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Ángel M. González

Viento de Nordeste

Una breve historia de la Caja

El 1 de junio de 1929, un sábado para más señas, el Ilustrísimo Ayuntamiento de esta ciudad, presidido entonces por Emilio Tuya, abría en el número 22 de la calle de Numa Guilhou, en un viejo inmueble conocido por aquella época como la ‘fonda de los manchegos’, la Caja de Ahorros Municipal de Gijón. El objetivo era «atesorar diligentemente los ahorros de los gijoneses, inspirándose en el bien social», siguiendo el lema de todas las cajas benéficas que se habían ido constituyendo por numerosos puntos del país: «El ahorro del pueblo, al pueblo ha de volver».
La entidad caminó sola durante década y media, hasta encontrarse un 17 de junio de 1946 con el Monte de Piedad y Caja de Ahorros Provincial de Oviedo, bajo el protectorado de la Diputación, que ya venía rodando desde 1880. La suma de ambas dio lugar a la Caja de Ahorros de Asturias, respetando los principios fundacionales de las dos instituciones fusionadas con la tutela pública del Consistorio gijonés y de la antecesora de la Junta General del Principado. El ahorro conformó durante muchos años el primer proyecto vital. Nada más nacer, tras la preceptiva inscripción registral en el juzgado, te abrían una cartilla en la Caja, que muy gustosamente regalaba una hucha para ir acumulando el dinerillo. En una de las plantas nobles de La Escandalera se guarda aún una maravillosa colección de alcancías.
De esa manera, con los depósitos de los asturianos, la entidad fue adquiriendo tamaño, desplegándose por todos los rincones de la geografía regional y convirtiéndose en la primera institución financiera de la comunidad autónoma. Luego había un plus que la distinguía del resto de los bancos. Una proporción de sus beneficios, la cuarta parte normalmente, revertía a los ciudadanos a través de su obra social y cultural, de forma absolutamente solidaria, sin distinguir si eras cliente o no. Como el poder lo tenían los políticos pasó a ser un instrumento de los gobernantes de turno y de quienes mandaban en el partido de gobierno, librándose en torno a ella batallas por el control de los órganos más intensas incluso que en el propio Parlamento. La utilización política se produjo aquí y en todas las cajas de España, hasta el punto de que en algunas, sin ser el caso de Asturias, las decisiones caciquiles resultaron suicidas.
Llega la crisis de 2008, el sector se hunde y estas entidades son víctimas de los desaguisados. Solo unas pocas, las que habían resistido las presiones gracias a una gestión profesional, fueron capaces de ir capeando el temporal protagonizando la reestructuración del mapa financiero nacional. Caja de Asturias ha sido una de ellas. Durante la reconversión, para librarlas definitivamente de las garras políticas, el Gobierno de Mariano Rajoy, haciendo uso de la mayoría absoluta, saca adelante en diciembre de 2013 una nueva ley reguladora de las cajas que da luz a las fundaciones bancarias. La actividad financiera se segrega de la labor del mecenazgo con una norma despolitizadora, que pone las entidades en manos de los ejecutivos. Una privatización singular.
En julio de 2014 se crea la Fundación Bancaria Caja de Ahorros de Asturias, tenedora del mayor paquete accionarial en Liberbank y encargada de emprender la finalidad social que llevaba a cabo la institución, aunque con una gran diferencia. La presencia de las entidades fundadoras, Ayuntamiento y Principado, se diluye de tal forma que en el patronato solo tienen un 25% de la representación. Poco pito que tocar, en definitiva, ante un órgano mayoritariamente de directivos y profesionales de prestigio en el ámbito social, de la investigación o de la economía. Para más inri, Gijón estuvo durante seis años sin representante por un absurdo empecinamiento de las partes. En conclusión, cuando determinadas formaciones hablan del expolio de la Caja, la responsabilidad recae sobre los propios políticos, que primero intentaron saquearla y luego la privaron del carácter público con sus decisiones. La tarea de la Fundación Cajastur ha sido discreta y limitada a los escasos recursos que hasta ahora dispuso. Para atender la obra tuvo que recurrir a remanentes y al alquiler del Palacio de Revillagigedo para mercadillos y exposiciones populares ante los raquíticos dividendos percibidos de Liberbank y la prohibición de reparto decretada por el Banco de España en el ejercicio de la pandemia.
El PP gijonés expresó estos días su preocupación por el destino del patrimonio artístico de la Caja, que es verdad que necesita aclaración, y por el riesgo de que la entidad pierda su identidad asturiana por la fusión con Unicaja. Si la identidad debe responder al principio original solo será posible que lo haga en tanto al nuevo banco le vaya bien y la Fundación Cajastur canalice las ganancias por el 6,5% de capital que le queda.

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Sobre el autor

Periodista del diario EL COMERCIO desde 1990. Fui redactor de Economía, jefe de área de Actualidad, subdirector y jefe de Información durante doce años y desde febrero de 2016, director adjunto del periódico.


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