El martes trece la siderurgia asturiana recuperó de palabra un estatus que había caído en el olvido. El presidente Pedro Sánchez, con esa capacidad que tiene de afinar el discurso para que suene melódicamente bien sea o no ajeno a la realidad, reconoció el carácter estratégico del sector para un país que ocupa el podio de la automoción, las energías renovables y las grandes infraestructuras en Europa. El acero es consustancial a ese liderazgo y, sin embargo, ha sido el más maltratado. Ningún gobernante hasta ahora tuvo en consideración aquel carácter para proteger desde el poder esta industria básica. Ni siquiera el propio Sánchez, al frente de una administración que obvió dicha singularidad en el diseño del estatuto de las electrointensivas, manteniendo la asfixia de la competitividad de las factorías por la vía del coste de la electricidad. La transformación de la siderurgia es una de las sendas obligatorias a recorrer para llegar al punto omega de la ‘revolución verde’. Figura en el origen y, por el contrario, la política emprendida desde Madrid con respecto al sector ha sido totalmente contradictoria.
El martes trece se abrió una nueva era para la siderurgia en Asturias. En Gijón se inicia el proceso de reindustrialización tan esperado de la mano de una compañía que lleva más de medio siglo aportando riqueza a la región. Arcelor se enfrenta al mayor desafío de su historia, como bien apuntaba su dueño, Lakshmi Mittal, tras recordar su experiencia de más de cuarenta años en el mundo de la siderometalurgia. Un reto envuelto en una inversión mil millonaria, cargada de buenas expectativas por lo que supone de consolidación de la actividad, aunque no exenta de incógnitas pendientes de despejar.
Las condiciones. El mismo Aditya Mittal las dejó claras en el acto de la firma del memorándum con el Gobierno de España. Mencionó tres: apoyo financiero sostenible, un marco normativo favorable para competir globalmente y suministro de hidrógeno verde a buen precio. Ninguna de las tres depende única y exclusivamente de lo que diga Sánchez. La mitad del coste del proyecto de Arcelor para Gijón tiene que ser sufragado por fondos públicos comunitarios. Ese es el primer requisito que necesita el aval de la UE, dentro de un escenario en el que la multinacional tiene compromisos en otros países. Siendo así, debería de llevar como contraprestación una garantía de contratación mínima de obra en el territorio. La segunda condición, el marco normativo, va vinculada directamente al concepto de sector estratégico. Si la siderurgia es estratégica para España no puede continuar estrangulada por los altos precios de la electricidad ni por la entrada de acero barato procedente de otros continentes. Los plazos de Europa para corregir esa situación, tanto en los derechos de emisión del C02 como en el ajuste en frontera del carbono, son excesivamente largos para una compañía absolutamente sensible a los vaivenes del mercado. Sobre el hidrógeno verde a coste competitivo, hoy por hoy, su consecución solo cabe en el imaginario.
El impacto. El proyecto de Arcelor para la factoría gijonesa supone un cambio radical del sistema de producción de acero en la siderurgia integral asturiana. Pasa del modelo convencional, consolidado con el plan de competitividad de 1992 que tan buenos frutos dio a esta región, a otro cuyo germen fue implantado entonces en Sestao en sustitución de la cabecera vasca.
La instalación de la acería eléctrica alimentada desde la planta de prerreducidos de hierro que suprimirá un horno alto en cuatro años y, con toda seguridad, el otro horno que queda antes de 2030, supondrá un beneficio medioambiental indudable. Reducirá el 50% de las emisiones, que redundará en la salud. Pero también implicará un notable ajuste a la baja en la capacidad de producción, cifrado en más de un millón de toneladas, aunque haya líneas que incrementen actividad. La idea es recortar la fabricación de acero aquí y elevarla en Vizcaya. Lógicamente la nueva dimensión de la compañía en Asturias, una vez finalizada la obra, tendrá repercusión en el empleo, que será bastante menor y más tecnificado, y en todo el tejido industrial que tiene a Arcelor como motor.
El Musel será uno de los afectados, no solo por la pérdida de tráficos que traerá consigo la descarbonización, sino también por los que ganará en la reconversión. El mayor puerto carbonero del Norte está llamado a transformarse en el gran polo portuario de la energía verde con el mayor consumidor de España al lado.