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Ángel M. González

Viento de Nordeste

Papeleta azul

Qué lejana parece a veces que nos queda Europa y, por el contrario, qué enorme influencia ejerce sobre nosotros. Estos días estamos enfrascados en la campaña para las elecciones autonómicas y locales del próximo 26 de mayo y miramos de refilón los comicios europeos a los que también estamos convocados para depositar ese mismo día la papeleta azul. Aunque la coincidencia de las tres citas resta gran parte del debate sobre la contribución de los ciudadanos al futuro de la Unión, son tales los destinos marcados desde Bruselas que la agenda de los candidatos a alcalde o de los que aspiran a ocupar la presidencia del Principado está repleta de asuntos con vinculación comunitaria. La UE determina cada vez más nuestras vidas, el estado de bienestar, el rumbo de la economía y del trabajo, los proyectos de la ciudad.
En estos últimos cinco años, desde que se celebraron las últimas elecciones al Parlamento de Estrasburgo, la región recibió 320 millones de euros en financiación europea. La cuarta parte aproximadamente recayó directa o indirectamente en Gijón. Cuando hacemos una recopilación de los temas que protagonizarán la discusión política y social para la transformación de la ciudad en los próximos años, nos damos cuenta de que muchos de ellos emanan de una forma u otra de la capital comunitaria. Vienen dictados desde allí, forman parte de su estrategia o están incluidos en el marco de apoyo financiero correspondiente
La autopista del mar es un proyecto europeo. La conexión de Asturias con el corredor del Atlántico, también. Hay que pagar a Bruselas una millonaria sanción mientras sigamos vertiendo los orines al mar sin filtros. Nos vigilan para que separemos correctamente la basura en casa y luego podamos reciclarla como es debido. Nuestra movilidad dependerá, en buena parte, de lo que vaya determinando la autoridad comunitaria. Tendremos economía azul si acertamos con las iniciativas que pueda sufragar la Unión. El desarrollo de las tecnologías, de la innovación y de la inteligencia artificial se supedita también a su respaldo. Nuestro porvenir sigue en manos de la UE. Mandataria, árbitra, mecenas y policía. Ha sido así desde la integración. Hemos sufrido durísimas reconversiones ordenadas desde allí, pero también nos ayudó a remozar la fachada con su dinero y a abrir caminos hacia el progreso.
Los problemas de la UE son nuestros problemas. Sin querer los padecemos en nuestras propias carnes. El Brexit, el euroescepticismo, los nacionalismos, la despoblación o la inmigración no son realidades ajenas. La batalla comercial entre Estados Unidos y China se está librando por desgracia en Europa. Se está cebando con el viejo continente, entre otras razones, por una falta de liderazgo cada vez más evidente que haga valer un mayor peso en esta encarnizada lucha global. Como consecuencia de ello, la industria local ha entrado en una era incierta porque no somos capaces de protegerla ante quienes aprovechan las debilidades y contradicciones de la UE. La descarbonización es un ejemplo.
Arcelor se ha visto obligada a bajar su producción por la errática política energética, medioambiental y comercial de la Europa comunitaria. Las consecuencias de esta decisión están por conocer. El alcance de la medida aún no se sabe, entre otras razones porque resulta imprevisible la evolución que experimentará un mercado totalmente alterado por semejante convulsión proteccionista. Por ello no podemos quedar de brazos cruzados. El arancel ambiental que se reclama es la acción más inmediata para blindar la siderurgia en esta guerra, pero es necesario igualmente un mayor compromiso de la UE con los precios industriales de la electricidad. Si en este lugar al sur de los Pirineos somos incapaces de cumplir con los deberes, al menos que los socios nos ayuden a hacerlos. No solo porque se produzcan desigualdades en este aspecto entre los estados miembros, sino porque en la comparativa de costes con los países rivales extracomunitarios salimos absolutamente perdiendo. Al otro lado del Atlántico, un cuarenta por ciento menos. Europa necesita recuperar su fortaleza. De no ser así seremos víctimas del desmoronamiento.


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