En mi travesía por el paseo del muro de San Lorenzo en dirección al Museo de la Casa Natal de Jovellanos para visitar la exposición de fotografía de Camín aprovecho para comprobar dos medidas de la desescalada en la semana en que, por desgracia, el país vuelve a ascender a la cima de la COVID. La primera, la tarea de los acomodadores, tan eficaz siempre como muchas veces ingrata. El esmero de los vigilantes para que el arenal no se convierta en un hormiguero provoca irremediablemente una de las imágenes inéditas del verano gijonés, las colas para acceder a la playa. En algunas escaleras las filas son comparables como las que se organizan ante las oficinas de Correos, en la avenida de Castilla o en la cuesta de Begoña, por la fiebre de la paquetería. A este propósito, no sería de extrañar que el departamento municipal de movilidad decidiera rescatar aquella polémica norma del que fuera alcalde de la ciudad en los años cincuenta, Cecilio Olivier, para regular el tráfico de peatones por la calle de Fernández Vallín: Una de las aceras para los que guardan la fila o bajan a la plaza del Seis de Agosto y la contraria, para los que suben hacia el paseo.
En el caso del Muro, ancha ahora es la vía sin que se tengan que adoptar alternativas para mantener la distancia necesaria. Sin embargo, y esta es la segunda observación, no parece que transiten muchos viandantes por la calzada cortada de Rufo García Rendueles. La obligatoriedad de la mascarilla en la calle decretada con acierto por el Gobierno de Adrián Barbón, pese a no quitar que se tenga que respetar el metro y medio interpersonal, ha anulado en la práctica el uso de los carriles habilitados para los transeúntes. La animación se encuentra a la vera de la barandilla. Por lo tanto, una vez visto el nivel de utilidad, quizás sea excesiva la supresión para los coches de otro tramo de la avenida como está dispuesto a acometer el Ayuntamiento con el fin de destinarlo exclusivamente a bicis y patinetes.
En el Museo de Jovellanos, el goteo de visitantes es constante. No así en las Termas Romanas, donde la absurdez ha limitado los pases con cita previa para evitar aglomeraciones por las esperas en el Campo Valdés. El patrimonio romano hay que promocionarlo mucho más. No basta con incluirlo de manera destacada en la página web municipal, junto a otras actividades incluso de fuera de la ciudad que ofrecen empresas privadas. Tiene que ser, junto al industrial, paquete estrella de la ‘superoficina’ de InfoGijón, recién estrenada en la Casa Paquet, que albergará también los despachos de los gestores turísticos con vistas al Muelle, para enviar a los peregrinos a pasar la noche a La Calzada. No sirve con dar un plano de la villa, rodear con un círculo Cimavilla y decir que estamos junto a la plaza del Marqués.
En el Museo, la mayor espera que se produce es ya en su interior para ver la maravillosa obra de Sebastián Miranda en la planta superior. Tres personas como máximo para contemplar el Retablo del Mar, que podría tener un lugar sobresaliente y más desahogado en la antigua Tabacalera cuando se acometa la reordenación de los espacios expositivos y se dedique la casa natal del prócer a centro de la Ilustración. En torno al retablo se puede construir un relato costumbrista sobre Cimavilla como pieza fundamental de nuestra historia.
Por su parte, la muestra de Joaquín Rubio Camín que se puede ver hasta septiembre es una delicia para los aficionados al arte y a la fotografía. Una buena dosis de sugerencias por parte del artista asturiano más multidisciplinar y fecundo del siglo XX a través de las imágenes en primer plano de personajes, objetos y composiciones arquitectónicas. Una de ellas, datada en 1959, refleja una hoja de periódico, troceada y colgada de una chincheta, en el que se lee un titular: “El turista no es un fenómeno de feria”. Una declaración válida para hace cinco décadas, que se podría actualizar de la siguiente forma: “El turista no es un fenómeno de riesgo”. Siempre, claro está, que se adopten las medidas de protección convenientes. Por el contrario, el mayor fenómeno de riesgo lo encontramos en las concentraciones insensatas de la noche. A eso sí que hay que ponerle coto entre todos.