Hay que tener en cuenta hacia donde vamos. Si hacemos caso de las proyecciones realizadas sobre la evolución de la población en Gijón, una vez pasada la próxima década, allá por el 2030, el número de habitantes con más de 65 años superará los 90.000. Es decir, una de cada tres personas que residirán en nuestra querida villa de Jovellanos estarán ya en lo que se ha venido a llamar hasta ahora tercera edad. En este momento son casi 65.000. Si la mirada se extiende al 2050, el pronóstico resulta más preocupante si antes no se produce el milagro que permita frenar el desplome demográfico y cambiar la tendencia, porque estaríamos hablando de que cerca de la mitad seríamos viejos. Los que nacimos en el ‘baby boom’, entre principios de los sesenta y mediados de los setenta, tendríamos de media 80 años. En definitiva, Gijón va camino de ser el mayor geriátrico de una Asturias convertida a la vez en la región de los ancianos.
Mientras trabajamos en busca del prodigio que favorezca la expansión de la economía y la multiplicación poblacional, no queda otra alternativa que adaptar el lugar en el que habitamos a las necesidades que vamos a tener. Hay que empezar a construir ‘la ciudad de los mayores’. Por ello, le pongo sin duda un ‘me gusta’ al plan de las 116 medidas que el ilustre Ayuntamiento quiere implantar de aquí a tres años para conseguir que Gijón sea un sitio mucho más confortable para vivir. No renunciaría a ninguna de ellas, desde la primera hasta la última.
La hoja de ruta esbozada por la concejalía de Bienestar Social tiene como precedente una guía editada por la Organización Mundial de la Salud hace ya unos cuantos años, en 2005, después de la cumbre sobre gerontología celebrada en Río de Janeiro. Aquella iniciativa, que lleva por título ‘Ciudades Globales Amigables con los Mayores’, se fue convirtiendo con el paso del tiempo en la biblia para promover el envejecimiento activo, un concepto que no tiene otra misión que mejorar la calidad de vida de las personas a medida que se adentran en edad.
Las acciones que propone el gobierno local responden a las ideas recogidas en aquel manual para adecuar las infraestructuras urbanísticas y los servicios a esa parte creciente y cada vez más relevante de la ciudadanía. Al fin y al cabo, la urbe ideal para los mayores también lo es para todas las etapas de la vida.
El catálogo de medidas elaborado por el Consistorio supone una considerable transformación de la ciudad que hoy disfrutamos, pero merece la pena destinar los recursos que sean necesarios para ello y acometerla en el plazo que se plantea con la implicación de toda la estructura municipal. Las carencias detectadas en el diagnóstico sobre los espacios y edificios públicos, en el transporte, en la movilidad o sobre la seguridad en las calles son competencia directa del Ayuntamiento y, por lo tanto, su corrección no debería prolongarse en el tiempo. Luego hay acciones, relacionadas con la participación social y en las que se tendrían que incluir la promoción de la actividad física y de los hábitos saludables, que conllevarían un amplio trabajo de concienciación.
En cambio, existen otro tipo de exigencias que requiere la intervención de instancias distintas que tienen el deber de ponerse a la altura de las circunstancias. Combatir la soledad con una buena red asistencial es un problema regional. Agilizar y extender las ayudas de la dependencia o reducir las listas de espera sanitarias son actuaciones absolutamente prioritarias para mejorar el bienestar de nuestros mayores y, por ende, de toda la población. La responsabilidad, por lo tanto, no recae solo en el ámbito local.