Bye bye, Willy

Las declaraciones del actor Guillermo Toledo, más conocido como “Willy”, en las que aseguraba que en el presente mes de mayo se irá a vivir a Cuba, han sido ampliamente comentadas en las redes sociales y los medios de comunicación. Después de tantas críticas –siempre destructivas- hacia España, el mediocre actor ha decidido irse al lugar en el que de verdad le quieren y donde además, cuando diga sandeces, le reirán la gracia en lugar de ridiculizarle como ocurre en su país natal. Podría llevarse con él a Candela Peña, para que el hijo de ésta pudiera estudiar como Dios manda a su lado. Pero eso es otro tema y da para otra columna.

Lo que llama la atención es cómo va a vivir en la isla caribeña el autoerigido en nuevo “Che Guevara español”, con ciertos toques de “Don Quijote” y unos cuantos más de “Mortadelo y Filemón”.

Toledo, como buen enemigo del capitalismo y amigo de la Revolución, será acomodado en Cuba por el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos. Este organismo, que depende de su ministerio de Exteriores y gestiona las donaciones millonarias al castrismo, le preparará un visado especial de “compañero técnico extranjero” que permitirá al otrora “Richard” de 7 vidas comprar en tiendas selectas y acceder a clínicas distintas a las del resto de la población. Se alojará casi con toda probabilidad en una de las casas de protocolo del régimen, con servicio doméstico, aprovisionamiento completo de su despensa, vehículo gubernamental con chófer y seguridad privada. Por si fuera poco, además de ello el actor pretende que se subvencionen sus películas y obras teatrales. Casi nada.

Sabiendo lo que le espera, no es de extrañar que Toledo se muera por ir cuanto antes a Cuba. ¿A quién no le gustaría vivir en ese comunismo? ¿Cómo no nos hemos hecho todos revolucionarios antes, si allí viven así? Es de locos.

Viéndolo de cerca, llama la atención que tantos cubanos abandonen la isla cada año. Probablemente es que no conocen Cuba y la realidad de la revolución como el gran Guillermo Toledo. El imperialismo les ha cegado, y por eso huyen de allí en busca de otra vida, cuando podrían quedarse tomando mojitos con Willy.

Bye bye, Willy. No hace falta que vuelvas. De verdad.

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Por qué Obama no podría presidir España

Los ocurrido en Estados Unidos en los días posteriores al atentado de la Maratón de Boston han descubierto al mundo, una vez más, innumerables detalles sobre la grandeza de Estados Unidos, de sus políticos y de sus ciudadanos. Actitudes y actuaciones que, desde el otro lado del Atlántico, se ven con el mismo estupor que admiración. Incluso me atrevería a decir que con un poco de envidia. Sobre todo desde España, donde un desarrollo similar de los acontecimientos tras una catástrofe de esa magnitud sería impensable. A los hecho me remito.

La primera reacción tras las explosiones fue la inmediata colaboración ciudadana y un despliegue de las fuerzas de seguridad digno de esas películas que se gestan en la otra costa del país norteamericano: rápido, efectivo, y coordinado. En ese momento, Obama compareció ante sus conciudadanos animando a ayudar a las víctimas y prometiendo una investigación para dar con los culpables de semejante atrocidad. Lo hizo sin datos. Lo hizo sin detalles. Y nadie se los reclamó, porque había cosas más importantes que hacer.

Pasadas las primeras horas, y evaluados los daños personales y materiales, Obama volvió a comparecer ante los medios. Era una intervención de tipo institucional, sin turno de preguntas. Una declaración de intenciones sobre la búsqueda incansable de los culpables, pero de nuevo sin datos aclaratorios. Y nadie se los reclamó. Los periodistas allí reunidos, muchos procedentes de medios afines a los dos grandes partidos, entendieron que aún quedaba mucho por hacer antes de tener pistas fiables. En un país donde la libertad de prensa se defiende con la misma pasión que la propia vida, los medios no se quejaron por no poder hacer preguntas. Al fin y al cabo, habría mucho tiempo después para hacerlas.

