Me he convertido en víctima de las obras como miles de convecinos de Gijón. Sufro con resignación las consecuencias evidentes de las reparaciones que se están haciendo en las calles en esta especie de loca carrera emprendida por el Ayuntamiento, a falta de proyectos estrella como aquellos que ilustraban la época de la borrachera, a la que esta semana aludió don Cristobal Montoro, el ministro que con habitual gracejo te limpia el bolsillo como si nada. Obras son amores, la afición de los alcaldones, en este caso alcaldesona, en momentos de necesaria abstemia como los que seguimos viviendo, digan lo que digan las estadísticas oficiales. Y soy de los que caen, una y otra vez, en la trampa, como buen animal de costumbres, de tal forma que, una y otra vez, me veo envuelto en el atasco. Ni rutas alternativas ni leches. Caigo en la red, de la misma manera que lo haces cuando a la vuelta de la esquina entras sin remedio en la zona de caza de conductores perjudicados acotada por la policía local.
Las obras siempre causan molestias. No conozco a nadie encantado de verse atrapado en un colapso, ni a ningún vecino feliz de tener que librar vallas para entrar en el portal, ni a ningún comerciante que reciba con gozo el trasiego de las máquinas, las nubes de polvo entrando por las tiendas y el olor a alquitrán. Pero una ciudad sin obras no es una ciudad, de la misma manera que no se concibe sin peatones ni coches, que es aquí donde realmente quería llegar.
Los arreglos que se están acometiendo en las calles tienen dos partes, dejan la calzada llana para disfrute de los usuarios y retranquean las paradas de autobuses allí en los sitios donde haya oportunidad. Así que con el nuevo aglomerado se gana en comodidad y fluidez para la circulación de los medios de locomoción públicos y privados. Cuán placentero resulta rodar por una vía recién pavimentada.
Hace tiempo que el coche se merecía algo así. Su utilización la hemos maltratado, se ha convertido en un objeto perseguible, molesto para el centro, un bicho ruidoso que nos envenena poco a poco, el causante de una buena parte de nuestros males al que se tiene que ir exterminando. De ahí, la obsesión cada vez mayor de expulsarlo del casco urbano.
Las peatonalizaciones han convertido Gijón en una ciudad más paseable, vital y acogedora. No cabe duda de que la experiencia ha sido buena, hasta el punto de que sería deseable su continuación con la conquista de más espacios para el viandante desde el límite de la carretera de la Costa hasta Cimadevilla. Pero también siguen pendientes otras asignaturas en materia de movilidad, además de completar la red de carriles bici, como un replanteamiento a fondo de la ORA. No es posible que haya quinientas tarjetas más de residentes que plazas de estacionamiento en zona azul. Encontrar a media mañana un hueco donde dejar el vehículo es jugar a la lotería. O habilitar más lugares de aparcamiento disuasorio, como se dice ahora. Sería un buen destino para los terrenos del plan de vías que no lucen el verde del ‘solarón’. Por ideas que no falten.
Si queremos que el coche, uno de los mejores inventos del siglo XX, siga teniendo futuro en nuestra ciudad no hay más remedio que mejorar su ordenación y hacer obras tan chinchantes como las que padecemos estos días.