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Ángel M. González

Viento de Nordeste

Patrimonio para la vecindad

El estado de la Casa Sindical es deplorable. Huelga decirlo, pero su aspecto es lamentable por cochambroso. Ofrece una imagen de inseguridad por fuera y por dentro indigna para quienes pasan por delante y para los que hacen uso de ella. El horroroso edificio azul azulete, murales de expresión libre, paredes desconchadas y más peldaños que la Escalerona actúa para mayor inri de recibidor a la entrada de la ciudad como si hubiera quedado atrapado en el tiempo. Memoria descuidada de Gijón. Nadie puede negar su protagonismo en la historia reciente del movimiento obrero, pero ello no puede servir de argumento para convertirla en sede sagrada y patrimonio intocable.

Confieso que no acabo de entender la proclama de las organizaciones sindicales en las pancartas que lucían durante el protestódromo de la playa Mayor mientras se celebraba el pleno que discutía una propuesta para derribar el dichoso inmueble. “¡La Sindical nun se toca!”, rezaba la tela que portaban y que fue colocada luego en el solarón a modo de expresión popular. La iniciativa del partido naranja sentó como un limón a la izquierda más ortodoxa y a las centrales radicales para finalmente acabar en mermelada. La decisión del Consistorio tras las intervenciones de todas las partes es negociar con el Ministerio de Empleo y Seguridad Social una fórmula que permita la rehabilitación del edificio para darle una utilidad mayor a la que albergó hasta ahora. Por lo tanto, en virtud del acuerdo plenario, su destino no será el derrumbe para satisfacción de quienes consideran el inmueble el templo del pueblo. Ahora bien, si “la Sindical nun se toca”, tampoco serviría su arreglo con el dinero de los gijoneses a no ser que los usos que finalmente se le den sean para disfrute de todos los ciudadanos, no solo de unas determinadas siglas como ha venido ocurriendo durante más de cuarenta años.

Resulta cuando menos curioso que siendo un equipamiento de titularidad pública en manos ministeriales, aunque se reclamen derechos históricos de índole patrimonial, tenga una utilización privativa por parte de aquellos que han ido ocupando espacios sin que nadie osara poner freno a la expansión del inquilinato.

Hace varios meses que el Ayuntamiento y el propietario en cuestión iniciaron las conversaciones que el pleno ha decidido relanzar en busca de soluciones sobre el estado y el futuro del edificio. Se llegaron a plantear incluso ideas como dedicar el suelo a zona ajardinada o transformar la sede sindical en jefatura de la policía local, es decir, planteamientos que nada tienen que ver con la actividad que tan en precario se ejerce. Cualquiera de ellas, por lo tanto, implicaría el desalojo de sus actuales ocupantes y el realojo en otra zona desde luego no tan céntrica como la que gozan, pero la cuestión es harto complicada para los políticos municipales tratándose de quien se trata: La paz social hay que mantenerla en paz.

La alternativa que se pone ahora sobre la mesa es la rehabilitación del inmueble, falta ver en qué condiciones, porque tampoco estamos hablando de un edificio con un interés arquitectónico supremo por muy racionalista que sea. Es necesario echar cuentas para definir con claridad en qué medida merece la pena gastarse el dinero en la adecuación del viejo símbolo de la lucha de clases o acometer un proyecto más amplio para que finalmente convivan sin conflictos las centrales a la vez que se abre a la vecindad.

Sobre el autor

Periodista del diario EL COMERCIO desde 1990. Fui redactor de Economía, jefe de área de Actualidad, subdirector y jefe de Información durante doce años y desde febrero de 2016, director adjunto del periódico.


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