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Ángel M. González

Viento de Nordeste

Jaque a la siderurgia

Desde la creación de Ensidesa, hace ya más de cincuenta años, la siderurgia integral atravesó por momentos convulsos, situaciones muy complicadas, derivadas de la peculiaridad del sector sometido a un estado de ‘crisis permanente’, vinculado a los ciclos económicos y a la globalización.
En los setenta, el fuerte endeudamiento que acumuló estuvo a punto de llevarla al garete; las reestructuraciones a las que fue sometida a lo largo de los años ochenta redujeron sus plantillas en más de un 30%; en 1991, el plan de competitividad del sector llevó a la concentración de toda la siderurgia española con cierres de instalaciones y un ajuste laboral sin precedentes en medio de fuertes presiones de los socios comunitarios, que pretendían su ahogamiento en beneficio de sus propias empresas nacionales. Luego llevó la venta, con intentos afortunadamente frustrados de trocear la empresa para fortalecer a los empresarios privados. En 1997 cayó en manos de Arbed y cuatro años después, de los franceses de Usinor, los grandes ‘tiburones’ europeos de la siderurgia, que con anterioridad habían intentado hacerse con el sector en España sin lograrlo.
En todas estas etapas se corrían riesgos, hay quienes veían venir el final de la compañía y se apelaba a su carácter estratégico, a su contribución industrial, social y económica, pero ninguna de aquellas situaciones encerraban tanta incertidumbre como la que atraviesa ahora la cabecera asturiana.
La siderurgia no ha dejado de padecer los problemas que siempre ha tenido: industria cíclica, precios a la baja, continuas reestructuraciones, altos costes de organización y de capital fijo y mercados cada vez más globalizados. En el caso de Asturias, nuestra siderurgia se fue adaptando a esas circunstancias, pero siempre a base de reducir tamaño para intentar lograr mayor eficiencia y competitividad. Sin embargo, ambos objetivos, pese a los constantes esfuerzos a los fue sometida, nunca lograron ser alcanzados plenamente.

Con la entrada de Mittal en Arcelor, el empresario angloindio se convirtió en el magnate mundial del acero, dueño del primer grupo del sector, a enorme distancia del resto de competidores. El eje Gijón-Avilés, que había sido valor estratégico para la siderurgia europea, pasó a ser uno mas dentro del conglomerado de la multinacional. El enclave asturiano cobra importancia en virtud de la situación del mercado y del grado de respuesta que pueda ofrecer a las necesidades de ese mercado. Pero no hay compromiso territorial, ni social ni político.
Todos esos factores, que habían sido definitorios en otras etapas de la compañía, se han quedado atrás. Mittal solo actúa en función de la evolución del negocio y por ello surge un peligro en el que antes apenas se pensaba, el de la deslocalización. En estos momentos, las factorías asturianas de Arcelor se enfrentan a dos brutales enemigos: el hundimiento del mercado en el sur de Europa y los factores que ponen en riesgo su competitividad. La subida de tasas de El Musel y, sobre todo, el precio de la energía se encuadran en ese escenario. De nada sirve que Mittal consiga modificar las pautas laborales y de gestión de la siderurgia asturiana si todo ese cambio de cultura no viene acompañado de una adaptación del resto de los costes agregados que hacen que una empresa sea competitiva.
Arcelor-Mittal lleva acumuladas en el primer trimestre unas pérdidas en Asturias de 40 millones de euros y los ajustes, hasta ahora, no han dado los resultados esperados. El aumento de los costes portuarios, para una empresa de la dimensión de la multinacional siderúrgica, puede que sea considerado como un impedimento más psicológico que otra cosa, pero aún así suma y no está el momento para decisiones de este calibre. Arcelor tendrá que pagar cerca de tres millones de euros más por el movimiento de mercancías en El Musel, la misma cantidad que pretendía ahorrar con su reestructuración laboral. Lo comido por lo servido. Por eso hay que suavizar su impacto.
Pero más preocupante es aún si cabe la factura energética de las plantas asturianas, más de 60 millones de euros al año. Éste sí es un elemento determinante del emplazamiento. Y la respuesta de las autoridades no ha sido en absoluto favorable a resolver este mal sueño que tiene Mittal desde que tutela nuestra siderurgia. No solo no se ha resuelto, sino que incluso la situación ha empeorado desde que en 2008 fuera eliminada la tarifa que beneficiaba a los grandes consumidores de energía. Recientemente se redujo en un 10% la retribución del servicio de interrumpibilidad que ofrece la siderurgia en España y la Administración plantea ahora un incremento del coste por el consumo eléctrico industrial del 6,5%. El gravamen, para Arcelor, se vuelve insoportable.
Durante la última campaña de las elecciones autonómicas, el ministro de Industria, junto con la candidata regional del partido que gobierna el país, recibió a los responsables de las tres empresas afectadas por el alto precio de la energía para tranquilizarles y prometerles apoyo para que Arcelor, Asturiana de Zinc y Alcoa sigan en Asturias. El mejor apoyo en estos momentos sería establecer en el marco regulatorio del sector eléctrico un sistema que garantice una tarifa estable para estas industrias. Cuando la siderurgia era pública, la autoridad política llegaba a marcar el rumbo de la empresa. Ahora, tiene la responsabilidad de crear las condiciones para evitar que Mittal desmantele lo que nos queda.

Sobre el autor

Periodista del diario EL COMERCIO desde 1990. Fui redactor de Economía, jefe de área de Actualidad, subdirector y jefe de Información durante doce años y desde febrero de 2016, director adjunto del periódico.


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