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Ángel M. González

Viento de Nordeste

Brillo en sanidad, desastre en educación

La pandemia ha puesto a Asturias bajo la lupa por el nivel de contagios que registramos. La región se ha convertido en un lugar singular a tenor de lo que está ocurriendo en el resto de España, donde la propagación del coronavirus en esta segunda oleada se dispara y comienza a poner contra las cuerdas de nuevo los servicios hospitalarios. La gestión sanitaria realizada en esta comunidad está siendo un ejemplo en el país e incluso ha trascendido fronteras una vez que la propia OMS ha destacado la labor realizada en el control de la enfermedad. La tasa de positividad, que es el porcentaje de casos positivos que se dan en las pruebas, se mantiene por debajo del umbral del cinco por ciento fijado por la Organización Mundial de la Salud para determinar la efectividad en la lucha contra la Covid. Asturias se comporta como una burbuja en uno de los países desgraciadamente más golpeados del planeta, aunque si echamos un vistazo al mapa del impacto en Europa suframos mayor incidencia que en la inmensa mayoría de las regiones del continente.
Lo que ocurre aquí no es un milagro. Los factores que explican el paradigma asturiano se encuentran en una política de años volcada en mantener y mejorar la red sanitaria dedicando a este capítulo la tercera parte de los presupuestos de la autonomía, en la anticipación y en la respuesta eficaz de la atención primaria y hospitalaria. Aunque hay todavía mucho que reforzar, de aquella política se deriva precisamente que seamos la región con mayor capacidad para realizar pruebas PCR con un diagnóstico rápido en uno de los hospitales más modernos de España y que por ello podamos ejercer un rastreo efectivo para cortar la cadena de transmisión. Hay otras circunstancias que influyen en esa menor repercusión que no tienen que ver con el sistema sanitario y que se pusieron de manifiesto ya en la primera embestida: El aislamiento físico, entre el mar y la montaña, unas condiciones que otorgan al territorio una característica casi insular, y la dispersión poblacional. Se podría añadir otra causa, la baja utilización del transporte público, que apenas supera la mitad de antes de la aparición de la Covid, y que en otras zonas donde el flujo de movimientos es muy superior está suponiendo un riesgo. Es decir, algunos de los males que machaconamente se han venido denunciando para acabar con ellos, contribuyen ahora como antídoto en el combate contra la pandemia.
A partir de este martes nos enfrentamos a un gran desafío, como el propio presidente Adrián Barbón así lo tildó, que es el inicio del curso escolar en Infantil y Primaria. A la semana siguiente se pondrán en marcha los ciclos de la ESO, Bachillerato y FP, quizás las etapas más complicadas a tenor del comportamiento que ha venido teniendo el virus entre los jóvenes. Si la gestión en sanidad está teniendo brillo, la que se hizo en educación ha sido un desastre sin paliativos. El 28 de agosto, el Gobierno asturiano decidía aplazar la apertura de los colegios por la evolución de la Covid y para tener más tiempo en la preparación de la vuelta segura a las clases. Sin embargo, transcurridos estos veinte días ni los datos epidemiológicos han mejorado ni tampoco se consiguieron despejar las numerosas incertidumbres sobre las condiciones para afrontar el curso. Las proyecciones sobre el coronavirus han fallado y la tensión en la comunidad educativa se ha agudizado por una falta absoluta de orden y claridad en la planificación. El mismo día que la directora responsable de llevarla a cabo presentaba su renuncia en una consejería convertida en una grillera se emitían nuevas instrucciones con más deberes para los centros y un protocolo más exigente que el que ya habían preparado. El desconcierto, más que terminar con él, ha ido ‘in crescendo’ hasta el punto de que una buena parte de los colegios, en aras a la responsabilidad que sobre ellos ha recaído, optaron por definir sus propios protocolos ante la caótica gestión de una autoridad educativa desbordada. Por lo tanto, el martes claro que nos enfrentamos a un gran desafío, como el presidente dijo. Pero un desafío para el que una parte de su gabinete no ha estado a la altura como se ha dado en la sanidad.

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Sobre el autor

Periodista del diario EL COMERCIO desde 1990. Fui redactor de Economía, jefe de área de Actualidad, subdirector y jefe de Información durante doce años y desde febrero de 2016, director adjunto del periódico.


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