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Ángel M. González

Viento de Nordeste

El efecto de la manchona

El lunes la alcaldesa respiró tranquila al conocer los primeros resultados de los análisis de la porquería flotante entre Peñarrubia y La Ñora. Ya estaban los monstruos echándose encima cuando el microscopio determinó que aquella amalgama sospechosa era una mezcla putrefacta de ‘Asparagopsis armata’ y ‘Aequorea forskalea’, es decir, algas rojas y medusas en cristiano. No aparecían, por tanto, detritus humanos, desechos de cloacas, grasas y otras pestes, pero las manchas dichosas, con todo lo que tuvieron de alarma, hicieron un gran servicio a la ciudadanía.
Durante el verano el debate sobre el saneamiento de las aguas residuales quedó un tanto aletargado, aunque con la preocupación a flor de piel mientras miles de bañistas ocupaban las playas desde San Lorenzo hacia el Oriente. La manchona surgida como un espectro sirvió para volver a remover la imperiosa necesidad de que las administraciones solventen el desaguisado que originaron con la ubicación de la depuradora de El Pisón, el cierre de la Plantona antes de tiempo y las fisuras del emisario de Peñarrubia por las que se escapan ‘hilillos’ fecales por izquierda y derecha del litoral. La podredumbre dándose un baño fue como una bofetada en el despertar, pero solo para algunos.
Sinceramente da gusto ver, en este caso, como dos instancias van de la mano, al menos de cara a la galería, para exigirle al Ministerio de Medio Ambiente que aborde cuanto antes el asunto. Gijón reclama soluciones. Si el Ayuntamiento y el Principado gritan al unísono que el saneamiento es una cuestión de estado, alquien en Madrid, digo yo, tendrá que ejercer sus funciones, que en eso llevan casi un año, con el fin de que en este ‘affaire’ triunfe el interés general. De momento, la idea de recuperar el pretratamiento que se hacía hasta hace unos meses es lo más razonable.
Mientras la atención estaba puesta en lo que se avistaba en la mar desde la Providencia, en Aboño se arrancaba, a modo de pruebas, la desnitrificadora de la central térmica. La planta de EdP ha pasado de ser uno de los grupos de generación eléctrica más contaminante del país a pionera en España en la adopción de medidas para no adulterar el aire que respiramos. La instalación de la que hablamos permite reducir en un 80 por ciento las emisiones a la atmósfera de los óxidos de nitrógeno que se originan por la combustión del carbón en la caldera.
De la misma forma que tenemos que ser exigentes con las empresas para que reduzcan su impacto ambiental y contribuyan al bienestar, sin bajar la guardia en ningún momento, también debemos aplaudir cuando se hacen las cosas bien, como es en este caso. Por lo tanto, EdP está de enhorabuena.
Y para finalizar, siguiendo con temas relacionados con la mejora del hábitat, no alcanzo a entender bien lo que nuestros mandatarios municipales preparan con la Quinta La Vega, en Jove. Resulta que están dispuestos a pagar 1,3 millones de euros por este activo ahora en manos del puerto con el pretexto de convertir la noble casona de Nava en un vivero de empresas medioambientales.
Es decir, teniendo en cuenta que El Musel es una institución pública que adquirió la finca y rehabilitó los inmuebles con una inversión cuantiosa hace quince años, es como si los ciudadanos pagaramos dos veces por lo mismo. La dedución es una interpretación libre de la operación en ciernes, pero ¿no sería más factible que el propio puerto dedicara el edificio al uso que plantea el Ayuntamiento antes de gastarse todo ese dinero? O lo que es lo mismo, poner la Quinta La Vega a disposición de la ciudad como compensación a las molestias por el carbón volador.

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Sobre el autor

Periodista del diario EL COMERCIO desde 1990. Fui redactor de Economía, jefe de área de Actualidad, subdirector y jefe de Información durante doce años y desde febrero de 2016, director adjunto del periódico.


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