El jabalí es un intruso en la ciudad. Sería carnavalesco ver a un suido tomando un café en una terraza de la calle Corrida o tumbado al sol en el Tostaderu. Antes de llegar a esa esperpéntica situación han comenzado a invadir la zona rural del concejo, acercándose poco a poco a la urbe, avanzando de manera estratégica en el territorio como lo haría un batallón, en este caso cerdo y peludo. Los vecinos de las parroquias rurales han dado la voz de alarma por la presencia cada vez mayor de estos bichos en sus fincas, paseando por los caminos y merodeando a la puerta de sus casas. Se han visto jabalíes subiendo y bajando por la carretera Piles-Infanzón como las carreras ilegales de coches por la noche. Hay praos totalmente destrozados por las escarbaduras de los verracos salvajes en La Providencia, en Deva, en Caldones o en Baldornón y meriendan en huertas y frutales de La Mariña, en Quintes y en Quintueles. Por ello no me extraña que los paisanos estén que trinan ante semejante regocijo animal.
Los vecinos han reclamado medidas a la Administración regional para frenar esta expansión, pero las autoridades, de momento, se han quedado de brazos cruzados. El argumento es que las piaras se mueven en las zonas de seguridad donde no se puede pegar un tiro por la presencia cercana de la población. Es decir, estas áreas vetadas para los cazadores, que se ampliaron en los últimos años por decisión gubernamental, se han convertido en el paraíso de la fauna salvaje. El jabalí campa a sus anchas con mayor tranquilidad cuanto más cerca se encuentre del humano. Menuda contradicción. Zonas de seguridad, pero para la protección de las fieras.
La Consejería de Desarrollo Rural, como buena consejera, hizo pública una recomendación: «Hay que aprender a convivir» con los nuevos convecinos. No se sí considerar el consejo de la Consejería como una advertencia sobre lo que aún está por llegar, depredadores incluidos, o si estamos realmente ante el reconocimiento del monumental fracaso de la gestión cinegética en Asturias. El problema no es exclusivo de Gijón. Es general, incumbe a toda la región. En veinte años se multiplicó por diez el número de ejemplares que viven en nuestros montes y esta superpoblación, más de 60.000 según los técnicos, ha provocado la aparición del jabalí urbano, el ‘artiodáctilo’ osado que busca comida por áreas recreativas, parques, por las calles si se da el caso, volcando contenedores. De proseguir la evolución, acabará pidiendo limosna.
Las razones de este crecimiento se conocen de sobra. El abandono del campo, la extensión del matorral donde el animal se encuentra muy a gusto o los inviernos amables figuran entre las causas. Pero especialmente la situación de la caza. Las licencias en todo ese tiempo han caído notablemente, los gastos para la actividad se han disparado, las sociedades han entrado en crisis, los cotos son difíciles de mantener y la administración ha restringido espacios con la ampliación de lugares vedados, incluso para matar a perdigones tan siquiera una arcea. Si no se produce un cambio de modelo con un apoyo firme a la caza, mayor y menor, continuará reinando la paz para las especies, que provocarán cada vez más daños, sustos y accidentes. De momento, ahí están, dueños y señores del cordal de Peón, apostados, esperando la oportunidad.