Comparando las imágenes de la visita que esta semana realizó la alcaldesa a Tabacalera y las que este periódico publicó en junio del año pasado tras un recorrido por las obras se puede apreciar que los trabajos apenas han evolucionado. El retraso que la reforma está padeciendo por la obligada paralización administrativa ante la aparición de restos arqueológicos es justificable, pese a que ello conlleve un modificado del proyecto y su consiguiente sobrecoste. De momento, las tareas de consolidación del monumental edificio se llevarán medio millón de euros más del presupuesto inicial y el cálculo actualizado es que la rehabilitación ascienda finalmente a 5,3 millones. La cuantía es elevada para las arcas municipales, especialmente cuando estamos hablando de solo la primera fase de un proyecto cuyo destino aún desconocemos los gijoneses. Las siguientes etapas, a tenor de lo que se había planteado, pueden multiplicar por tres la cantidad total que el emblemático inmueble de Cimavilla llegará a absorber. Por lo tanto, hay que abrir una seria reflexión sobre la función que tendrá la histórica fábrica de tabacos en la ciudad para merecer el sacrificio que supondrá dedicar tanto dinero.
La primera mandataria local ha traspasado el final de la obra y la decisión sobre el uso del equipamiento a la próxima Corporación que salga de las urnas en mayo. La reforma tardará todavía ocho meses en concluir si no surgen más sorpresas, pero vamos camino de que transcurra como mínimo otro mandato más sin que sus puertas sean abiertas al público. Carmen Moriyón ha dicho que el edificio quedará en perfecto estado de revista. Es decir, guapo por fuera aunque vacío por dentro.
Cuando se planteó la rehabilitación de Tabacalera gobernaban los socialistas. El objetivo era convertir la antigua factoría en el gran museo de Gijón. Teniendo como base esa idea el gobierno local de Foro elaboró su proyecto y hace tres años empezó los trabajos para mantener en pie el viejo complejo. A partir de ahí comenzaron a surgir todo tipo de propuestas alternativas al contenido original, que amenazan con adulterarlo. Durante todo este tiempo, con participación ciudadana incluida, se fueron poniendo sobre la mesa un conjunto de iniciativas, una buena parte tan absurdas y peregrinas que llevaban a transformar el histórico inmueble gijonés en poco más que un zoco.
Abierto un nuevo período electoral los partidos tienen la oportunidad de repensar lo que pretenden hacer con la antigua fábrica antes de abordar las siguientes fases para evitar un gasto inútil. Carece de sentido continuar el desarrollo de la ampliación que estaba prevista sin tener claro lo que va a albergar en su interior. El parón sufrido por los hallazgos y la convocatoria de los comicios alargan un proceso que, en este caso, resulta beneficioso para el futuro de esta destacada infraestructura.
De todas formas, la decisión que adopte la próxima administración tendría que tener en cuenta al menos como premisa el interés general de toda la ciudad. Tabacalera es de Gijón, no de un grupo de presión específico ni de una formación política concreta. Debería de ser un lugar para el disfrute de la ciudadanía sin excepción y de quienes nos visitan y no solo de determinados gremios. En definitiva, Tabacalera tiene que convertirse en un gran centro del arte y de la historia de la villa, avanzado y dinámico, que enriquezca la cultura y la economía local y traspase fronteras. Basta mirar a otros lados para ver la oportunidad que se abre con tan relevante patrimonio.