Este entendimiento con los medios, esta aceptación de que las investigaciones no son cosa de minutos y esta solidaridad con el Presidente, visiblemente afectado por los hechos, encontró su reflejo en numerosos sectores del país. A las numerosas muestras de afecto de los ciudadanos, los artistas o los deportistas, se sumaban las de los políticos. Demócratas y Republicanos. Sin importar el color o las ideas. Sin acusaciones. Arrimando el hombro para sacar adelante una situación difícil. Una vez más, Estados Unidos ha dado ejemplo de patriotismo, de unidad, de solidaridad y de esfuerzo por el bien común. Ya habrá tiempo para más preguntas o incluso para reproches. Por el momento, eso no toca.

¿Se imaginan a un Presidente español saliendo a hacer una declaración sin datos y sin permitir preguntas tras un atentado? ¿Cómo creen que reaccionarían los medios, los políticos e incluso los propios ciudadanos no afines al partido en el poder?

La respuesta la sabemos de sobra. Y por eso Obama nunca podría presidir España. Decía Abraham Lincoln que “una casa dividida no puede sostenerse”, y los americanos se aplicaron el cuento. Aquí parece que aún no lo hemos entendido.

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Cuando los árbitros cambian la historia

Dicen que las finales no están para jugarlas sino para ganarlas. Y el partido del Málaga este martes frente al Borussia era toda una final. Una final que, lamentablemente para el fútbol español, no se ganó. Pero no por deméritos de sus jugadores, sino por un desastroso error arbitral. Una vez más, la incompetencia de un colegiado se elevaba sobre los méritos deportivos para inclinar la balanza a favor de uno de los contendientes.

No se trata de ir de víctimas, ya que la historia futbolística de cada club siempre tiene en su haber errores a favor y en contra. Y derrotas y victorias en el último minuto. Sean más o menos “justas” o “injustas”. Esta vez al Málaga, que hizo un partidazo, le tocó la de arena. Pero seguro que, con esta forma de trabajar, pronto recibirá la de cal.

El problema no es ese. Ni siquiera que pueda existir una persecución contra los clubes pequeños, como dicen algunos, o que se cometan errores a propósito a favor de los poderosos. No, el problema es simplemente que los árbitros no tienen el nivel que deben tener. Y que, además, no se hace nada para mejorarlo o, al menos, para enmendar sus errores.

Los mejores futbolistas del mundo no pueden ser arbitrados por mediocres. A los colegiados no les puede superar la presión, al igual que no les supera a los futbolistas a los que arbitran. Se les paga para hacer bien su trabajo, y no se puede dar por aceptado que haya errores en casi todos los partidos, de mayor o menor influencia en el marcador final. Simplemente, no es de recibo. ¿Cuántas profesiones existen en las que, antes de empezar la labor diaria, se acepte de forma generalizada el hecho de que se pueda hacer mal? ¿Acaso alguno en nuestro puesto de trabajo tenemos la opción de equivocarnos todos los días y seguir manteniendo nuestro empleo? ¿No se deshacen los clubes de aquellos jugadores que no dan el nivel esperado? Entonces, ¿por qué los que les vigilan en el campo sí pueden ser unos completos incompetentes?

Decía esta semana López Nieto, ex árbitro internacional, que el problema real es la falta de calidad de los trencillas, “en consecuencia de la mala planificación del estamento arbitral de la UEFA”. Eso es lo que, en pleno año 2013, es inconcebible.

Deportes de gran seguimiento, como lo son el baloncesto o el fútbol americano cuentan con árbitros de excelente nivel. Y, por si fallan (que en estos casos –a diferencia del fútbol- no se da por hecho que deban hacerlo) cuentan con tecnología para arreglarlo. Pero en el  fútbol no. En el fútbol, en lugar de poner un láser para ver si el balón ha entrado o permitir repeticiones para las jugadas dudosas, la UEFA prefiere poner a dos jueces de área que no sirven absolutamente para nada. Y así, se siguen sucediendo los errores, y aumenta el número de “injusticias” deportivas. Pero a nadie parece importarle. Desde luego, al menos no a Platini. Por algo será.

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El viaje más descafeinado de Obama

La visita de Barack Obama a Oriente Próximo no ha dejado a nadie satisfecho. Si bien las expectativas generadas tampoco eran excesivamente optimistas –no llevaba consigo un plan de paz ni un acuerdo para firmar bajo el brazo- lo cierto es que el máximo mandatario estadounidense tampoco ha logrado lo que pretendía con esta “gira” personal, que no era otra cosa que restablecer el feeling positivo con Palestinos e Israelíes por igual.

