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Ángel M. González

Viento de Nordeste

El grito de la zona rural

Hace diez años, con motivo del bicentenario de la muerte de Gaspar Melchor de Jovellanos, el ayuntamiento entonces presidido por Paz Felgueroso decidió dedicar la rotonda de la carretera de Ceares al ilustre prócer gijonés con su nombre en letras de acero cortén, acompañadas de árboles autóctonos y vegetación. El sitio elegido, muy cerca de donde se localizaba el antiguo fielato de entrada a la ciudad, era uno de los lugares de paseo preferidos por el político y pensador durante sus estancias en la villa. Desde aquel alto avistaba la urbe y la planificaba, plan por cierto que dejó plasmado y que todavía hoy cobra plena vigencia, pues no en vano ya contemplaba corredores verdes como los que ahora tanto se habla.
La rotonda de Jovellanos en Ceares, en una libre interpretación, podría ser considerada marca de frontera entre el Gijón rural y el Gijón urbano. El punto central de una línea imaginaria que se extiende de este a oeste, sin barreras físicas salvando la ronda aunque sí mentales a tenor del sentimiento de abandono expresado por quienes residen en las veinticinco parroquias que abrazan la ciudad.
Unos días atrás, representantes vecinales de la zona rural se preguntaban en este periódico si, de verdad, formaban parte de Gijón. Denunciaban el desamparo municipal en el que se encuentran ante los problemas que se van acumulando en los núcleos donde habitan, tan gijoneses como los de El Natahoyo, La Arena o la calle Corrida. Y hacían un repaso general a las carencias en el pulmón natural del concejo, que alberga al diez por ciento de la población pero al que no llega ni la mitad de la tarta que proporcionalmente le podría corresponder. Hablamos de falta de mantenimiento de carreteras, limpieza de caminos, cunetas y ríos; déficit en infraestructuras de saneamiento, abandono de fincas públicas, carencias en el transporte o dificultades en las conexiones por internet, que por así decirlo agranda la brecha con los urbanitas. En el Ayuntamiento seguro que responden que tienen un plan para todo, que todo se lleva acometiendo y que las demandas más pronto que tarde van siendo atendidas. Pero lo preocupante es la sensación de olvido que manifiestan, la idea de no estar en la agenda de unos munícipes entretenidos en la discusión ‘coches sí-coches no’ por el centro o en la estación del tren aquí o allá.
Debería tener a bien la señora alcaldesa en realizar una gira por las parroquias para tomar nota de las inquietudes de los lugareños, de la misma manera que hizo en los últimos meses por los barrios. Escuchar, como se sabe, no daña el oído. Enriquece al que escucha y alivia al escuchado.
En el relato de la historia, la zona rural solo entra en el debate político cuando se siente víctima de una agresión. Sucedió con las marchas verdes contra el plan urbanístico en la etapa de Felgueroso antes de la honra a Jovino en Ceares. Y ocurre desde hace varios meses con la estación de la ITV en Granda. En este caso, es la Administración regional la que ha puesto en pie de guerra a los parroquianos simple y llanamente por haber planteado un proyecto sin un mínimo tanteo vecinal. El sondeo ciudadano no suele ser virtud de quienes nos gobiernan. Por ello se cometen tantas equivocaciones y se generan tantos conflictos ante la ausencia de un diálogo previo.
El Ayuntamiento, con la legislación en la mano, no tiene más remedio que autorizar la instalación de la estación porque cumple toda la normativa vigente para su ubicación en el lugar. La decisión está en manos del Principado, al que el gobierno local ha emplazado a «dar la cara» y hablar con los residentes tras responder con calabazas a las alternativas planteadas desde la plaza Mayor. Si la cerrazón persiste se podría pensar que estamos ante un problema de partido, porque sería difícil de explicar que una institución dirigida por la misma formación le metiera el agua en casa a otra del mismo color como se está haciendo en Granda desde la Consejería de Industria. Seguir enrocado frente al grito vecinal puede resultar políticamente muy dañino.

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Sobre el autor

Periodista del diario EL COMERCIO desde 1990. Fui redactor de Economía, jefe de área de Actualidad, subdirector y jefe de Información durante doce años y desde febrero de 2016, director adjunto del periódico.


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