Hoy es un día para la esperanza. El pinchazo contra el mal tiene que ser como un rayo cuyo resplandor deja al descubierto la vida en medio de la noche. Decía Albert Einsten, al construir su teoría sobre la relatividad, que la oscuridad no existe, en realidad es la ausencia de la luz. Llevamos más de trescientos días, desde aquel 29 de febrero que el inolvidable Luis Sepúlveda ingresaba en el hospital como primer paciente asturiano con coronavirus, aguardando ese haz contenido en un tubito que ilumine la negrura provocada por la pandemia. Hoy domingo, veintisiete de diciembre, arranca la campaña de la vacuna. La claridad empieza a asomar tímidamente al final del túnel. El punto lumínico es aún minúsculo, pero al menos indica el agujero por donde escapar.
La vacunación no aniquila el bicho, ayuda a formar el escudo protector. Cuanta más gente la reciba, mayor será la barrera levantada para defendernos de él. Ponerla es, por lo tanto, un acto de solidaridad. El que se protege contribuye a la vez a proteger a los demás. Conseguir el mayor nivel de inmunización que se pueda alcanzar en el menor tiempo posible es fundamental para derrotar el virus. Seguirá entre nosotros, tendremos que convivir con él, pero no hallará tantas facilidades para su transmisión.
La vacunación se inicia por la población más vulnerable. La que más ha sufrido los efectos devastadores de la epidemia. Los usuarios de la Residencia Mixta de Pumarín serán los primeros en beneficiarse de la inoculación.
El 80% de las personas mayores que residen en los geriátricos y de los profesionales que los atienden están dispuestos a recibir la dosis. Veinte de cada cien renuncian a ella. La autoridad sanitaria considera que el grado de aceptación es un buen porcentaje. Mejor sería que fuera absoluto teniendo en cuenta que la mitad de las muertes se produjeron en estos centros. Yo, desde luego, no dudaré un segundo en decir sí a poner el brazo cuando los servicios de salud me ofrezcan la posibilidad de hacerlo en pro de la inmunidad colectiva.
«Todo saldrá bien», expresaba en este mismo espacio el 15 de marzo, después de que fuera decretado el estado de alarma. El mismo mensaje remata estos días las luces navideñas que ambientan el paseo del Muro junto a la iglesia de San Pedro. Sin embargo, no todo ha discurrido como deseábamos entonces. Más de 50.000 personas han perdido la vida en este país por la enfermedad, millar y medio en Asturias, y la destrucción súbita de la economía y del empleo no tiene parangón. En víspera de borrar este 2020 horrible, la maldita pesadilla aún no ha terminado. Apenas superada la segunda ola más atroz que la primera, nos amenaza una tercera sacudida cuyo impacto dependerá de cómo mantengamos la guardia.
Entramos en 2021 con un virus que se va transformando para mantenerse vivo y un arma para frenarlo que anhelábamos tener desde que comenzó la batalla. La llegada de la inyección marca un hito en el relato de esta guerra sin cuartel y de su eficacia depende el comienzo en el nuevo año de la exterminación de la epidemia.
Un año en el que, además, se deben sentar las bases para la reconstrucción económica y el fortalecimiento del estado de bienestar, que ha mostrado sus debilidades por los recortes a los que fue sometido durante la década de la anterior recesión. De la crisis saldremos con una buena acumulación de deberes. Enumero solo cuatro que urgen ejecución. El cambio del modelo de la atención a los mayores después de que la pandemia haya puesto en evidencia que el actual ha fracasado. El reforzamiento del sistema sanitario con un impulso a la asistencia primaria, a la salud pública y a la prevención. La revisión de los servicios sociales para mejorar las coberturas y la eficacia ante el incremento de la desigualdad y de la pobreza. Y la reforma de la administración para prestar un servicio ágil y de calidad a los ciudadanos y a las empresas, reduciendo los trámites, acortando los plazos y cumpliendo con los imperativos de la transparencia. El Ayuntamiento de Gijón tiene, en este capítulo, una buena tarea por delante.
Luz y suerte.