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Ángel M. González

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La soledad en un trastero

Se llamaba Sabino José, pero su nombre es lo de menos. Tenía 80 años y vivía en un trastero en la calle Julio, en el barrio de El Llano. Hacía poco tiempo que había fallecido su esposa y tuvo que dejar el piso donde el matrimonio residía de alquiler por no poder seguir pagando la renta. Así que a mediados de noviembre decidió arrendar aquel pequeño espacio de apenas seis metros cuadrados a pie de calle, sin ventana ni calefacción, para utilizarlo de vivienda. En víspera de Nochevieja, transcurrido poco más de un mes, encontró el final de la malaventura. Aparecía muerto, tumbado en el suelo, en el interior del particular habitáculo donde guardaba su desgracia. Los vecinos decían que era un poco arisco, malhumorado, pero un buen hombre al fin y al cabo. El drama de la pobreza y de la soledad.
Un día antes de que conociéramos este caso, el periódico abría su primera página con un dato que ponía los pelos de punta: 136.000 asturianos viven solos. Más de la mitad de esas personas habitan en en esta ciudad. Uno de cada cuatro superan los 65 años de edad, aunque si hablamos únicamente de mujeres la proporción es mayor, alcanza el 60%. Estas cifras, por otro lado, irán en aumento por el proceso de envejecimiento que está experimentado la población. Su atención, por lo tanto, es uno de los grandes retos que tenemos como sociedad.
Hace tres semanas me refería en este mismo rincón de domingo al plan que estaba diseñando el Ayuntamiento gijonés con el objetivo de construir una ciudad más amable con nuestros mayores. Entre las múltiples medidas para conseguirlo figuraban la necesidad de adoptar acciones para combatir la soledad, aunque dicho de esta manera quizás esté mal expresado. No habría que combatirla, tendríamos más bien que acompañarla. La Federación Asturiana de Concejos ha puesto en marcha una campaña, todavía incipiente, que lleva por título ‘No me llames soledad’ para visibilizar el problema de la falta de compañía y promover el envejecimiento activo. No se trata de abrir más residencias de la tercera edad donde vivir y convivir, sino de poner en marcha un conjunto de servicios para que todas esas personas que, de forma deseada o no, se encuentren en esa situación puedan disfrutar de un entorno vital sin caer en el abandono. Existe un ingente trabajo por delante. Tarea institucional y también ciudadana.
Los servicios sociales requieren más recursos para extender los programas de protección, seguridad y cuidados a los mayores mediante la ayuda a domicilio y la teleasistencia. Pero además hay que ofrecer espacios de socialización y lugares donde se favorezca el desarrollo de la salud física y mental, que son fundamentales para el bienestar. Luego nos encontramos con episodios como el del octogenario de El Llano, donde al problema de la soledad se le añade el de la penuria. Hombres y mujeres que sufren en silencio, refugiados en sus hogares, que se defienden del invierno envueltos en una manta y toman la sopa y comen dos patatas para aguantar las largas tardes hasta acabar el día. Aquellos que aprovechan los rayos del sol que atraviesan la ventana porque ya salen muy poco a la calle, que les cuesta horrores arrastrar los pies y bajar y subir los puñeteros escalones. Personas invisibles institucionalmente porque jamás se acercaron a una ventanilla para pedir que les ayudaran a pagar la luz, la calefacción, el alquiler o la renta social. Que solo son visibles para algún vecino, en el que encuentran con suerte auxilio cuando llega el decaimiento, pero poco más que eso. Por ello es tan importante el papel de la ciudadanía, la solidaridad del que tienes más cerca, al otro lado de la puerta, que es el que puede conseguir que se coloque la red que contribuya al rescate. Porque yo me pregunto ¿acaso nadie sabía que aquel señor tenía como techo el lugar que había arrendado para guardar los trastos que recuperaba de los contenedores? Posiblemente fuera así, que nadie lo sabía. Ahora bien, Sabino José era una buena persona. Un poco malhumorada, pero no molestaba.

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Sobre el autor

Periodista del diario EL COMERCIO desde 1990. Fui redactor de Economía, jefe de área de Actualidad, subdirector y jefe de Información durante doce años y desde febrero de 2016, director adjunto del periódico.


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