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Ángel M. González

Viento de Nordeste

El ataque al candidato

El paso fugaz por la Delegación del Gobierno le había servido a Mariano Marín de lanzadera para volver a optar a la Alcaldía de la ciudad cuatro años después de que el PP cosechara el peor resultado de su historia en los comicios locales. Marín, en su condición de presidente del partido en Gijón y después de ganar una visibilidad como representante gubernamental en Asturias que no había conseguido ni de lejos mientras estuvo en la Corporación, lo tenía todo a su favor para repetir como cabeza de cartel. Especialmente, el respaldo de su madrina política, Mercedes Fernández, a la que le había brindado una jurada fidelidad que le ha llevado finalmente a convertirse en leño de hoguera. Los errores de la ‘jefa’ durante el catártico proceso que llevó a Pablo Casado a hacerse con las riendas del partido acabaron con sus aspiraciones. Las de Marín y las de aquellas personas que fueron conformando la red de leales a la presidenta.
Una vez que Cherines cayó en desgracia, el resto lo ha ido haciendo como fichas de dominó. La designación directa por Génova de la candidata al Principado y del aspirante a la Alcaldía de Oviedo entraba dentro de lo que fijan los cánones en un partido de funcionamiento absolutamente piramidal. Por ello, los seleccionados digitalmente, aunque sean discutidos, son los legítimamente elegidos para liderar la marca popular en las elecciones autonómicas y de la capital. Pero lo que no se esperaba era que el cabeza de lista de Gijón fuera nominado de la misma manera, sin pasar el trámite de los órganos correspondientes. De esta forma, mientras en Madrid se trabajaba sobre una terna de posibles aspirantes, todos ellos independientes con un currículo profesional de primer nivel como el que finalmente resultó proclamado, la dirección del PP gijonés echaba su particular pulso organizando un ridículo ‘casting’ para quienes luego resultaron despechados.
La reacción de Marín, por lo tanto, era tarde o temprano esperada. Lo inaudito ha sido la colección de calificativos que le dedicó a Alberto López-Asenjo para desacreditarlo: «Ni es de Gijón, ni vive en Gijón, ni ha desarrollado actividad política en Asturias, ni siquiera está afiliado al PP». Sorprendente. Sobre todo cuando el propio Mariano Marín, el pasado 1 de marzo, una vez que Génova se inclinaba por el que fuera número dos del Ministerio de Isabel García Tejerina, decía que Asenjo era una persona «seria, responsable y preparadísima», destacaba su apoyo «entusiasta y sin fisuras» y estaba convencido de que se trataba del «mejor candidato para ganar la Alcaldía».
Sin embargo, la lista de nombres para acompañarle en la carrera electoral hizo que aflorara el trastorno bipolar en el PP gijonés. El elegido por la cúpula nacional había puesto como condición para asumir la tarea libertad absoluta para conformar su equipo, sin ataduras de ninguna índole. La precandidatura confeccionada, de hecho, rompía con los moldes tradicionalmente utilizados en el partido, el premio a la adhesión profesada. Más que ir contentando sectores internos con el reparto de puestos, Alberto López-Asenjo opta por reflejar sectores sociales buscando recuperar el voto dentro del objetivo de regeneración comprometido. El resultado ha sido el ataque público del presidente de la formación en Gijón por no contar con él ni con los acólitos que le quedan a Mercedes Fernández para acomodarles en el noble edificio de la plaza Mayor. Una arremetida sin precedentes que tiene difícil remedio.
Lo definió muy bien la olímpica Ángela Pumariega: «Nunca trabajé en un equipo donde los rivales están dentro». La ejemplar deportista no había descubierto hasta entonces las malas artes empleadas en el juego de la política.
A López-Asenjo le está sucediendo lo mismo. La libertad de acción es una entelequia salvo que se tenga muy claro el control del partido. Ese es el problema que padece el PP asturiano y gijonés. Un problema que se ha ido enquistando desde el momento en que la dirección nacional decide la renovación de caras para la trascendental cita con las urnas sin tomar el mando de la formación. La falta de coraje está poniendo a los populares al borde del precipicio.


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