Hace veinticinco años en la localidad italiana de Fano se puso en marcha un experimento para observar el comportamiento infantil en el entorno urbano. La conclusión, en resumen, era que la urbe suponía un medio hostil para los chavales, que se estaba desarrollando sin tener en cuenta las necesidades de sus habitantes más pequeños y los riesgos para ellos aumentaban conforme la modernización, entre comillas, iba ocupando espacios. El piloto de aquella experiencia, el pedagogo Francesco Tonucci, recogió los resultados en un libro que lleva por título ‘La ciudad de los niños’, que se convirtió con el tiempo en fuente de inspiración para sociólogos, educadores, urbanistas y políticos preocupados por conseguir un ambiente urbano mucho más favorable a la población infantil y juvenil. Tonucci, entre otras cuestiones, promulga en este interesante manual la idea de tomar como referencia a los infantes a la hora de establecer la planificación urbanística porque, a su entender, «la diversidad intrínseca de los niños es garantía de todas las diversidades». Y para ello sostiene que, con el fin de conocer lo que realmente necesitan para que ese entorno del que hablamos sea amable, además de la sensibilidad conveniente, no hay más alternativa que escucharles.
Todo esto viene al caso de la propuesta que esta semana lanzó la concejala Eva Illán para enriquecer los presupuestos participativos y, de paso, defenderse de las acusaciones de oposición y vecinos tras el aplazamiento de las reuniones de los grupos de trabajo. La edil plantea dar voz y voto a los menores a partir de ocho años para que decidan el destino de una partida de inversiones, todavía sin cuantificar, dentro del proceso de participación ciudadana sobre el uso del dinero municipal. La iniciativa no ha tenido mala acogida entre el resto de los partidos, con las salvedades correspondientes, y creo sinceramente que la opción que se abre a partir de la sugerencia de la concejala puede poner en valor el modelo participativo experimentado en Gijón hasta ahora. Un sistema cuestionado, donde determinados grupos actúan como lobbies para conseguir dándole al clic lo que no logran por otras vías. Aunque soy un fan de los animales, tengo la sensación de que a veces nos preocupamos más por el bienestar de las mascotas que por las carencias de nuestros hijos.
Alguien pensará que la participación infantil llevaría a plantear la ciudad de los globos de helio, edificios pintados de colores o máquinas expendedoras de chuches gratis por las calles. Estoy convencido de que no sería así. Los niños y los adolescentes, con una mínima motivación, tienen capacidad suficiente para aportar con sensatez e imaginación ideas para mejorar la sociedad en la que viven desde una percepción distinta a la que hacemos los adultos. Es una pena, por ejemplo, que determinados aspectos de la planificación urbanística o de la movilidad, que tan directamente afectan a la vida de los gijoneses y con los que se fabrica el progreso, no sean examinados al menos por esta importante parte de la población a través de debates en los colegios o en consejos creados para la ocasión. Seguro que nos llevaríamos alguna sorpresa. Posiblemente tendríamos que abrir más espacios públicos para el disfrute de los ciudadanos, menos lugares para los coches, más para las bicicletas y los patinetes, un transporte ecológico, mejor accesibilidad, recintos cubiertos para la diversión y el ocio, wifi pública en la totalidad del concejo, zonas gratis de internet y videojuegos, etcétera. En definitiva, nos obligaría a repensar para construir una ciudad distinta, agradable y válida para todos.