Los gijoneses estamos llamados de nuevo a acudir a los colegios electorales para elegir a la undécima Corporación local desde que disfrutamos de la democracia y al quinto alcalde o alcaldesa de estos cuarenta años de historia. De las urnas saldrán los veintisiete concejales que ocuparán los escaños del salón de plenos que tendrán que afrontar los múltiples desafíos de la era incierta que estamos empezando a vivir. Será una Corporación profundamente renovada, con más de dos tercios de caras nuevas entre los ediles, y la más plural de cuantas se sucedieron desde que se constituyera aquel primer ayuntamiento votado por los ciudadanos en 1979.
Haciendo caso a los sondeos, siete formaciones políticas pueden llegar a tener representación municipal. Ocho, incluso, si se produce alguna sorpresa no recogida en los pronósticos de las votaciones. Y tal fragmentación amenaza con convertir la casa consistorial en el hotel de los líos, salvo que se consiga mantener el orden por bloques ideológicos afines que permitan dar estabilidad al mandato. Salimos de una etapa en la que los regidores locales tuvieron que gobernar a base de encontrar apoyos en uno y otro lado, con cesiones, renuncias y sacrificando presupuestos, y entramos en otra que, por los augurios, será necesario el pacto para la mayoría y más que probable, el gobierno de coalición.
Gijón requiere una institución fuerte, bien respaldada, para abordar los retos que tenemos por delante. La administración que se haga en los cuatro años venideros será determinante para el devenir económico, social y ambiental del municipio. La ciudad entra en un momento crucial, lleno de riesgos pero también de oportunidades. El futuro de todos cuantos vivimos en ella dependerá sobremanera de la gestión publica, de la capacidad que se despliegue para enfrentarnos a los problemas y del aprovechamiento que se haga de los recursos para avanzar hacia la prosperidad, el empleo, la igualdad y el bienestar.
En la cartera de tareas encontramos un buen número de grandes asuntos a los que el Ayuntamiento no puede dar respuesta en solitario, aunque sí adoptar medidas adicionales que palíen sus consecuencias. El freno a la caída demográfica y el envejecimiento, los efectos de la reconversión industrial derivada del proceso de descarbonización o la lucha contra la contaminación, incluida la depuración de las aguas, figuran entre esos asuntos prioritarios. El desarrollo del plan general de ordenación urbana, el cumplimiento del programa de integración ferroviaria desde La Calzada hasta Cabueñes y el protagonismo de Gijón en la puesta en marcha del área metropolitana de Asturias son deberes inexcusables para el nuevo gobierno local.
Luego se pondrán sobre la mesa otros contenidos, no menores desde luego, que también formarán parte principal de las materias que permitirán las alianzas entre los partidos que por suma opten a mandar. Enumero tres.
El plan de movilidad, cuya definición final quedó aplazada, es una de las actuaciones que mayor implicación ciudadana requiere por el cambio de hábitos que supone. La reducción del uso del coche, el impulso al transporte público y la transformación de las calles en favor del peatón son medidas que necesitan un amplio consenso.
La segunda, la reforma de los servicios sociales. El mantenimiento de la renta social y el cuadro general de prestaciones requieren un nuevo enfoque, la mejora en la gestión de los recursos y ganar en eficacia. Hay que conseguir acabar con la pobreza, no eternizarla.
Y la tercera, la política cultural, que no se trata únicamente de ver qué se hace con Divertia o si se mantiene la feria taurina de Begoña. En la agenda de esa política figura el destino del edificio de Tabacalera. La oportunidad de convertir la antigua fábrica de Cimavilla en el centro histórico-artístico de la ciudad o en un contenedor de colores y ocurrencias.
Hasta entonces, hoy solo cabe desear suerte a todos los aspirantes y que quienes tengan finalmente el honor de regir nuestros destinos acometan a partir de mañana ese proyecto esperanzador.