Es una lástima el derrotero que ha tomado la polémica sobre la actuación en El Muro en escenarios ajenos al lugar donde se tienen que tomar las decisiones. El gobierno municipal y los partidos que lo sustentan, con la alcaldesa a la cabeza, han denunciado el clima de crispación generado en los últimos días con exabruptos e insultos dirigidos a la primera edil y a los concejales a través de las redes sociales. De sobra sabemos la eficacia que tienen las redes para la transmisión rápida de ideas, pero lamentablemente se han convertido en vehículo-refugio de canallas, incendiarios, fanáticos desatados y troleros. El uso perverso de estas plataformas debería ser más perseguido y censurable. En el caso que nos ocupa, ningún grupo político con representación institucional en la Casa Consistorial tendría que achantarse a la hora de la condena. De la misma forma que son reprochables los calificativos empleados en la confrontación entre ediles para desacreditar al adversario, que no deja de ser también una manera de comunicación violenta destinada a la provocación.
La crispación, por desgracia, es el condimento de la mediocridad política. La agitación forma parte de esa estrategia cada vez más empleada para debilitar al rival desde discursos simplones que conectan bien con el ciudadano cabreado. Todas las formaciones, sin excepción, la acaban instrumentalizando, unas veces generándola y otras denunciándola en virtud de su conveniencia. Sin embargo, no hace falta insistir en que la única receta para avanzar en beneficio del interés general de los gijoneses es la búsqueda de espacios para la empatía y el acuerdo a partir de un debate sereno y serio.
La metamorfosis del Muro es una cuestión suficientemente relevante para que, desde el principio, se hubiera abierto un marco de diálogo y consenso desde quienes tienen la responsabilidad de gobernar. Incluso, en una situación de pandemia como la que estamos padeciendo. Poco importan los colores que se empleen para decorar el paseo si con ellos no solucionamos el descontento general que ha provocado la transformación circunstancial del bulevar más emblemático de esta región. Aunque sea provisional, a modo de ensayo y con límite de tiempo.
El equipo que dirige el Ayuntamiento sostiene que el cambio sintoniza con la tendencia a la peatonalización de los paseos marítimos en otras ciudades similares a Gijón, un objetivo que a priori nadie parece cuestionar. Por el contrario, en ninguna de ellas, ni en las que tienen diseñada la actuación aún pendiente de ejecutar, han suprimido de un plumazo el tránsito de vehículos sino que hallaron soluciones, mediante tramos soterrados o carriles lentos, para facilitar la circulación.
Es indudable que el cierre experimentado en la avenida de Rufo Rendueles ha pacificado el tráfico en la zona en favor de los viandantes, corredores y ciclistas, pero a cambio de incrementar la guerra del coche en el eje de la Costa, que de por sí ya estaba castigado con anterioridad por la confluencia en horas punta, el ruido y la polución. En lugar de conseguir aumentar la fluidez, dichos efectos se han agravado con el corte en la playa y la obligación de utilizar la avenida de Castilla. Ahí es donde se encuentra el auténtico malestar ante una decisión que, al fin y al cabo, es fácilmente corregible dada la improvisación con la que se adoptado la medida.
La alcaldesa insistió esta semana en que le gustaría que la peatonalización temporal del Muro fuera definitiva, aunque la determinación se efectuará teniendo en cuenta «lo que piense la ciudad».
Para ello, el gobierno local ha fijado una ruta que comenzará este mismo mes escuchando al Consejo Social. Tres fueron los asuntos de calado que se llevaron al órgano de participación por excelencia en este año y medio de mandato: los presupuestos de 2020, el cambio del plan de vías para volver a emplazar la estación intermodal en Moreda y el programa de medidas anticovid. Los tres con una decisión previa tomada. Si la pregunta a las organizaciones que componen el consejo es ¿quieren ustedes reformar el Muro?, ya se conoce la respuesta.