El Gobierno asturiano tiene pendiente de determinar qué hacer con el hospital de campaña instalado en el pabellón central del recinto ferial Luis Adaro. La misma firmeza que empleó cuando decidió convertirlo en un centro destinado a enfermos leves de coronavirus tiene que aplicarla en su desmantelamiento. Si hemos tenido la fortuna de no haber utilizado la instalación durante la pandemia, toca ahora devolverla para su cometido original con el fin de que contribuya a la reactivación de la economía tras el desastre que deja en legado la crisis sanitaria.
La organización de la Feria de Muestras prepara la nueva edición con la previsión de que pueda disponer del pabellón. Será un certamen más reducido por las restricciones a las que nos vemos obligados para respetar la distancia social. Por ello la posibilidad o no de abrir la nave central es decisiva en la distribución de espacios. La viabilidad ferial depende de su recuperación. Se trata de un lugar que alberga expositores veteranos en el evento, que despliegan una gran actividad comercial a lo largo de los quince días de duración.
La administración regional tiene que adoptar la decisión una vez concluido el estado de alarma sin que ello suponga un paso atrás en la cautela. Ante una medida de estas características no caben críticas. No estamos hablando de ningún proyecto fracasado. Al contrario. Cuando el Principado eligió la instalación ferial para reforzar las infraestructuras hospitalarias con el montaje de 144 camas los contagios por el coronavirus no paraban de crecer en Asturias. A finales de marzo, el COVID amenazaba con poner contra las cuerdas la capacidad asistencial de la región por la multiplicación de casos y en otras comunidades autónomas el riesgo de colapso por la escalada del virus parecía inevitable.
En Madrid, el Ifema, cerrado el 1 de mayo después de pasar por allí cerca de 4.000 pacientes, llevaba una semana recibiendo enfermos sin parar, a la vez que en los pasillos de los centros hospitalarios de la capital se empezaban a ver escenas dantescas inimaginables en un país orgulloso de tener uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo. En Asturias, la anticipación en la respuesta ha sido crucial. Junto a la infraestructura montada en Gijón, se habilitaron otros equipamientos que entraron en funcionamiento como la residencia universitaria del Campus de Mieres o el Centro de Discapacidades Neurológicas de Langreo, donde ayer fueron ingresados los casos surgidos en la residencia de El Carmen. Que el recinto ferial no se haya usado hay que verlo más como un valor que como un error en la gestión sanitaria. Censurar a toro pasado el dinero destinado al montaje del hospital mientras había centros privados disponibles es insostenible cuando en aquellos días negros nadie sabía hasta dónde podía avanzar la aterradora enfermedad. Se corría el riesgo de que, al final, todo ello fuera insuficiente.
El panorama ha cambiado, pese al rebrote registrado en el centro de mayores gijonés. La presión asistencial se ha reducido notablemente, la capacidad de respuesta está más preparada, la vigilancia es más intensa, el conocimiento sobre el patógeno ha aumentado, las medidas de protección contra los contagios están ampliamente implantadas y la conciencia ciudadana es mayor. Asturias registra la tasa de inmunidad más baja de España y por lo tanto nos vemos obligados a ser más precavidos. Pero no parece que en los próximos meses volvamos a experimentar la tragedia pasada. El virus, según algunos especialistas, está disminuyendo en agresividad y estamos ya entrenados con los servicios que tenemos para una reacción rápida que lo mantenga a raya. Por lo tanto, cuando estrenemos la ‘nueva normalidad’, poner las camas del pabellón a buen recaudo no contradice la prudencia.
Postdata: Por lo menos que haya Feria, una vez que la autoridad municipal ha borrado del calendario la programación estival. No habrá Foguera de Xan Xuan, ni Hípico, ni Toros, ni Festival Aéreo. La Semana Negra será testimonial, sin noria, con entrada digital y para unos pocos. Y en la Noche de los Fuegos nos amenazan con un vuelo de drones para no salir de casa, que parece una idea pensada por el enemigo. Entonces me pregunto cuál será el antídoto para que los ciudadanos recuperen el ánimo individual y colectivo tras este verano de posguerra si a falta de pan tampoco vamos a tener circo.