De la holgada victoria de la socialista Ana González en las elecciones municipales del 26-M se pueden realizar tres anotaciones sobre el nuevo escenario político y sus consecuencias en el ayuntamiento gijonés. La primera, que la vuelta al bipartidismo en la ciudad continúa quedando muy lejos. Más bien se puede hablar de una tendencia al unipartidismo en uno de los ejes, el planeta del PSOE, y la amalgama de formaciones en los dos espacios que quedan a uno y otro lado de este universo político. Nunca en la historia democrática del municipio se había producido tanta distancia entre el primer partido y el resto de grupos con presencia en la Corporación. Esta vez, casi el triple. Solo el socialista José Manuel Palacios, con la abrumadora mayoría absoluta que consiguió en 1983, nada más y nada menos que diecisiete concejales, logró mantener una diferencia similar sobre el segundo rival, entonces Alianza Popular, como la que ha protagonizado ahora Ana González. La candidata alcaldable rompió sus propios pronósticos. La recuperación del poder por parte del PSOE gijonés no ha podido ser más exitosa después del sufrido desalojo producido hace ocho años. Curiosamente el resultado es el mismo que obtuvo Vicente Álvarez Areces cuando se estrenó en el sillón municipal en 1987 tras la batalla interna desencadenada en el partido que llevó a descabalgar a Palacios como aspirante. Once ediles. Aunque parezca paradójico, las crisis en el socialismo se saldan luego con la cosecha en las urnas.
Segundo. El Consistorio gana en estabilidad. Los once concejales mencionados garantizan la investidura de la cabeza de lista sin tener que recurrir a más apoyos. A partir del 15 de junio los socialistas pueden perfectamente administrar el ayuntamiento durante los próximos cuatro años sin demasiados sobresaltos buscando acuerdos en los momentos necesarios con las dos fuerzas políticas de izquierdas. No se vislumbra un gobierno tripartito ni tampoco un pacto programático que ate a las tres formaciones. Eso sí, el mandato promete abundancia de guiños. Uno de ellos puede ser el mismo plan de barrios que Ana González anunció como una de las primeras tareas que acometerá nada más recibir el bastón de mando. Solo recordar que este fue un compromiso arrancado por IU al equipo saliente de Foro con el respaldo de Podemos para la aprobación del plan general de ordenación. Un plan que iba a conllevar una inversión de doscientos millones y cuyas bases para su elaboración fueron encargadas al Colegio Oficial de Arquitectos. Alguien habrá por ahí al que le suene bien la melodía.
Y tercero, el monocolor institucional. No es la primera vez que ocurre. Ya existen experiencias anteriores de las que no se supo sacar provecho, pero la coincidencia del mismo partido llevando los destinos de las tres administraciones, central, regional y local, tendría que ser de partida una ventaja. Si se ha logrado un consenso sobre una infraestructura tan transcendental como el plan de vías entre tres gabinetes de diferentes siglas, malo sería que nos fuera peor ahora. El entendimiento de facto se le supone. Todos los grandes deberes pendientes que Gijón tiene para ir labrando el futuro de la ciudad a lo largo de la próxima década recaen en el tridente gubernamental. El avance depende de la intensidad de esta colaboración. Por lo tanto, de mano, resulta merecido el voto de confianza.
Otro apunte postelectoral. El fracaso de la ‘operación Moriyón’ se ha llevado por delante a sus dos candidatos más relevantes. La renuncia de Álvaro Muñiz va vinculada a la lideresa. Carmen Moriyón representó una bocanada de aire fresco y de regeneración cuando encabezó el cartel de Foro en 2011, pero pasados esos ocho años en Gijón a los que ella misma puso límite, aquel efecto se disolvió. Otra cosa es lo que piensen algunos de sus 34.000 votantes, pero la dimisión es un ejemplo en la cosa pública asturiana. Quizás porque la cirujana, en realidad, no llegó a integrarse de verdad en la incombustible clase política.