La señora alcaldesa finalizó la ronda de explicaciones para emplazar la estación intermodal en Moreda sin sorpresas y con la decisión tomada. En sus encuentros con los partidos, asociaciones vecinales, organizaciones empresariales y sindicatos encontró más rechazos, dudas y resignación que espaldarazos. Pese a ello, da por zanjado el tiempo previo para la ‘construcción del nuevo consenso’ y opta por llevar la propuesta a Gijón al Norte en comandita con las otras dos administraciones socialistas. El retorno al punto cero del plan de vías se empieza a consumar.
Ahora bien, no parece difícil adivinar los grupos políticos que la primera edil logrará atraer para modificar el convenio de la terminal junto al Museo del Ferrocarril publicado en el Boletín Oficial del Estado con el aval entonces del Consejo de Ministros, del Principado y del Ayuntamiento. Vistas las posiciones, hay tres formaciones que se encaminan a romper el acuerdo unánime surgido hace dos años de la movilización ciudadana: IU en su condición de socio, Podemos con bastante lío interno y Ciudadanos. Con estos tres partidos, el PSOE ya tendría votos suficientes para elevar el cambio a decisión plenaria, aunque lejos del pacto conseguido en torno a un plan que desbloqueaba quince años de parálisis.
El emplazamiento en Moreda ha encontrado la oposición de la mayoría de las asociaciones que integran la federación vecinal tal como estaba previsto. Solo respaldan el propósito socialista aquellas agrupaciones que empatizan con el traslado por cercanía. Es difícil renunciar a una infraestructura de estas características si te la sitúan a la puerta de casa. Por otro lado, las organizaciones sindicales y empresariales que en su momento aplaudieron el último convenio exigen ahora «certezas» para avalar la nueva idea.
Volvemos al origen de la historia. Son las mismas certezas que se han venido reivindicando desde que se agujereó la ciudad para que el transporte metropolitano atravesara la urbe de Oeste a Este. Se resucita el ‘pepei’ que se reclamaba en las protestas de ‘Gijón se mueve para no perder el tren’ que llevaron al desatasco del plan de integración ferroviaria: proyecto, plazos e inversión. A las tres condiciones debe responder la Administración.
El proyecto que defiende ahora la autoridad municipal no es solo un cambio de lugar de la estación porque la construcción sea más fácil y barata. Hay que verlo en su globalidad: De qué manera se soterra hasta el apeadero de La Calzada, qué edificios se levantan en el ‘solarón’ y en Moreda y cómo afecta a la terminal de la plaza de Europa. No sería extraño que, al final, el ahorro en la intermodal se vaya a esta última obra, llamada a convertirse en la auténtica estación central de Gijón, parada de ‘alsas’ incluida.
La alcaldesa fía los plazos a la vigencia del permiso ambiental de 2006 para acortar el arranque del nuevo proyecto. Pese a que el Gobierno ha certificado curiosamente por BOE que esa autorización es válida, resulta legítimo exigir un blindaje de la tramitación dada las experiencias acumuladas con las declaraciones de impacto. Las paralizaciones sobrevenidas aumentan el hartazgo. De momento, lo que sí se puede constatar es que llevamos ya un retraso con respecto a las últimas previsiones que nos habían dejado apuntadas los mandatarios anteriores para reanudar la actuación.
Lo mismo ocurre con la inversión, que cuelga directamente de los presupuestos. En esto dependemos de los gobiernos de turno y de las circunstancias de cada momento. Desgraciadamente no hubo infraestructura en Asturias que no sufriera tensiones en ese sentido. Junto a los largos procesos de papeleo previo, una vez colocada la primera piedra entramos en la fase de los modificados, los sobrecostes, los recortes y las suspensiones. Las consignaciones quedan a merced de las prioridades de partido, presiones territoriales, caprichos y ocurrencias que vayan fijando los políticos en ejercicio. En esta región ha sucedido con todas las grandes obras públicas. Por eso duran décadas. El plan de vías fue víctima de ello desde sus inicios.