La defenestración de Alberto López-Asenjo como portavoz del grupo municipal del PP no era un asunto inesperado. Desde el 25 de febrero que se produce el cambio en el liderazgo del partido en Gijón, el que fuera cabeza de lista a las últimas elecciones locales por imposición de Madrid estaba llamado al relevo. La cuestión era armarse de argumentos suficientes para acometer la destitución en día y hora convenientes para los intereses de quienes asumieron la responsabilidad de poner orden en la casa y llegar oxigenados a los próximos comicios.
Siete meses tardó en quedar resuelto el ‘affaire’. El propio Asenjo se lo puso en bandeja a su mayor enemigo en la marca popular cometiendo errores de bulto imperdonables para los que tienen el poder y la capacidad de disciplinar la formación. No cabe sorpresa alguna ni en el fondo ni en la forma en que se desarrollaron los acontecimientos dados los antecedentes de un partido con pasiones destructivas, extremadamente cainita, repleto de historias de deslealtades y traición. El PP no deja de ser cesarista, régimen de funcionamiento sobradamente conocido por el concejal destronado. Por lo tanto llama la atención que, a sabiendas de esa circunstancia, no se le ocurriera otra cosa que atacar al césar designado sin ser consciente de que la respuesta que obtendría sería furibunda, salvo que buscara con ello el suicidio político.
En realidad, Alberto López-Asenjo es víctima del mismo sistema que con anterioridad le había beneficiado, el de la dedocracia. Se convirtió en candidato por señalamiento de Génova sin la aquiescencia de la regencia entonces del partido en crisis en Asturias y Gijón cuando aún Pablo Casado y su guardia de corps intentaban enderezar el rumbo nacional de la formación.
Asenjo no había sido la primera opción en la búsqueda de la persona que encabezara la lista dentro de la renovación de caras promovida por el mandamás popular. Formaba parte de una terna de nombres, algunos ajenos a la actividad política en estos lares, que se fueron cayendo conforme iban expresando sus apetencias. De aquel proceso surgieron también las candidaturas de Teresa Mallada al frente de la candidatura autonómica y Alfredo Canteli para la Alcaldía de Oviedo. Alberto López-Asenjo, al igual que el primer edil ovetense, era un advenedizo en la política municipal pero con un perfil absolutamente distinto a Canteli. Si el regidor capitalino era un hombre más popular por la notoriedad pública que le había otorgado la presidencia del Centro Asturiano durante casi veinte años, Asenjo no venía colmado de ese grado de conocimiento entre la ciudadanía, aunque su trayectoria en otras instancias de la administración pública estaba fuera de duda. La operación de Oviedo no pudo ser más exitosa para el partido. La de Gijón, sin embargo, no obtuvo el resultado esperado.
Alberto López-Asenjo se equivocó posteriormente en su estrategia y acabó jugando en solitario. Pensó que podía hacerse con el control del partido desde la independencia del grupo municipal, funcionó como comando autónomo en el Ayuntamiento en la acción política y en la gestión de los dineros, no participó en el proceso de renovación impulsado por el ‘malladismo’, mantuvo el pulso con todos los bandos y además se rodeó de maquiavélicos e intrigantes escuderos. La dirección local presenta la destitución del portavoz y el nombramiento en su lugar de la medallista olímpica Ángela Pumariega como una simple reestructuración para mejorar el funcionamiento del grupo municipal y la coordinación con el partido. La lideresa regional, Teresa Mallada, habló con claridad de que se trataba de solucionar un problema. Queda por saber hasta dónde ha quedado solventado.
De momento se puede concluir que el fulminante cese del que fuera cabeza de cartel en la bancada popular del Consistorio gijonés abre una etapa de movimientos prelectorales a año y medio del regreso a las urnas. Por esa tesitura pasarán todos los partidos sin excepción. El nerviosismo empieza a apoderarse en ellos cuando los sondeos apuntan a una configuración política distinta en la Corporación, con menos marcas y dos bloques de izquierda y derecha muy igualados. En el caso del PP, si las aguas remansan, lo normal es que quien ocupe la presidencia sea al mismo tiempo el candidato. Esta última semana, pues, ese dilema en los populares ha empezado a despejarse.