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Ángel M. González

Viento de Nordeste

La gran cadena

Habrá otros momentos para reflexionar sobre las fragilidades del sistema que la invasión vírica de está poniendo de relieve. Cuando abordemos el proceso de reconstrucción tendremos tiempo de analizar de qué manera se pueden corregir las debilidades del estado de bienestar para mejorarlo y hacerlo aún más fuerte a partir de las conclusiones que se extraigan. Después de este horroroso paréntesis, se producirán cambios en una buena parte de los paradigmas sociales, políticos y económicos, sin duda alguna. No habrá una vuelta a lo que había. Habrá un antes y un después cuando recuperemos la seguridad una vez derrotado el bicho. Quiero pensar que más pronto que tarde.
Para esa transformación, que será larga y compleja, partimos de un hecho esencial que debemos de mantener y preservar. El preludio que ahora estamos escribiendo es el mejor camino para enfocar el relato que nos queda por delante y conseguir un buen final. Acción, conciencia cívica y unidad, el tridente contra esta maldita guerra. El rearme sanitario para combatir sin desmayo al Covid-19 no debe tener límites. Los equipos de protección para los profesionales en riesgo y los test rápidos para los casos sospechosos son vitales. Y junto a esta primera línea de contienda es insoslayable el rescate por las administraciones de empresas y personas, que en esta crisis tanto monta, monta tanto. En ese lado de la acción, las medidas adoptadas por el Gobierno y complementadas por el resto de instituciones para paliar la hemorragia económica y social de la convulsión que estamos sufriendo son incuestionables por supervivencia.
Ante el ‘shock’ del coronavirus todo lo que se haga para salvar la estructura empresarial y el empleo puede saber a poco. A buen seguro de que la excepcionalidad de lo que está ocurriendo requiera una respuesta todavía más excepcional, pero la agilización de las regulaciones, los aplazamientos fiscales, la rapidez en el pago a proveedores, los avales de solvencia o el blindaje de las sociedades cotizadas son actuaciones mínimas frente a la desestabilización. Luego está el paquete dirigido directamente a las miles y miles de familias que se ven repentinamente golpeadas por el paro, a las que además de pedirles un esfuerzo de resistencia requieren el mayor amparo posible para poder afrontarlo. La cobertura de subsidios, la moratoria de las hipotecas, la prohibición de los cortes de suministro de energía, agua y telecomunicaciones y las facilidades que se puedan adoptar en el pago de alquileres suponen un alivio para impedir la asfixia. Cuanto más hagamos ahora por evitar los cierres definitivos y los despidos, menos tendremos que hacer luego para luchar contra la pobreza. Entre todos debemos impedir que el puñetero virus incremente la quiebra social.
A la labor que están haciendo las administraciones a todos los niveles se le añade la avalancha de iniciativas individuales y colectivas que se están generando para apoyar en estos días negros a la población más vulnerable. Una mareona solidaria que contribuye a blindar más esa gran cadena contra el dramático episodio que estamos viviendo. Quizás haya que poner un poco de orden y concierto a las ideas e incluso reservar algunas de ellas para la fase final de este mal sueño. Vamos a necesitarlas para no desesperar y conservar las fuerzas tras el largo confinamiento.

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Sobre el autor

Periodista del diario EL COMERCIO desde 1990. Fui redactor de Economía, jefe de área de Actualidad, subdirector y jefe de Información durante doce años y desde febrero de 2016, director adjunto del periódico.


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