El día que el Gobierno de Sánchez-Iglesias hacía públicas las líneas maestras de su proyecto presupuestario y que el presidente Barbón llamaba desde el estrado a la negociación política de las cuentas regionales se producían al mismo tiempo dos clamores. Uno, el de los médicos, a las puertas de los centros, reivindicando en sus pancartas ¡Salvemos la sanidad! para protestar por el decreto profesional cuando la red ha entrado en emergencia por situación de riesgo extremo. Cabueñes sufre un caos insoportable, la atención primaria está a punto de desbordarse, los hospitales suspenden operaciones y consultas y la ocupación de las ucis empieza a ser dramática. El sistema sanitario se ve conducido irremediablemente hacia el colapso si no logramos en pocos días frenar la embestida del virus que recompuso su fuerza en el momento en que hemos bajado la guardia. El otro clamor, en la plaza de la Escandalera, donde la patronal del sector reclamaba ¡Salvemos la hostelería! Un grito reforzado veinticuatro horas después en la plaza Mayor de esta ciudad por un millar de personas desesperadas porque sus negocios están abocados a la ruina ante los rigores de una contienda para la que aún no se ve el fin.
Sanidad y hostelería. Economía y salud. El dilema realmente existe, no es falso como se asevera. Si no existiera no se producirían estas manifestaciones de exasperación. Hay que salvar la sanidad con más medios materiales y humanos y hay que salvar a los hosteleros, a los comerciantes, a los repartidores, a los taxistas, a los kiosqueros, a los miles de trabajadores que continúan en los ertes, a los que comienzan a sufrir las penurias de la mayor crisis en cien años y a quienes ya habían quedado atrapados en las fauces de la pobreza en la última recesión. Ambas tareas resultan totalmente prioritarias.
El panorama que tenemos por delante es aterrador. La segunda ola se extiende con mayor velocidad y peligro que la primera y las medidas adoptadas no están ofreciendo la eficacia esperada. Los cierres perimetrales y el toque de queda, pese a que todavía queda una semana para valorar su impacto, empiezan a estar en cuestión. El siguiente paso, al que no se puede llegar tarde, es el confinamiento domiciliario, el único remedio que ha demostrado validez para romper la cadena de transmisión aunque suponga otro mazazo a la actividad económica a las puertas de la Navidad. No será la única ola. Posiblemente haya una tercera, una cuarta… No se sabe. Como tampoco se conoce con certeza la llegada de la vacuna y el tiempo que deberá de transcurrir para despojarnos de las mascarillas, recuperar la confianza y volver a cierta normalidad.
Los presupuestos del próximo año se presentan como los de la reconstrucción, pero además de reconstruir tenemos que continuar dedicando todo el esfuerzo que sea posible a impedir más destrucción. El proyecto de cuentas generales parte del incremento impositivo, de los fondos europeos y del aumento del déficit para llevar a cabo el mayor desembolso público de la historia. Conocemos el programa de inversión, que en el caso de Gijón va destinado a seguir dibujando el plan de vías y a pagar los compromisos de una obra parada, el acceso de Veriña al puerto. Apenas sabemos a qué se va a destinar la inyección de la UE, cuáles son los proyectos y dónde acabará ese dinero. Y tampoco conocemos en qué medida la Administración central contribuirá a reforzar el sistema sanitario para continuar la lucha contra la pandemia y a proteger a todas esas personas abocadas a cerrar sus negocios y perder el empleo en la crudeza de la batalla.
Decía la alcaldesa de la ciudad, ante la protesta de los hosteleros, que había que ponerse en la piel de esta gente. Hay vías para aliviar su asfixia. Exenciones y rebajas fiscales, pagas directas, ayudas a los alquileres, prolongación de las regulaciones… El Ayuntamiento tiene habilitado un programa de apoyo, que está tardando en llegar al destinatario. El presidente asturiano, en el debate del estado de la región, prometió respaldo para paliar los daños sociales y económicos a los afectados. Esta semana comienza la negociación de las cuentas que fijará las medidas, con las limitaciones presupuestarias que existen en el ámbito regional y local para un rescate de la dimensión que se va a necesitar. El coste, en los capítulos de ingresos y de gastos, amenaza con ser ingente. No puede recaer solo en la autonomía y en el municipio. Es un problema de Estado.