En el verano de 1987 buscaba un diario que me posibilitara hacer prácticas para completar mis pinitos de fin de semana en ‘La Hoja del Lunes de Gijón’. Después de recibir calabazas en alguna otra cabecera, me presenté en la sede de ‘La Voz de Asturias’, en la avenida de General Elorza, donde aquel hombre grandón, tras pedirme disculpas por los escasos diez minutos de espera en el hall, sin mirar el currículo y sin dejarme apenas hablar, me dijo: «Si de verdad quieres ser periodista, aquí tienes una oportunidad, pero no te podemos pagar». Cuando llevaba dos meses de meritorio en la delegación gijonesa del periódico, en la calle Libertad, me llama Luis José de Ávila para vernos de nuevo en Oviedo. El motivo era que había decidido retribuirme por el tiempo que había trabajado hasta entonces y proponerme mi primer contrato de redactor. Tuve la gran suerte de tenerle como director. Ávila incrementó mi pasión por el periodismo, al igual que lo hizo con decenas de profesionales que trabajaron a su lado. Un periodismo puro, esencial, que era el que me transmitió desde aquel primer día: «Hay que estar donde se produce la noticia».
Luis José de Ávila lo estaba porque era un periodista de raza. Un director que pisaba la calle, de tal manera que se presentaba en el Parlamento para asistir a un debate político de la misma forma que lo hacía también en la bocamina, pendiente de una tragedia minera. Siempre con el boli y el bloc preparados y la cámara fotográfica en ristre. La cámara a Ávila le acompañó permanentemente. Incluso después de que, por circunstancias del destino, se pasase al otro lado de la barrera para desempeñar tareas de comunicación institucional.
Luis José de Ávila fue un cronista excepcional. Durante más de cuarenta años, se dedicó a escudriñar la realidad política, económica y social de la región a través de sus comentarios en los distintos medios donde ejerció y, desde hace diez años, tras su jubilación, mediante el blog que mantenía abierto con una intensa producción. Impregnó sus artículos de un estilo muy personal, un juego de cotilleos y administración de vanidades, que llevaba a convertirlos en una pasarela de negritas por aquello de que detrás de cada hecho siempre hay un protagonista, con nombre y apellidos. Así, con su particular columnismo, llegó a conseguir, no en pocas ocasiones, que el rumor se elevara a titulares para gracia o desgracia del citado.
Con el fallecimiento de Luis José de Ávila el periodismo asturiano pierde a un apasionado de la profesión, comprometido con ella hasta la saciedad. Un representante de aquella vieja escuela, que amaba el oficio, trabajaba por él desde el asociacionismo y que, si entonces era un ejemplo de compañerismo y desempeño, lo sigue siendo ahora para quienes empiezan a dar sus primeros pasos.