En el caso de sus aliados de Tel Aviv, la relación con Benjamin Netanyahu era poco menos que gélida desde la llegada del de Honolulu al poder. De hecho, ésta ha sido la primera vez que Obama ha pisado el territorio conflictivo desde que es Presidente. Por ese motivo, aprovechó la oportunidad para proclamar la fortaleza de la alianza entre Israel y Estados Unidos. Pero sin convencer demasiado. Especialmente porque al día siguiente, frente a los palestinos liderados por Mahmud Abás, declaraba que los asentamientos israelíes no le parecían “constructivos ni apropiados para la paz” y recalcaba que “Palestina merece un Estado propio y el fin de la ocupación”. En definitiva, más de lo mismo. Palabras que no llevan a ninguna parte, ni ayudan de forma determinante a avanzar hacia la paz.

El viaje, que terminaba el viernes en Jordania con la visita al rey Abdalá II, le sirvió sin embargo para hablar largo y tendido con Netanyahu y Shimon Peres sobre las posturas estadounidenses hacia dos conflictos importantes que afectan a ambos países. El primero, la posibilidad de impacto de la guerra de Siria sobre Israel y la conveniencia o no de armar a los rebeldes contra Bashar al-Assad. Y el segundo, la postura norteamericana de diálogo y diplomacia ante Irán frente a la voluntad israelí de atacar sus centros neurálgicos para detener su programa nuclear. Dos asuntos candentes sobre los que tampoco se sacaron conclusiones novedosas.

El viaje de Obama, entendido como un gesto único y apartado de su agenda habitual, no arroja luz sobre la situación en Oriente Próximo. Sin embargo, si se trata del principio de una serie de viajes y negociaciones en busca de la paz, puede ser un buen punto de partida. Habrá que ver si el Presidente tiene la solución al conflicto como una de sus prioridades en esta segunda legislatura, después de haber pasado de puntillas sobre el asunto durante sus primeros cuatro años en la Casa Blanca.

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Un espectáculo delicioso

La exhibición del FC Barcelona el martes en la vuelta de los octavos de Champions fue de las que se graban en un DVD y se ponen a los chicos de categorías infantiles para que entiendan de qué va eso del fútbol. Sublime, genial, histórica… Son muchos los adjetivos que se pueden adjudicar al prodigioso juego de los azulgranas frente a todo un clásico del fútbol mundial, el AC Milan, que si bien no estuvo ni de lejos a su mejor nivel, fue superado por los barcelonistas de forma arrolladora.

Dicen que detrás de todo gran logro suele haber un gran líder. Pero lo grande de este Barça es que no son uno, sino varios, los que lideran al mejor equipo de fútbol de todos los tiempos. Messi destaca sobre el resto, de eso no hay duda. Pero no se puede hablar de él sin mencionar a Xavi, Iniesta, Busquets, Villa, Alves… Todos aportan, todos suman, todos reman en la misma dirección. Y el resultado es un espectáculo delicioso. Sin importar los colores del espectador.

En las fechas previas al partido fueron varios los jugadores que aseguraban que la Historia les debía una remontada de proporciones poco menos que bíblicas, en lo que al deporte se refiere. Y llegó. Vaya que si llegó. Y de qué manera.

Es lo maravilloso del fútbol. Hace un mes el conjunto catalán era imbatible y el vecino madridista vulnerable. Una semana atrás se habían invertido los papeles. Y ahora están los dos al mismo nivel. Al menos eso dicen los que saben, que son los mismos que decían todo lo anterior que ya no vale. Eso es lo maravilloso, también, del mundo que rodea al fútbol.

Roura, del que poco se habla en estos días, ha salvado la papeleta. Salvo hecatombe, devolverá a Tito Vilanova un Barça posicionado –salvo por su eliminación de la Copa del Rey- donde el de Gerona lo dejó antes de irse a continuar su tratamiento en Estados Unidos. Y, además, con muy buenas sensaciones para lo que resta de temporada.

