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Ángel M. González

Viento de Nordeste

‘Operación septiembre’

Agosto deja caer el telón de un verano agridulce. Hemos sido anfitriones embozados de una avalancha foránea en busca del paraíso antivirus que ha convertido Gijón en el Benidorm del norte. Los hoteles rozaron el lleno a bajo precio logrando salvar los muebles en una temporada que se presentaba amarga. Los hosteleros se emplearon en el terraceo sin que ello fuera suficiente para frenar el desangrado general de un sector herido con la clausura de la movida nocturna. Lo tienen muy difícil. La misma socialización en la que se ampara como actividad próspera, ahora les apuntilla. Se augura un otoño devastador.
Acaba el verano con el sabor desabrido que el coronavirus ha vuelto a dejar fijado en las estadísticas. Entramos en el septiembre más excepcional por incierto de cuantos hemos vivido, que marcará el alcance de esa nueva normalidad tan cacareada, una vez transcurrida la temporada estival más corta, desconcertante y extraña. Nos enfrentamos a la vuelta al trabajo y a las aulas acompañados del patógeno, que no hizo más que rearmarse desde julio aprovechando los resquicios de la relajación tras una desescalada demasiado acelerada. En septiembre viviremos la prueba de fuego. De su abordaje dependerá que la segunda ola en la que hemos entrado sea más o menos endiablada.
El retorno trae consigo el riesgo de una transmisión comunitaria, que pueda volver a poner contra las cuerdas al sistema sanitario y a la economía. La misión colectiva es impedir la propagación generalizada. Para ello, a las tres ‘m’ de protección individual que a diario pregonan las autoridades, de sobra conocidas –mascarilla, lavado frecuente de manos y metro y medio de distancia–, hay que hacer hincapié en las cuatro ‘r’, que también nos incumben a todos, aunque en algún caso más a quienes nos administran: responsabilidad, respuesta rápida, rastreos y recursos humanos y materiales. Cuatro pilares de la ‘operación septiembre’ para mantener a raya el avance de la enfermedad.
Desde que el virus convive con nosotros, Asturias ha logrado su contención hasta registrar la menor tasa de incidencia de España no por casualidad. Los resultados obtenidos en el combate contra la expansión fueron debidos, fundamentalmente, a la capacidad de anticipación en las medidas de prevención y a la magnífica contestación de la red asistencial de la región.
El protocolo pactado entre el Gobierno y las autonomías para la vuelta segura a los colegios sigue albergando demasiadas dudas. Al fin y al cabo, es un corta y pega del que se conocía en julio. Hace bien el Ejecutivo asturiano en retrasar el inicio del curso para ver la evolución de los contagios y testear a los profesores. Pero sobre todo porque tiene tiempo, después de dos meses perdidos, para mejorar las condiciones del retorno en comunión con la comunidad educativa. No debe escatimar medios en ello. Un fracaso sería un serio borrón en la gestión de la pandemia.
En la línea de la anticipación se encuadra igualmente la ‘alerta naranja’ decretada en cinco concejos del oriente, donde la tasa de positivos duplica la media regional. El endurecimiento de las restricciones por territorios y el control extremo del cumplimiento de las normas son decisiones que veremos a menudo como alternativa al estado de alarma de la primera oleada. En alguna comunidad vecina sus mandatarios han hablado de aplicar toques de queda si la propagación del virus lo requiere. Desde luego, cualquier respuesta que se adopte tiene que ir encaminada a evitar el colapso sanitario y la paralización general de la actividad para que no agravar el daño alcanzado en el confinamiento.
En lo que respecta a la red asistencial, un apunte preocupante. Los profesionales de la Atención Primaria necesitan refuerzos. Los centros de salud tienen que estar en el primer orden de prioridades en el aumento de recursos para un escudo eficaz contra el coronavirus. Sus plantillas no se encuentran en la mejor situación ante una nueva embestida, después de una primera arremetida infernal con escasez de medios materiales y humanos. La pandemia ha agudizado las carencias del abandono que ya venían sufriendo con anterioridad. Consultas sobrepasadas, falta de cobertura de bajas, jubilaciones y vacaciones, prolongaciones de jornadas, etcétera. Nada de ello se ha corregido y, por lo tanto, se corre el riesgo de que, pasado un verano atroz, su resistencia quiebre por agotamiento.

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Sobre el autor

Periodista del diario EL COMERCIO desde 1990. Fui redactor de Economía, jefe de área de Actualidad, subdirector y jefe de Información durante doce años y desde febrero de 2016, director adjunto del periódico.


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