Es injusto no reconocer que el mandato en el que están inmersos los consistorios que salieron de las urnas hace dos años está siendo el más complicado de la historia democrática. La mayor crisis sanitaria en un siglo, cuyas secuelas en todos los ámbitos de nuestras vidas todavía son una incógnita y, por lo tanto, están pendientes de escribir, quebró con su calamidad las expectativas surgidas de los resultados de aquel 26-M, cambió radicalmente el orden de prioridades, generó nuevas necesidades y aceleró el inicio de la transformación social y económica hacia una era más digital, ecológica y sostenible.
La pandemia nos está metiendo de lleno en el tránsito hacia un mundo que hasta ahora solo cabía en la imaginación. Y ayuntamientos como el de Gijón se han convertido en punta de lanza de esa revolución. La ciudad a la que se aspiraba en aquellas elecciones y la que surge por la plaga es distinta. El gobierno local se vio arrastrado a reprogramar su gestión para adaptarse a las circunstancias sobrevenidas por el virus que, con errores y aciertos, va dejando asomar una metamorfosis postcovid con una buena legión de aliados, pero también de detractores.
Como el tiempo pasado ya no se puede cambiar y el presente cuelga de él, podemos echar desde el ecuador una mirada a los dos años que quedan por delante en un ejercicio de prospección, bajo el riesgo de la alteración en función de la protección que consigamos con la vacuna. La evolución sanitaria sigue siendo, desde luego, un factor de incertidumbre, pese a que ya estemos pensando en despojarnos de la dichosa mascarilla. Hay cuatro grandes asuntos de la acción municipal que determinarán el rumbo del final del mandato. Existen muchos más, aunque se pueden destacar cuatro que requerirán el mayor consenso posible en una segunda etapa donde los partidos desplegarán velas para ocupar espacio y diferenciarse. El acuerdo en ese escenario cada vez será más caro.
Urbanismo. El desarrollo del plan general de ordenación va camino de ser el programa de empleo de Gijón más eficaz. La ciudad, después de una década de parálisis, afronta un dinamismo en la construcción cuya velocidad se ve trabada por la tortuosa lentitud de la administración en resolver la tramitación. Un despegue al que se añade el impulso a la rehabilitación previsto en el maná europeo. Agilizar los procesos para acelerar las obras es primordial.
Movilidad. La magna batalla política y social, con vinculación directa al diseño urbano de la ciudad. El ejecutivo local carece de la representación suficiente para abordar la grandes cambios puestos sobre la mesa. Tendrá que ejercitar más el diálogo y la negociación para sacar adelante el plan de vías, incluido el destino residencial del ‘solarón’, la transformación del Muro y sus consecuencias en el tráfico y la reforma del paseo de Fomento. Sin más socios que le acompañen tendrá muy difícil sentar las bases en lo que resta de gobierno para que un día se empiecen a acometer estas actuaciones.
Servicios sociales. Independientemente del sonoro fracaso del modo de pago usado en el programa ‘Mi barrio’, el Ayuntamiento tiene que afrontar, más pronto que tarde, una reforma profunda del sistema municipal de ayudas. Tejer un modelo que conlleve la integración social del beneficiario y no el ‘enganchado permanente’, mejorando la coordinación con el resto de administraciones y la colaboración con las entidades del sector. En ese sistema, la atención a los mayores en casa debe ser protagonista. El servicio de ayuda a domicilio, después de la lección que nos ha dejado la pandemia, cobra absoluta prioridad.
Finanzas. Gijón aspira a conseguir cerca de 200 millones de euros de los fondos europeos, que sin duda serán una inyección económica fundamental para la transición que antes comentábamos. Pero ello no librará de las tensiones financieras que el ayuntamiento seguirá padeciendo por la escasez de dinero para atender el gasto y la inversión. Tras unas cuentas prorrogadas, el equipo mandatario tendrá que elaborar un nuevo presupuesto para el año venidero que debería ser expansivo con el fin de respaldar la recuperación. Pero para ello se requieren recursos adicionales, prolongar la suspensión de la regla del gasto y un mayor compromiso estatal para no caer en una revisión al alza sin precedentes de la carga impositiva sobre el ciudadano. Esa es la madre del cordero.