En el debate sobre el estado del municipio, la alcaldesa hacía una reflexión sobre algunas de las lecciones que nos estaba dejando el coronavirus confluyendo, de manera resumida, en que la pandemia nos había enfrentado a nuestra propia fragilidad. Efectivamente la endeble burbuja en la que nos movíamos se ha manifestado en todos los órdenes de la vida: en la económica, en la social, en la sanitaria, en el estado de bienestar que tanto nos ha costado construir, en la institucional… Ana González mencionaba a partir de aquella conclusión dos premisas que deberíamos tener siempre en mente en el ejercicio de la tarea colectiva y que son especialmente aplicables a la acción política: Cualquier adversidad puede trastocar el rumbo previamente marcado y la unión nos hace más fuertes.
El gobierno local cumple año y medio de mandato en medio de una crisis extremadamente virulenta que alteró de manera súbita los planes de toda la ciudadanía sin excepción. El estado del municipio era radicalmente distinto en enero, cuando el virus comenzaba a asomar por Wuhan, al que tenemos ahora, que estamos a unos días de expulsar a patadas al maldito 2020. La realidad se ha transformado de forma absoluta en nueve meses. Mayor parálisis, más desempleo, aumento de la pobreza, desigualdad creciente, menos recursos, más deuda y, sobre todo, demasiada incertidumbre. La covid obligó a variar totalmente la actuación municipal con una economía de combate, pero sin renunciar a determinados planteamientos programáticos impuestos a la brava aprovechando las circunstancias. Está por ver el desenlace de algunas de esas operaciones febriles realizadas al amparo de la coyuntura, que a tenor del momento y de las propias manifestaciones del equipo consistorial permanecerán zaborreramente durante tiempo, sin que se vislumbre una solución definitiva. Me refiero a los nuevos carriles bici en algunas avenidas, la semipeatonalización de calles y, especialmente a la operación en el paseo del Muro, bautizada guasonamente como ‘cascayu’. Un calificativo que la propia autoridad municipal asume restándole hierro a una intervención que no está, ni mucho menos, a la altura de esta ciudad.
La Corporación cumplirá el ecuador del mandato al término del estado de alarma, a mediados del próximo año. Para entonces se empezará a saber realmente cuántos de los compromisos anunciados por la primera edil en el pleno telemático sin réplica celebrado esta semana van tomando forma. Uno de ellos, el plan de vías. La alcaldesa recitó unos nuevos plazos a modo de la desescalada que el ministro Illa nos preparó para salir del primer embate del virus. En la fase cero, 2021, cambiamos el convenio para ubicar la estación intermodal en Moreda y cerramos la financiación con fondos europeos. En la fase 1, también el próximo año, licitamos los proyectos de la intermodal y de la terminal de cercanías en la plaza de Europa. En la fase dos, 2022, licitamos la construcción de todas las estaciones y de la ampliación del túnel hasta Cabueñes. En la fase tres, sin fecha determinada, se ejecutan las obras y se pone en servicio la infraestructura entera. Es de suponer que las cuatro fases llevan el sello de conformidad del resto de socios que pagan el tinglado. Si fuera así, al final de la década con suerte tendríamos metrotrén.
A lo largo del ejercicio que viene, si nos libramos del infortunio, gran parte de los asuntos que llevan años parados o al ralentí podrían entrar también en esa desescalada por los cálculos de la regidora local. La subestación eléctrica de la ZALIA, el inicio de la reforma del Hospital de Cabueñes, la ampliación del parque tecnológico en la Pecuaria, la puesta en marcha de la depuradora del Este o el centro cultural de Tabacalera son algunas de esas promesas que quedan a expensas de aquella primera premisa. La segunda, la consecución de la unidad, aventuro que será más difícil de lograr en el ámbito político si no cambia el talante de sus protagonistas. Sería una grata sorpresa. Y un buen favor para Gijón.