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Pitar al Rey es gratis

La pitada que sufrió de nuevo el Rey Don Juan Carlos durante la final de la Copa del Rey de Baloncesto en Vitoria ha reabierto el ya recurrente debate sobre la posiblidad de penalizar de algún modo estas conductas, que empiezan a ser casi una tradición cada vez que en este tipo de eventos coinciden determinadas aficiones de equipos de España. Equipos que, en efecto, juegan en las ligas españolas y en territorio español.

Numerosos políticos como María Dolores de Cospedal o Ignacio González, entre otros, han expresado públicamente su apoyo a la creación de una legislación que prohiba y castigue este tipo de comportamientos, que nada tienen que ver con el deporte y que generan violencia y enfrentamientos entre aficiones de un mismo país.

Al parecer, llevar a buen término este tipo de iniciativas es poco realista ya que la libertad de expresión está por encima de cualquier legislación que pueda oponerse a ella. El motivo es que ese tipo de pitadas multitudinarias al Himno o al Monarca están protegidas por ese principio de libertad. Distintos son los insultos directos al Rey, que sí pueden ser juzgados como injurias. Pero no los abucheos o pitadas, que los magistrados entienden como una simple crítica y por tanto están defendidas por nuestras leyes, por muy ofensivas que estas actuaciones puedan parecer a algunos.

El problema de fondo, no obstante, va más allá de la libertad de expresión. Suele decirse que la libertad de un individuo termina donde empieza la de otro, y en este caso puede considerarse que se sobrepasa la línea. Especialmente porque se introduce la política en el deporte, se contamina la competición y se perturba el desarrollo normal del evento. Por no hablar de las pasiones que se desatan en unos y otros a la hora de defender sus creencias, no relacionadas con su equipo, y que a menudo terminan en graves enfrentamientos, trifulcas y peleas, en ocasiones de terribles consecuencias.

A falta de una legislación que apoye el respeto a las instituciones durante actos públicos, quizá va siendo hora de que sean los propios organismos que regulan el deporte en España los que actúen. A día de hoy un estadio o afición que emita al unísono sonidos de primate para insultar a un jugador de color puede ser sancionado por la UEFA. ¿Por qué entonces se permite abuchear y silbar multitudinariamente al Rey de todos los españoles cuando se disputa precisamente la final de la Copa que lleva su nombre? No parece tener demasiado sentido.

El problema es el de siempre en España. Si un organismo deportivo se decide a actuar será tachado de fascista o nazi por no respetar la libertad de aquellos que silban. Pero nadie se para a pensar en la de aquellos que prefieren escuchar el Himno y simplemente aplaudir u observar en silencio al Rey. Qué triste realidad la nuestra.

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Suiza no nos quiere

La posibilidad de que Suiza decida “cerrar” sus fronteras a la inmigración en las próximas fechas ha hecho saltar la voz de alarma en varios países de Europa, empezando por España. Se está tachando la política migratoria suiza de poco menos que racista. Y puede que en cierto modo lo sea. Pero lo cierto es que no es nada nuevo.

Actualmente Suiza ya utiliza la denominada “cláusula de salvaguardia” relativa a la libre circulación de personas, según lo establece el acuerdo que tiene firmado con la Unión Europea. Su fórmula de funcionamiento es sencilla: cuando el número de permisos de residencia expedidos en el último año aumenta un 10% con respecto a la media de los tres años anteriores, la Confederación Helvética reduce drásticamente el número de admisiones. Así controlan los conocidos como “efectos llamada”. Esta norma ya se utiliza contra los ciudadanos de los países del Este: Estonia, Letonia, Lituania, Hungría, Polonia, Eslovaquia, República Checa y Eslovenia. De hecho el pasado mes de mayo Bruselas condenó la medida por su carácter discriminatorio. Pero a los españoles este asunto nunca antes nos había importado.

Ahora es distinto. Los que van a Suiza no provienen del Este. Salen principalmente de tres países: Italia, Portugal… y España. Y es precisamente el número de españoles que está recibiendo Suiza en los últimos meses lo que preocupa –y mucho- al Consejo Federal suizo.

Al ritmo que van llegando inmigrantes en lo poco que va de 2013, se superaría la tasa del 10% antes de verano. Y gran parte de ese aumento se debe a la inmigración española, portuguesa e italiana. Por lo que los helvéticos están estudiando ampliar la citada cláusula de salvaguardia a estos tres países.

