A decir verdad, nunca he visto mucho sentido al asunto de los hermanamientos. Ni se entienden bien los criterios que se fueron usando en la elección de las consiguientes ciudades ni tampoco hubo un interés excesivo por las distintas corporaciones en mantener una relación permanente con los ayuntamientos hermanados. Salvo alguna excepción, movida por afinidades ideológicas o querencias personales, el hermanamiento se ha circunscrito al reconocimiento de los lazos a través de nombres en las calles, la ostentación del título en acreditaciones oficiales y, muy de vez en cuando, mediante alguna visita o determinado convenio. Todo muy puntual. Compartimos la amistad, pero en la lejanía.
Esta circunstancia, también hay que decirlo, no es exclusiva de Gijón. La padecen, por lo general, todos los municipios que en su día firmaron declaraciones de emparejamiento. En España, más de trescientos. En el caso que nos ocupa, el Ayuntamiento mantiene ese sello con la localidad mexicana de Puerto Vallarta, La Habana, Albuquerque, en los Estados Unidos, la francesa Niort, Esmara, en el Sáhara Occidental y Novorossiysk. Llevamos casi tres décadas sin agrandar la lista. El último fue firmado en 1994 con la capital cubana. Desde entonces se renovaron algunos compromisos, pero tampoco se desarrollaron luego con gran entusiasmo. Quizás haya que ir pensando en revisar esta política si se quiere conservar los vínculos para, en todo caso, reforzarlos con el fin de que los gijoneses y los ciudadanos de esos pueblos hermanos sientan, de verdad, esa relación de unidad y cooperación que promovía la iniciativa. Y como pasa en las mejores familias, también cabe la ruptura. Los partidos que nos representan en la Casa Consistorial tendrán que decidir en el próximo plenario sobre la revocación del hermanamiento con Novorossiysk por la invasión rusa de Ucrania. Foro ha presentado un ruego planteando la rescisión de la relación con esta ciudad por «responsabilidad social», que es el mismo argumento esgrimido para expulsar a Rusia de los acontecimientos deportivos, culturales y sociales más relevantes del mundo.
La decisión tiene enjundia, aunque desde el punto de vista institucional está plenamente justificada. La alcaldesa, en su primera reacción, cuestionó la anulación del hermanamiento porque «no se puede condenar a los rusos por lo que hacen sus dirigentes». Tampoco tiene culpa Dostoievski cuando en Florencia se ha llegado a pedir el derribo de su estatua; no hay que recurrir a semejante locura. Sin embargo, la respuesta de la primera edil sería incuestionable si no fuera por las circunstancias en las que se están desarrollando los acontecimientos en Ucrania. El exterminio de una población es suficiente argumento para romper el cordón umbilical con el país que ejerce el genocidio.
Hemos sabido, además, que quienes mandan en el ayuntamiento de aquella localidad rusa, del mismo partido que Vladimir Putin y elegido mayoritariamente por sus ciudadanos, respaldan sin fisuras la invasión y homenajean a los jefes militares caídos en la contienda. Por lo tanto, las razones para mantener la oficialidad de los lazos se caen por su propio peso. La ruptura no se puede tratar solo de un gesto. Es una manera de expresar que el municipio de Gijón no está con aquellos pueblos que alientan la vulneración de los derechos humanos practicando la aniquilación de la gente.
En la misma sesión del pleno, está previsto sacar adelante una declaración institucional del Ayuntamiento en apoyo a Ucrania condenando la guerra y las atrocidades. Pues bien, cabe esperar que en Gijón no se repita el espectáculo que se produjo hace unos días en la Junta General del Principado, donde las formaciones políticas que representan a todos los asturianos fueron incapaces de consensuar por unanimidad un escrito para rechazar la invasión. ¡Cuánta vergüenza! ¡Qué decepción! Bajo acusaciones de oportunismo, extremismos y radicalidades, yéndose absolutamente por las ramas, la iniciativa parlamentaria no halló el respaldo de Podemos, Izquierda Unida y Vox. Algunos partidos deberían de hacer una reflexión seria sobre los tiempos en los que viven, sacudiéndose los complejos, para ver lo que pueden seguir aportando a una ciudadanía cada vez más desapegada de la política precisamente por la mediocridad de los políticos. Una ciudadanía solidaria, deseosa de vivir en paz, trabajar y con la esperanza de alcanzar un futuro mejor y más justo que el que tenemos hoy.