Graciano Torre, en sus primeras declaraciones a EL COMERCIO después de ser renombrado consejero de Economía y Empleo por cuarta vez, ahora por Javier Fernández, señalaba que Asturias necesitaba poner un marcapasos a su corazón industrial porque tiene arritmias. Y yo creo que lo que la industria regional necesita no es solo un marcapasos sino una intervención en toda regla a corazón abierto porque, de lo contrario, el enfermo se nos muere.
La producción industrial en Asturias está registrando las mayores caídas en el índice de actividad desde que se mide este parámetro. En un año, casi el 10%, con reducciones por ramas que superan el 20%. El desplome, además, ha cogido una gran velocidad en el primer semestre. Estamos ante un año negro para la industria asturiana.
Primero con el declive y ahora inmersos en la gran recesión, se ha comenzado a destruir una parte del entramado empresarial tejido en los últimos treinta años desde la puesta en marcha de las zonas de urgente reindustrialización, los distintos planes para la dinamización económica de Asturias y para reactivación de las cuencas o más recientemente los fondos mineros. En estos treinta años, al mismo tiempo que sufríamos los embates de la durísima reconversión del sector público, se fue construyendo poco a poco una estructura industrial, si no alternativa desde luego sí complementaria, que permitió sostener la actividad como aportadora de riqueza y empleo. Pero el castillo se está desmoronando. Muchas de las iniciativas empresariales no llegaron a alcanzar el grado de madurez suficiente para aguantar la crisis y otras están sufriendo un tremendo debilitamiento que puede llevarles a la agonía. Ejemplos hay en todos los polígonos industriales del área central de Asturias, en Gijón, en Avilés, en Siero, en Llanera y en las cuencas.Pero a este deterioro se suma otro mucho más peligroso y preocupante. Y es que la situación que atraviesan las grandes empresas tractoras de la economía regional es enormemente grave, la más severa de cuantas pudo haber visto y toreado Graciano Torre desde que se hizo cargo del departamento de Industria del Principado hace algo más de diez años.
Al cierre anticipado de la minería por la tajada en las ayudas cuando las comarcas del carbón todavía viven del ‘suspiro’ del sector, se unen los nubarrones sobre la siderurgia, que sigue siendo alma de la economía regional, con la supresión de las inversiones y las dudas que planean sobre uno de los dos hornos altos de Gijón. La reducción a la mitad del tamaño de la cabecera supone un golpe brutal a sesenta años de actividad siderúrgica en la región. Riesgo existe y los franceses de Marsella se quieren comer el poco pastel que hay sobre la mesa. Igual que existe riesgo de deslocalización de otras empresas por la dichosa tarifa eléctrica que el Gobierno es incapaz de resolver, como Alcoa o Asturiana de Zinc; o porque el mercado aquí se agota y hacen imposible una presencia viable, como es Duro Felguera, o porque las oportunidades en España y en Europa ya no son las que eran para las grandes multinacionales que otrora eligieron Asturias como enclave para el desarrollo del negocio continental. Ojo, que algún campamento es fácilmente desmontable.
Graciano Torre tiene un buen papelón. A buen seguro tomará Asturias como bandera para defender la industria regional y toda la comunidad estará con él y con el Gobierno de Fernández, pero la capacidad de presión ya no es como cuando hablábamos hace veinte años del plan de competitividad de la siderurgia integral o de la privatización de Aceralia. Ni los destinatarios los mismos. Ante decisiones que se puedan tomar, de la noche a la mañana, por imposiciones de los mercados, solo nos cabe ser mejores, incluso protestando.