Según el ministro de Asuntos Exteriores Didier Burkhalter, en caso de decidir incluirnos en su “lista negra” migratoria la medida se aplicaría únicamente durante un año. Pero lo cierto es que, aunque el ministro trate de suavizar los ánimos, son los propios ciudadanos suizos los que ya están hartos de tanta inmigración. Algunos partidos políticos han lanzado campañas contra la inmigración masiva e incluso se ha planteado un referéndum para afrontar lo que consideran un peligro de superpoblación.

En definitiva, parece claro que, se decida lo que se decida al respecto en abril o mayo próximos, Suiza no nos quiere. Tampoco es de extrañar, si ni nosotros mismos nos aguantamos. Como para decirles algo.

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Prudencia ante la reforma migratoria

El principio de acuerdo entre un grupo de cuatro demócratas y cuatro republicanos en el Senado de EEUU para iniciar el proceso legislativo hacia una reforma migratoria ha acaparado titulares. Algunos, muy desafortunados por su falta de precisión. Muchos medios de comunicación han presentado la noticia como si Estados Unidos fuese a legalizar a 11 millones de inmigrantes ilegales. Cuando en realidad lo único que se ha acordado hasta el momento es que es necesario modernizar el sistema. Nada más.

El Senado estadounidense pinta más en la vida política norteamericana que el Senado español en la nuestra –tampoco es difícil-, pero lo cierto es que muchos de los procesos que aprueban los senadores son rechazados en la Cámara de Representantes por los congresistas. Y en un tema como la inmigración, con más razón. Por tanto, es de ilusos lanzar las campanas al vuelo. Al menos, no todavía.

Los republicanos no quieren ni oír hablar de “amnistía” porque va en contra de todo aquello en lo que creen. Lo verían como si su país premiase a aquellos que han infringido las normas, por lo que la reforma tendrá reglas, muchas reglas. De modo que, quien quiera acogerse a ella, deberá ganarse ser un ciudadano estadounidense de pleno derecho.

Entre las primeras normas está pagar una multa por haber entrado de forma ilegal, aprender inglés y conocer parte de la cultura e historia de la nación, pagar todos los impuestos adeudados desde que se entró en el país y por supuesto no tener antecedentes penales.

Antes de esto, sin embargo, los dos grandes partidos coinciden en la necesidad de reforzar la seguridad. No solamente en el sentido más “físico” de la palabra (reforzar y ampliar medidas de seguridad fronterizas) sino también a nivel de visados, permisos de trabajo, etc. Sin este refuerzo, nada podrá iniciarse con garantías. Pero lo cierto es que los 11 millones de inmigrantes indocumentados que viven en la sombra en Estados Unidos tienen ante sí la posibilidad de una reforma que, de hacerse realidad, sería la más importante desde la de Ronald Reagan en 1986, cuando se legalizó a tres millones de personas.

El punto de partida es bueno. Entre los impulsores del lado republicano hay personajes de la vieja guardia como John McCain y jóvenes hispanos en alza como Marco Rubio, lo cual puede facilitar el apoyo de gran parte de sus congresistas y votantes. Por el lado demócrata no habrá trabas, puesto que reformar la política migratoria es la promesa de su líder desde las elecciones de 2008. Esta primavera veremos cómo ha sido el camino de la propuesta por el Senado, y cómo llega realmente a la Cámara.

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Spain is different. Episodio 2: Comer en un lugar turístico

Las diferencias de España con el resto del mundo son evidentes desde que se llega al aeropuerto de destino, pero también en cuanto salimos a la calle. Digamos que ya hemos pasado el trámite migratorio, hemos dejado las cosas en el hotel y nos disponemos a comer algo. A ser posible, en un lugar típico.

Si eso nos ocurre en Londres o Nueva York, por ejemplo, no hay problema alguno. Podemos degustar aquello que más nos apetezca pidiéndolo en nuestro propio idioma, porque la inmensa mayoría de restaurantes tienen personal que se defiende en francés, inglés, alemán y español. En Roma o Milán nos traerán una carta en 3 o 4 lenguas distintas para asegurarse de que entendemos lo que vamos a comer. En las principales ciudades de Portugal, mientras probamos el pan caliente con mantequilla o con un poco de queso nos ofrecerán al menos dos opciones de idioma en la carta (generalmente inglés y portugués), y en cualquier caso se harán entender en su particular “portuñol”.

