Se cumplen hoy 488 días desde que el 6 de mayo del año pasado fuera cerrado el Muro a los vehículos para abrir espacio al esparcimiento de los gijoneses en el proceso de desescalada tras la larga cuarentena. Ha transcurrido casi año y medio de una intervención provisional que servía de ensayo para una medida tan excepcional como la eliminación del tráfico rodado por el paseo sin tener que emprender soterramiento alguno. Se quita y punto. Igual que en la avenida de El Molinón, pero a lo grande. Primero se prueba la actuación y luego, una vez discurrido el tiempo, se consolida. Cuanto más se alargue la provisionalidad, mayor probabilidad existe de que arraigue la idea de ese corredor costero de estética infantiloide que ha cobrado un nombre de guasa, color parchís y mobiliario nórdico. Así que vamos camino de la prolongación cuando dieciséis meses después del cierre ni tan siquiera se tienen unas líneas maestras sobre lo que puede ser la remodelación del escenario más fotografiado de la ciudad, convertido ahora en una ridiculización de la ‘nueva movilidad’.
La alcaldesa ha criticado el retraso en conocer las conclusiones de la comisión de trabajo creada a instancias del Consejo Social para la reforma del Muro. Unas conclusiones que se tendrían que haber presentado ya en una reunión que se debería de haber celebrado en abril, aplazada a este pasado jueves y de nuevo suspendida hasta mediados de mes por problemas de agenda y la imposibilidad de disponer de una sede para el encuentro. Increíble.
La tardanza, deliberada o no, va acompañada del lío morrocotudo generado por la documentación previa del Colegio de Arquitectos, encargado de presidir la comisión, que viene a inclinarse por establecer dos carriles para los coches con el fin de recuperar el doble sentido de circulación. Un planteamiento defendido por una buena parte del órgano consultivo, pero que no encaja con el modelo en el que se ha encastillado la coalición gubernamental. En el Ayuntamiento advierten de que lo que se va a analizar en la esperada cumbre es «el prediagnóstico». Es decir, nada que tenga que ver con una decisión aproximada porque la intención, en el fondo, es que el debate se prolongue lo más posible manteniendo el esperpento de Rufo Rendueles para que el cambio de hábito se haga costumbre y la costumbre, ley. Luego, a ver quién da marcha atrás. Por lo tanto, se puede concluir que no habrá proyecto, ni plazos ni inversión hasta la próxima llamada electoral, salvo un cambio de estrategia en función de la rentabilidad política de unos mandatarios para los que el programa, hasta el momento, ha sido la improvisación.
Sin embargo, más avanzado se encuentra el proceso para transformar la otra fachada marítima, la de Fomento-Poniente, donde la administración consistorial está dispuesta a poner toda la carne en el asador. Aquí sí se van cumpliendo los plazos, con la exposición abierta al público en el Museo del Ferrocarril sobre las trece ideas para el cambio, que sirve de ayuda a la votación ciudadana convocada para la semana del 23 al 30 de septiembre, previa a la deliberación del jurado en octubre que determinará el proyecto ganador. Proyecto, por cierto, que no será el que ejecutará el Ayuntamiento, en colaboración con el organismo portuario, porque ya se ha dejado caer que ninguna de las trece propuestas convencen por entero a la autoridad municipal. Ahora bien, el objetivo es tener un diseño definitivo más pronto que tarde a gusto de los socios con el fin de llegar a tiempo a la fuente de financiación europea, una oportunidad, por el contrario, que no figura en la agenda para el caso del Muro.
Lo que sí tendrán fondos de la UE, con toda seguridad, son los planes para convertir La Calzada y Cimavilla en zonas de baja emisión. Las actuaciones en ambos barrios serán incluidos en la primera convocatoria lanzada por el Gobierno central, que repartirá 1.000 millones de euros de manera inmediata por toda España para iniciativas de movilidad sostenible y transporte colectivo. El plazo finaliza este mes y la transformación se acometerá rápidamente, antes de que acabe el mandato.
La Calzada y Cimavilla serán los primeros no por casualidad. Se podría enmarcar en un ejercicio de reconciliación. No en vano, ambos barrios son feudos tradicionales de las siglas que conforman la coalición donde en las últimas contiendas Podemos apuntaló sus resultados.