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Ángel M. González

Viento de Nordeste

Peste, paro y pobreza

Nos encaminanos hacia la dureza del invierno metidos de lleno en un otoño cruel. La pandemia está irrumpiendo con la fuerza de un vendaval que deja desnudo el árbol de la vida. Las casas se convierten en el mejor refugio para guarecerse de la virulencia bajo el calor del hogar, únicamente amenazado por la ventana abierta para combatir al enemigo, en línea de las recomendaciones de quienes dicen saber algo del virus: abrigarse y ventilar. Se aventura una travesía larga y fría. Tenemos que prepararnos para salir de ella con el ímpetu suficiente que permita recuperar cotas de bienestar. Con moral de victoria, sostienen los estrategas. Y una de las primeras cuestiones que también hay que vencer es el avance imparable del deterioro social.
Entre la docena de cambios que vamos a sufrir por la tragedia de la Covid hay uno extremadamente inquietante, que pondrá a prueba nuestra capacidad de resistencia como sociedad: el aumento de la pobreza y de la desigualdad.
La nueva crisis está llevando, de forma inexorable, a un mayor incremento de la brecha abierta en la última recesión. Las cicatrices del anterior declive que quedaron sin cerrar se agrandan ahora con el profundo daño económico que está provocando el coronavirus. Cada día que pasa son más las familias que las pasan canutas para poder sobrevivir. El drama de quienes apenas tienen ya esa ventana que abrir crece sin cesar. Su abrigo está en algún rincón de la calle.
Veníamos de una situación que no invitaba para nada a la relajación. Hace escasamente unos meses, antes de que comenzáramos a sufrir la pandemia, la red que agrupa a las organizaciones que luchan contra la exclusión en Asturias daba cuenta de un dato aterrador: 133.000 personas en la región se encontraban en situación de pobreza severa, 64.000 más que las que se habían contabilizado un año antes. Una cifra de escándalo. Gente que tiene que vivir con menos de quinientos euros al mes. La tasa sobre la población se había duplicado en dos años. Estábamos cuatro puntos por encima de la media nacional y más de la cuarta parte de esa enorme bolsa de precariedad se concentraba en esta ciudad.
El problema desde marzo está creciendo a la velocidad que galopa la enfermedad. Hay pruebas fehacientes de que la cosa va muy mal. Esa realidad está diariamente chequeada por las entidades que emprenden la batalla contra la penuria. Y la radiografía es atroz. La Cocina Económica no da abasto sirviendo menús. El doble que hace un año. El Albergue Covadonga está a punto de llenarse sin haber llegado el frío. Cáritas tiene repletos los centros de acogida y la atención se empieza a desbordar y el Banco de Alimentos arranca una fuerte campaña para recabar recursos ante lo que está por llegar.
El mismo Ayuntamiento, una vez aparcada la renta social, ha tenido que triplicar las ayudas de emergencia para hacer frente a una demanda disparada de necesidades entre las familias sumidas en el pozo de la desesperación. Dinero puntual para pagar el agua, la luz y el gas, la compra de comida, el alquiler o la comunidad de vecinos. En algunos casos, hasta el coste del enterramiento
Cuando hace quince años se implantó el salario social nadie pensaba entonces que alcanzaríamos el número tan desorbitado de beneficiarios como el que tenemos en estos momentos, en pleno trasvase de esta cobertura al ingreso mínimo vital. Un ingreso, por cierto, aprobado con premura pero que se está tardando en cobrar. Pues bien, 21.960 hogares reciben aquella prestación, según los últimos datos de la correspondiente Consejería, que dice trabajar ahora en favorecer que esas personas puedan reengancharse al mercado laboral para «no fiar su proyecto de vida a la ayuda». Mala época para tan buena intención.
Hace una semana, en este mismo espacio, poníamos de manifiesto la urgencia de unos presupuestos a todos los niveles destinados a reforzar la sanidad y evitar una mayor destrucción de la economía ante los efectos devastadores de las restricciones en los sectores más afectados por la crisis. Hosteleros, comerciantes, autónomos en general, pequeñas empresas, etcétera. La tercera pata que requiere el fortalecimiento son los servicios sociales. Hay que dotarlos con todos los fondos posibles para atajar el desastre de ese engarce desgarrador: peste, paro y pobreza.

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Sobre el autor

Periodista del diario EL COMERCIO desde 1990. Fui redactor de Economía, jefe de área de Actualidad, subdirector y jefe de Información durante doce años y desde febrero de 2016, director adjunto del periódico.


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