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Ángel M. González

Viento de Nordeste

San Íñigo y el pequeño Manhattan

San Íñigo fue un santo de Calatayud allá por el año mil que tuvo fama de milagrero. La gente volcaba su fe en él por la experiencia de sus hechos. El pasado jueves, el ministro de Fomento vino a Gijón con un pan bajo el brazo y la firme intención de que los gijoneses recuperen la confianza en que aún son posibles las intervenciones divinas. Don Íñigo de la Serna, después de esta última visita, ha entrado en la relación de nominados para convertirse en uno de los ilustres de cuantos subieron a los altares. Ahora bien, sólo será colmado si el hecho «excepcional» al que se refirió con la inyección de dinero para desbloquear el plan de vías logra atravesar el trecho al que se comprometió en su estelar comparecencia.
Hay dos cuestiones dignas de resaltar de la nueva actitud ministerial. La primera, que por fin en Madrid se entendió que la mayor responsabilidad en la integración ferroviaria debe recaer en quienes tienen luego el cometido de que la infraestructura ofrezca el mejor servicio a la ciudad. Adif, como gestor estatal, y los operadores públicos tendrían que haber adquirido desde el principio el protagonismo que les corresponde. Por lo tanto, es de justicia que el Ministerio de Fomento, que ejerce la paternidad sobre ellos, asuma la obra para construir la nueva estación intermodal y la prolongación del túnel del metrotrén hasta el Hospital de Cabueñes, prometida con anterioridad por los gobiernos socialistas, para que el plan tenga realmente sentido y viabilidad. El anuncio de los 500 millones de inversión, desde ese punto de vista, no se puede interpretar como un regalo.
Y la segunda, que sí que realmente puede permitir avanzar, es el hecho de que no se tenga que esperar a hacer caja con la venta del suelo liberado para desarrollar el plan de vías. En ese sentido, la promesa de don Íñigo de adelantar el dinero es providencial. El salvavidas de todo el proyecto. Fomento pone la pasta mientras no lleguen las plusvalías, pero ello no quiere decir que renuncie a dar salida al ‘solarón’.
La buena nueva ministerial estuvo precedida de una decisión relevante, el encargo de Gijón al Norte de la comercialización del suelo a la consultora Knight Frank. A priori, la encomienda a una firma tan prestigiosa como esta multinacional de la intermediación inmobiliaria resulta un acierto.
Los intentos que se hicieron hasta ahora para obtener recursos mediante la venta de los terrenos liberados por el desmantelamiento de las viejas estaciones a través de la subasta pura y dura fueron un fracaso. El sistema del boletín oficial no ha funcionado, en buena parte por concidir con la mayor recesión económica de la historia reciente de este país, pero también porque la puesta en el mercado de las parcelas no fue acompañada por una actitud más proactiva en búsqueda de inversores interesados en ocupar el ‘solaron’. En Gijón al Norte se llegó a decir que no eran una agencia inmobiliaria. Es cierto, pero la labor comercial no se podía circunscribir al cartelón instalado en la plaza del Humedal anunciando la disponibilidad de suelo.
Knight Frank tiene una experiencia contrastada. Ha participado en el desarrollo de áreas residenciales del alto standing y gestiona los espacios de más de una docena de complejos comerciales en nuestro país, entre ellos el centro de Los Fresnos, propiedad del gigante holandés Redevco. En ese sentido, puede ser el enganche perfecto para conectar con grandes emprendedores inmobiliarios que transformen el recibidor de la ciudad. O sea, de nuestro particular Central Park al pequeño Manhattan. Cirugía milagrosa.

Sobre el autor

Periodista del diario EL COMERCIO desde 1990. Fui redactor de Economía, jefe de área de Actualidad, subdirector y jefe de Información durante doce años y desde febrero de 2016, director adjunto del periódico.


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