Según los cálculos del Observatorio Astronómico Nacional, este lunes, a las cinco y treinta y dos minutos de la mañana, arranca oficialmente el verano hasta el próximo 23 de septiembre. Es el dato científicamente más certero y objetivo que se puede adelantar sobre el periodo estacional. Lo que nos aguarda sigue siendo imprevisible. Desde la perspectiva coronavírica, puede ser que estemos ante el último estío de la pandemia antes de la era postcovid o el primero de los felices años veinte deseado desde una visión optimista, buscando el símil con la crisis de la gripe de hace un siglo, en línea con la teoría de la repetición de los ciclos de la historia. De momento, nos quedamos con las ganas de la sociedad en general de recuperar la vitalidad que teníamos antes de la aparición del virus en eso que se llegó a bautizar como ‘nueva normalidad’, hacia la que ya nos encaminábamos justo hace un año, pero de la que aún desconocemos el sabor de sus mieles.
Con esas ganas, Gijón afronta un verano, llamémoslo de transición, para recobrar el pulso con la prudencia y el control necesario a lo largo del valle epidemiológico que estamos recorriendo. Bienvenidas sean las llamadas a la alegría responsable como prescripción facultativa contra la fatiga psicológica en la que está inmersa la ciudadanía. Un agotamiento, por otro lado, que se agudiza con el cúmulo de problemas adicionales a la catársis de la covid generados por los políticos por inacción, dejación, distracción e incapacidad. La lista se acrecienta y lo peor de todo es que vuelcan sus fuerzas en intentar aniquilar al rival mientras las dificultades se agravan.
Solo una cuestión que nos afecta a todos y que determinará el rumbo de la recuperación de la economía real, la del bolsillo y del bienestar de la gente. El alza de la luz, de los combustibles y de los precios en general amenazan con provocar un aumento de la tensión social. La temida inflación es el mayor impuesto al que se pueden someter a los pobres. Un escenario de encarecimiento como el que se avecina sería un desastre para las familias y la mayor desgracia política para cualquier gobierno que no pueda embridar los males que llevan al sufrimiento de las personas. Pero como no quiero salirme del hilo, vuelvo a poner la mente en el verano. Mañana, con la entrada estival, la alcaldesa tendrá a bien presentar la programación para los momentos de asueto de quienes vivimos aquí y los que acertadamente vengan a Gijón en busca de disfrute y ocio. Por lo que se ha ido desgranando, volveremos a recuperar, aunque sea a la mitad, todas las citas habidas en tiempos precovid, lo que no deja ser alentador.
En el ‘planning’ ya está anotada la Semana Negra, conciertos en El Bibio y en El Molinón, Feria de Muestras, LEV Festival, espectáculos prácticamente todos los días en el Jovellanos, diversión en Poniente y en el ‘solarón’ y toros en Semana Grande. Hace unos días, la primera edil prometió que la agenda festiva y cultural iba a ser «buenísima y extraordinaria». Tan buena y extraordinaria que resulta posible volver a organizar la Noche de los Fuegos, aunque sea dividiendo el paseo del Muro por sectores. Si Nueva York acaba de celebrar el fin de la pandemia con el lanzamiento de fuegos artificiales desde distintos puntos del estado, Gijón podrá hacerlo en agosto teniendo en cuenta que para entonces, con diligencia y suerte, habremos alcanzado la inmunidad global que tanto ansiamos.
«Este será un gran verano», dijeron esta misma semana quienes llevan las riendas de la representación empresarial de la hostelería y del turismo en la ciudad. Un pronóstico que el sector empieza a tocar poco a poco de manera tangible, pese a las dificultades que conllevan las medidas preventivas para evitar los contagios. Esa apreciación es la mayor esperanza. La reactivación del programa festivo y de los negocios están directamente vinculados. Forman parte de la misma maquinaria. Hay que recobrar el brío del estío gijonés para revitalizar su capacidad de generar riqueza y empleo como cabecera de la temporada turística regional. Si la vacuna ofrece seguridad, el verano tiene que convertirse en dosis vitamínica para llegar con fuerzas al otoño. Desde mañana hay noventa y tres días para conseguirlo.
Postdata: Finalmente, el Ayuntamiento renuncia a recuperar los fuegos artificiales en la víspera festiva de Begoña. Sostiene que las restricciones para evitar las aglomeraciones dictadas por el Principado impiden organizar el espectáculo más popular del verano gijonés. Es una lástima que ni siquiera se haya intentado. Hubiera sido un buena manera de simbolizar el inicio del regreso a la cotidianidad de la vida.