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Ángel M. González

Viento de Nordeste

A un mes de Navidad

Ante el coronavirus vamos cumpliendo hitos en el calendario de este desastroso año entre picos y valles, escaladas y desescaladas. Desde el 29 de febrero que tuvimos conocimiento del contagio del recordado Luis Sepúlveda, el primero en este lugar del norte, hemos pasado por Semana Santa, verano, vuelta en septiembre al colegio y al trabajo, puente del Doce de Octubre y puente de Todos los Santos, acompañados permanentemente del maldito patógeno, siempre al acecho, circulando libremente entre nosotros. Vamos ocupando casillas en un peligroso juego de la oca en el que todavía no alcanzamos a ver la meta pese a la esperanza que alumbra la carrera por la vacuna. El objetivo ahora, aquí, en el paraíso invadido por la segunda ola, en el resto de España que nos lleva ventaja en el contienda y en todos los rincones de Europa, es llegar a Navidad con un mínimo de desahogo para salvar las fiestas de mayor consumo y celebración del año.
Gijón tiene preparadas más de tres millones y medio de luces en calles, avenidas y plazas para animar una pascua que amenaza con ser la más mustia desde los tiempos de posguerra. Está previsto inicialmente que dentro de unos días, coincidiendo con la temporada del ‘Black Friday’ en la actividad comercial, sea activado el interruptor de la iluminación llamada a ambientar el ocaso de la ciudad hasta ya entrado el toque de queda. El Ayuntamiento ha desplegado más bombillas que nunca para incentivar la compra, estimular la moral y vencer la pesadumbre. Lástima que la decoración multicolor no haya tenido mayor extensión por todos los barrios sin excepción.
Esta semana, antes del ‘viernes negro’, la autoridad regional tiene previsto una revaluación de la evolución de la pandemia en Asturias para decidir si esa parte del pequeño comercio que tuvo que bajar la persiana hace quince días por no ser esencial puede volver a abrir. Ojalá sea así. Ojalá las tiendas se vuelvan a citar nuevamente con el público porque querrá decir que hemos empezado a contener la transmisión cuya fuerza era inimaginable a finales de agosto, cuando se volvieron a detectar los primeros contagios tras la tregua estival. De no ser así, el encendido debería de aplazarse.
La próxima parada antes de que lleguen las fiestas grandes es el gran puente de la Constitución y de la Inmaculada, en cuya víspera finaliza la prórroga de las restricciones que afectan también a la hostelería, al turismo y a la cultura. Quizás lo más prudente sería ir preparando a partir de entonces una apertura progresiva de bares y restaurantes, cines y teatros conforme el impacto de la pandemia lo vaya permitiendo. De todas formas, hay que tener en cuenta que no se trata solo de bajar el nivel de propagación sino de reducir la presión sobre los hospitales.
En todo caso, depende de nosotros. Tenemos un mes por delante para transitar con responsabilidad hasta el 24 de diciembre, pero para ello hace falta mejorar dos cosas: el comportamiento individual y la vigilancia en el cumplimiento de las normas. Hay que evitar las aglomeraciones humanas en parques y zonas urbanas que no hace falta mencionar porque todos ustedes las tienen en la cabeza. Lugares donde se transgreden en un buen número de casos las mínimas medidas de prevención, creando un entorno perfecto para el disfrute libre del virus. Las fiestas en casa, los botellones, las mascarillas en el mentón o los desconfinamientos de quienes con bicho dentro deben guardar cuarentena son actitudes que merecen un severo castigo. No hay derecho fundamental alguno en estas circunstancias que pueda imponerse al de la salud pública y, desgraciadamente, al de vida.
El controvertido doctor Simón anunció que trasladarán a la ciudadanía, de acuerdo con las comunidades autónomas, una serie de recomendaciones para mantener levantada la guardia durante la Navidad. Además de las restricciones que ya padecemos, desconozco si se incluirán instrucciones sobre cómo o con quién hay que tomar las uvas o de qué forma hay que recibir a los Reyes Magos, aunque dijo que estas fiestas «no serán peores, pero sí diferentes».
Claro que serán distintas. Sobre todo para aquellas personas que han perdido a sus seres queridos víctimas de la covid. En Asturias vamos camino del millar, la inmensa mayoría abuelos. Por ello, a veces pienso que tal parece que el virus haya sido programado para acabar con la generación de los recuerdos.

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Sobre el autor

Periodista del diario EL COMERCIO desde 1990. Fui redactor de Economía, jefe de área de Actualidad, subdirector y jefe de Información durante doce años y desde febrero de 2016, director adjunto del periódico.


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