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Ángel M. González

Viento de Nordeste

Gijón y Copenhague

El próximo martes, primer día de junio, los gijoneses estrenarán ordenanza de movilidad si se cumple mañana la previsión de publicación del texto aprobado por el Ayuntamiento en el boletín oficial, que ya se sabe como son los organismos para cumplir las previsiones de palabra. La nueva norma es, digamos, sustento legal del cambio de paradigma en el que nos hemos metido de cabeza, tronco y extremidades para convertir Gijón en la ciudad del andarín o del biciman, según los gustos y las posibilidades, con menos humos, más silenciosa y lenta.
La oposición de derechas está dispuesta a llevarla a los tribunales por no compartir algunas de las medidas restrictivas que plantea, aunque hay municipios, como la capital de España, que aún nos ganan en la persecución ambiental al coche, víctima indudable de la transformación circulatoria en la que estamos inmersos. Al final, se trata de modificar los hábitos, objetivo que no se logra de la noche a la mañana salvo que nos efecte cuantiosamente al bolsillo después del encierro en casa, una experiencia bien aprovechada por la autoridad para acelerar ese cambio.
Hablando de velocidad, la parte de la ordenanza que obliga a levantar el pie a la hora de circular tiene ya amparo absoluto de la DGT, que abrió el paraguas adelantándose a su aplicación. Ahora bien, resulta cuando menos sorprendente que el propio Ayuntamiento quiera introducir salvedades en algunas vías de 30 por hora para que los autobuses municipales puedan ir a 50 con el fin de no perjudicar al servicio. Da la impresión de que el plan no estaba bien pensado, que nace desafinado cuando uno de las razones más poderosas de la revolución era, supuestamente, que el transporte público cobrara mayor protagonismo. Lo bueno de la revisión es que nos beneficiaremos todos los que vamos sobre cuatro ruedas, incluidos taxistas y repartidores, para los que el tiempo de viaje es tan decisivo como el que tiene que dedicar el bus.
El gobierno local también anunció que emprenderá una campaña, primero informativa y luego sancionadora, dirigida a ciclistas y patineteros, para que cumplan las nuevas directrices. Es decir, límite de velocidad, tránsito por sus carriles, obligación de casco, luces y timbre, nada de auriculares y olvidarse del móvil. El caso es que no se repita lo que hemos visto en el último verano, con líos morrocotudos con los viandantes en determinadas zonas donde el paseo a pie se convertía en un ejercicio de alto riesgo.
La concienciación, en ese sentido, es tan importante como disponer de más y mejores infraestructuras si queremos llegar a ser como Copenhague, la ciudad modelo citada por la señora alcaldesa cuando se refiere a la movilidad soñada. Un lugar presentado como ejemplo en todos los congresos sobre el asunto, en el que hay más bicicletas que coches y habitantes y que ha superado a Ámsterdam en transporte saludable, sostenible y seguro. Claro está que nos encontramos muy lejos de la capital de la sirenita, pero es que allí la transformación se emprendió en los años setenta, por la crisis del petróleo, y por lo tanto nos lleva dos generaciones de ventaja en experiencia y educación.
Aquí hay actuaciones que contribuirán a acortar distancias, como es la remodelación de la fachada marítima desde la punta de Lequerica hasta Poniente para la que ya tenemos trece ideas sobre las que elegir por votación. La reforma de Fomento es el proyecto estrella que traía el gobierno municipal antes de que se sumara la de Rufo Rendueles, sobrevenida por la desescalada tras el confinamiento y ahora inevitable. De las propuestas presentadas se puede extraer alguna conclusión. Se impone la plataforma única, un carril para los coches, espacios para terrazas y más verde. ¿Servirá el mismo diseño para el Muro?

Nota: Gijón y Lugo tienen tres aspectos en común. Su pasado romano, el camino de Santiago y el sufrimiento en el fútbol. Cultural y deportivamente más que primos somos hermanos. Nada parecido a la vinculación que podamos tener con Vallecas o Almería. Los lucenses, tan rojiblancos como nosotros, vuelven a ser aliados en el final de la batalla. Hoy, a partir de las nueve, el sportinguismo pondrá velas en El Molinón y en el estadio del barrio madrileño de Palomeras Bajas, donde los gallegos, encomendados al apóstol, se juegan la categoría. ¡Alea iacta est!, que diría Julio César al cruzar el Rubicón. Y como no puede ser de otra manera, que la suerte caiga del lado norteño.

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Sobre el autor

Periodista del diario EL COMERCIO desde 1990. Fui redactor de Economía, jefe de área de Actualidad, subdirector y jefe de Información durante doce años y desde febrero de 2016, director adjunto del periódico.


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