica para las zonas que sufrirán la reestructuración de 40.000 millones de euros. En España, además de ser los primeros en querer ganar la carrera, confiamos la reconversión a plagar el paisaje de molinillos y placas solares. O sea, mercancía en abundancia para transportar por las vías del tren de un lado a otro.


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