Arrancamos un nuevo año prácticamente como empezábamos el que ahora despedimos en cuanto a los grandes asuntos que llevamos anotados en la agenda para esa Asturias mejor. La conexión rápida por tren con la Meseta sigue pendiente, las listas de espera en la sanidad mantienen su tendencia al alza, los aspirantes al salario social aumentan, la población cae sin remedio, los jóvenes no dejan de buscar fuera su oportunidad y somos, en definitiva, doce meses más viejos. Quiero decir con ello que, por una razón u otra, en esta región no se está aprovechando el tiempo. Mientras las agujas del reloj corren imparables seguimos instalados en debates ingentes y eternas discusiones para incorporar propuestas a planes rimbombantes sobre lo que tenemos que hacer para finalmente hacer poco o no hace nada.
Asturias tiene un armario repleto de retos. No hay hueco para meter más y, sin embargo, seguimos sumando tareas. Además de todo lo mencionado, que no es poco, sale al paso la amenaza de una nueva reconversión por la lucha contra el cambio climático. El medio ambiente se está convirtiendo en la cuarta pata del estado de bienestar en Europa, junto a la sanidad, la educación y los servicios sociales. Se trata de preservar la salud mediante el aire que respiramos, el agua que bebemos y los productos con los que nos alimentamos.
Como objetivo es irrenunciable, pero alcanzar el estado ideal, además de sacrificios individuales y colectivos, conlleva para esta región un riesgo relevante. Podemos reciclar todo lo reciclable, dejar el coche en casa, utilizar mucho más el transporte público y la bicicleta, plantar árboles en cada esquina, pero Asturias no puede sobrevivir sin la industria. El proceso casi obsesivo para reducir emisiones mediante elevadas restricciones, venta de derechos y descarbonización supone el mayor desafío del siglo para el sector industrial asturiano. El cierre de las centrales térmicas va camino de convertirse en un hecho inevitable, entre otras cuestiones por las grandes presiones corporativas y el estrangulamiento financiero que sufrirá todo aquella actividad vinculada al carbón.
La guerra, de mano, está perdida, pero hay que alargar la batalla hasta el desenlace final todo lo que se pueda. La transición energética, que no es más que un apelativo blando de esa reconversión que está al caer, tiene que hacerse sin poner en peligro la competitividad de nuestras empresas y, por lo tanto, la estructura económica de la comunidad autónoma. Para ello se requiere mayor generosidad en los plazos. Doce años, tal como se está planteando desde Bruselas, es un periodo escaso. Está a la vuelta de la esquina. De nuevo se pone de manifiesto el factor tiempo, pero en este caso el apremio resulta contrario a los intereses de la región. El año que ahora empieza será determinante para establecer el devenir del carbón como materia prima para generar energía. El poco que todavía extraemos y el que llega a través del puerto. Su exterminación conlleva la desaparición de una buena parte de nuestra identidad, pero sobre todo compromete nuestro futuro.