En esta ciudad padecemos el síndrome de la caca. En el mismo momento en que alguien se percata de que en las aguas que nos bañan aparecen restos parduscos flotando o natillas pestilentes se disparan todas las alarmas y se moviliza hasta el apuntador para comprobar que aquello no son excrementos. Para los que no somos de interior lo ocurrido el pasado fin de semana después de una intensa tromba que tiñó San Lorenzo de café cortado y porquería no nos resulta ajeno. Los arrastres siempre acaban en la mar para luego quedar depositados en la orilla y entre tanta turbiedad se pueden producir, como así fue, olores a cloaca. Aunque no todo lo que obliga a tapar la nariz en circunstancias así tiene obligatoriamente que proceder de las cañerías humanas, en este caso la mezcla trajo consigo materia fecal, a tenor de los análisis encargados por la autoridad local, que detectaron una mayor presencia de bacterias intestinales de lo que puede resultar habitual. En el caso que nos ocupa, lo dicen los expertos, se hubiera evitado con el pozo de tormentas del parque de los Hermanos Castro, una obra retrasada por una nueva chapuza técnica en el diseño de esta infraestructura que tendría que haber rematado el súpercolector de Viesques hace dos años.
La falta de depuración no tuvo la culpa. A buen seguro hubiera ocurrido lo mismo con planta de tratamiento, pero el estado hipocondríaco que sufrimos en Gijón por la falta de solución para los vertidos es absolutamente justificable. Resulta impepinable que heces y hedores son incompatibles con el turisteo. Situaciones como las que hemos visto tras la aparición de porquería amenazando la calidad de nuestras playas, aunque sean algas putrefactas, grasas, limos, arenas o como lo queramos llamar, perjudican la imagen de la ciudad, pero no podemos ocultar el grave problema de saneamiento que estamos padeciendo ante la imposibilidad de cerrar el ciclo limpio de los residuos que van a dar a la mar.
La falta de depuración no daña al visitante, nos daña a nosotros mismos. Ni se trata de ahuyentar al foráneo cada vez que alguien alza la voz porque un chocolate apestoso amenaza la costa, ni de que el concejal de turno se bañe como lo hizo el antiguo ministro de Información en Palomares. La carencia es mayúscula como para llamar la atención, una vez más, a todos los responsables políticos y a las administraciones competentes con el fin de que se agilice la solución que impida el vertido directo de nuestros desechos al litoral.
Han pasado varios meses desde que la justicia autorizara la recuperación de los sistemas de pretratamiento en tanto se legaliza la depuradora del Este, pero aún seguimos pendientes de la decisión administrativa correspondiente al estado burocrático del que dependemos. Una cuestión que tendría que ser resuelta en un plis plas se eterniza, mientras los residuos fisiológicos de la mitad de la población continúan llegando sin filtro alguno a Peñarrubia.
Lo que sí espanta, sin cambiar de tema aunque sí de porquería, es el agua putrefacta del estanque y del canal del parque de Isabel la Católica. Hace unos días se celebraron los cincuenta años del Parador Nacional Molino Viejo, con la presencia de representantes institucionales y políticos de uno y otro signo y me pregunto si alguno de ellos se percató de semejante podredumbre en mitad de este maravilloso ecosistema. Desde luego, sin llegar a verlo, no hace falta tener muy desarrollado el olfato para percibirlo. El olor a verde fresco ha sido secuestrado por la mierda embalsada. Es lo que tienen los lugares cuando se abandonan. Una buena estampa de Gijón, sí señor.