Tengo la suerte de poder contemplar a diario la imponente silueta de la Universidad Laboral recortada en el horizonte sin que deje de sorprenderme su grandiosidad. Soy de los nostálgicos a los que esta semana aludió la primera edil gijonesa como uno de los cientos de miles de personas que recibieron formación en sus aulas durante los 65 años de historia del centro. La misma nostalgia que se tiene por la etapa de la Transición cuyo talante político favoreció la restauración de la democracia y que tanto se echa en falta. Resulta curioso que la generación de representantes públicos nacida cuando ya se había instaurado el régimen de derechos y libertades tenga un comportamiento más reduccionista que aquella que, de manera tan ejemplar, transitó desde la dictadura a la España constitucional. La nostalgia es buena compañera cuando, bien utilizada, ayuda a discernir las circunstancias. La última hornada de políticos la pervierten de forma constante para sostener doctrinas donde solo cabe lo blanco o lo negro, sin matices que favorezcan espacios de entendimiento.
El rechazo de PSOE, IU y Podemos de la propuesta para la declaración de la Laboral como Patrimonio de la Humanidad por «representar un símbolo franquista y encumbrar al dictador» supuso una demostración más de esa deriva. Alegar el origen del monumento arquitectónico para renunciar a su tramitación ante la Unesco era un craso error que solo podía ser atribuido a una necedad. Con ese mismo argumento, el origen atroz y totalitario, tendríamos que reclamar la retirada de una buena parte de los sitios del planeta incluidos en aquel catálogo mundial.
El gobierno municipal, con el apoyo del partido morado, hizo un flaco favor a la ciudad a la que representa. La Universidad Laboral es un valor tan identitario de Gijón como el muro de San Lorenzo, El Molinón, la estatua de Pelayo, el Elogio del Horizonte en el cerro o el parque de Isabel la Católica. La apelación al germen de la obra para desacreditar una propuesta de candidatura implicaba, ni más ni menos, que perjudicar los intereses generales del municipio. No cabía en la cabeza de la inmensa mayoría de los gijoneses.
Por ello el PSOE acabó rectificando. La alcaldesa Ana González se amparó en que no se habían explicado bien al motivar el rechazo a la iniciativa porque, en realidad, su grupo no era contrario a la declaración. Pero tampoco enmendó la propuesta de la oposición. Aceptando que fuera así, alguien tendría que reflexionar sobre la falta de reacción cuando durante tres días les cayeron chuzos a dolor.
La historia no se puede cambiar, pero sí se pueden extraer lecciones de ella y aprovechar su legado desde el conocimiento, no desde la ignorancia o la tergiversación. La Laboral, en su caso, ha experimentado también su particular transición. Fue un socialista, del que nadie pone en duda su implicación en la lucha por la libertad, quien sacó el edificio del ostracismo. El gobierno de Vicente Álvarez Areces, con una ambiciosa rehabilitación, rescató el complejo para la ciudadanía convirtiéndolo en un sitio vivo, abierto y plural. Hace justo trece años que el conjunto monumental perdió prácticamente toda la iconografía de la época dictatorial y la que resta es de difícil despojo. Y fue otro gobierno del mismo signo, presidido por Javier Fernández, el que, por encima de cualquier consideración ideológica, declaró el recinto como Bien de Interés Cultural para su protección y conservación. A partir de ahí no puede existir excusa alguna para no reparar la cúpula de la iglesia, adecuar las instalaciones del entorno y seguir dotándola de contenidos. La resignificación, por lo tanto, ya está hecha.
Era incomprensible que los socialistas de Gijón rompieran ahora el consenso social. De ahí que propongan corregir la equivocación mediante su propia moción de apoyo a la tramitación del expediente con una narración sobre la naturaleza del edificio, que tiene que ser dificilmente cuestionable si responde fielmente al relato histórico. En definitiva, a la memoria de un lugar emblemático de esta ciudad y de Asturias, único en el país, sin pijamas de rayas, huesos ni fantasmas.