Hay que renovar el compromiso con los jóvenes. La reconstrucción pasa, de manera incuestionable, por darles mayores oportunidades que las que han tenido hasta ahora para cincelar el futuro. Uno de los grandes problemas que está provocando la pandemia es el aumento del nivel de desconfianza que existía en la juventud, in crescendo desde la gran recesión según los últimos barómetros del CIS. Un diagnóstico que, además, ya discurría por unos derroteros inquietantes en cuanto que esa anidmaversión empezaba a ser mutua. La falta de confianza de los jóvenes en los adultos, especialmente hacia quienes tenían la capacidad de tomar decisiones, se estaba también disparando. Nuestra obligación como sociedad es recomponer esa brecha, evitar que esta ‘herida social’ vaya a más.
El coronavirus, sin embargo, la está acrecentando. No podemos caer en la trampa de la estigmatización de la chavalería por la generalización de unos comportamientos derivados de la inconsciencia, del pasotismo o del espíritu de rebeldía, como queramos adjetivarlos, porque el resultado del señalamiento puede provocar que aquel distanciamiento sea aún mayor. Esas actitudes, que les marcan como focos asintomáticos de transmisión, hay que vencerlas con control y convencimiento hasta conseguir que se conviertan en aliados para la exterminación del auténtico enemigo.
Otra cuestión distinta, más censurable desde luego, es la forma de actuar de esos botarates que creen vivir una eterna juventud alternando sin respeto en la noche. Papanatas de la segunda edad que hemos visto saltarse las normas de protección de manera irresponsable poniendo al pie de los caballos a los regentes de los establecimientos, que ahora tienen que sufrir las restricciones horarias por tanto insensato sin remedio. Separemos, por lo tanto, la paja del trigo. Los jóvenes, en su inmensa mayoría, son trigo. Por ello es tan loable la tarea que viene desempeñando asociaciones como ‘Abierto hasta el amanecer’ en Gijón promoviendo alternativas para el tiempo de ocio fuera de los estándares del consumismo. Una labor que este año, por primera vez desde que nació hace más de dos décadas, ha extendido también al verano más complicado de cuantos hemos vivido.
Debemos mimar a esta nueva generación, más aún cuando está siendo destrozada por las consecuencias devastadoras de la crisis. Los recientes datos de la EPA, terroríficos por las cifras que reflejaban y también por lo que permiten aventurar, ponen de manifiesto que los jóvenes siguen siendo principales víctimas del drama del desempleo. Concentran el 66% de la destrucción de puestos de trabajo en los tres meses más duros de la paralización de la actividad durante el confinamiento con respecto a hace un año. Las razones están suficientemente diagnosticadas. Mientras los ERTE protegen a los trabajadores con contratos estables, la temporalidad carece de amparo cuando vienen mal dadas. De esta manera, una buena parte de las personas menores de treinta y cinco que perdieron ahora su ocupación ya habían sufrido las penalidades de la recesión de 2008. Como se dice coloquialmente, llevan dando tumbos en un mercado laboral escasamente empático con los jóvenes, precario e inseguro, que este verano se cobró nuevos damnificados. Me refiero a aquellos que aspiraban a un trabajo de temporada en la hostelería, en el turismo, en el comercio, en la Feria de Muestras, en el Hípico, como becarios en prácticas o en las pasantías y que han visto como se esfumaba también esa posibilidad. No digamos ya quienes cogieron un día las maletas para forjar un proyecto de vida lejos de Gijón y de Asturias y ahora se ven en la cuneta fuera, sin opciones siquiera para regresar.
Nuestra obligación colectiva es impedir que todos ellos conformen la generación perdida. Los políticos, quienes nos gobiernan, tienen que incorporar en sus discursos el rescate de la juventud. Cuando hablan de reconstrucción, qué mejor manera hay de reconstruir que favoreciendo la participación de quienes tienen por delante más porvenir. A la hora de determinar qué hacemos con el montón de dinero que vamos a recibir de Europa con el fin de impulsar la economía, transformarla para que sea más verde y digital y generar empleo deberíamos partir de una premisa: esto no se puede levantar sin ellos.