Pero si vamos a Madrid… la cosa cambia.

Es curioso ver cómo a pesar de ser uno de los puntos más turísticos del país, los restaurantes del centro de la capital parecen inmunes a la llegada de los visitantes. No evolucionan. No se adaptan.

En la Cava Baja, famosa por su tapeo, pocos son los que se atreven con palabras en inglés. Ni habladas, ni escritas. Por lo que si un turista lee en una pizarra que el pincho del día es “revuelto de morcilla con pimientos del piquillo”, a ver quién le explica lo que está a punto de pedir.

En la Plaza Mayor, por no movernos de la capital, es verdaderamente llamativo ver a camareros que llevan 20 años trabajando en el mismo local haciendo el gesto universal de comer -llevándose la mano a la boca- para preguntar a una familia nórdica si quieren sentarse en su terraza. Todos los extranjeros que se sientan a tomar algo acaban bebiendo cerveza, que es la primera palabra española que aprenden para que les entiendan en los bares y restaurantes. Y sus elecciones culinarias se basan en menús de platos combinados con fotografías descoloridas con las que, al menos, pueden saber qué es lo que están pidiendo.

Distinto es por ejemplo ir a Mallorca, donde podemos encontrarnos lugares en la Playa del Arenal en los que los establecimientos pecan de todo lo contrario: no hay carta en español, solamente en alemán o inglés. Increíble. Pero cierto.

Este tipo de prácticas no pueden dejar de llamarnos la atención. Y deberían también preocuparnos. Sobre todo porque estamos en un país conocido mundialmente por sus destinos turísticos. Nuestro PIB depende en gran medida de ese sector. Y sin embargo somos incapaces de optimizarlo. Está como estaba dos décadas atrás.

Hace 5 años explotó la burbuja inmobiliaria porque pensábamos que era eterna. Hoy también lo pensamos del turismo. Esperemos que éste no explote. Porque si lo hace, entonces sí que estamos apañados.

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“Spain is different”. Episodio 1: Inmigración

Ésta era una idea que me rondaba por la cabeza desde hace ya algún tiempo. Y, después de haber tenido la oportunidad de viajar al extranjero en las recientes fiestas navideñas, me he decidido a llevarla a cabo: preparar una pequeña serie de artículos sobre las principales diferencias que, a simple vista, se detectan entre España y el resto del mundo y que hacen que nuestro país sea, en efecto… diferente.

En primer lugar, nada más llegar al aeropuerto de destino, tenemos el primer episodio diferencial: el trámite de pasar el control de inmigración. Todo un clásico.

Aquellos que hayan tenido la oportunidad de viajar a países fuera de Europa (incluso a muchos de dentro de la Unión) habrán visto cómo después de esperar una abultada cola, su pasaporte es escaneado o, en su defecto, pasado por una ranura de lectura electrónica para su verificación. Posteriormente se toman las huellas dactilares, se comprueban los antecedentes e incluso se hace una foto del individuo en cuestión. Cómo no, se pregunta el motivo del viaje, los días que la persona va a estar en el país y la dirección durante su estancia. Luego se comprueba de nuevo manualmente el pasaporte y se revisan adecuadamente los sellos de entrada y salida. Si todo está en orden, es en ese momento cuando se puede recibir la autorización de acceso, el sello de entrada con la fecha correspondiente y el paso a la siguiente prueba de esa gincana que es la llegada a cualquier aeropuerto internacional: la aduana. Pero esa historia es para otro artículo.

¿Qué pasa, sin embargo, si uno llega a España? Pues que todo cambia. Spain is different. Se lo decía un buen hombre estadounidense a sus hijos hace apenas unos días, tras desembarcar nuestro vuelo en la T4 procedentes de Nueva York. Al pasar el control de inmigración, los chicos no cabían en su asombro… ¡pasaron en menos de cinco minutos! ¡Todo un récord!

Y es que aquí no usamos lectores electrónicos, ni escáneres. Tampoco hacemos fotografías ni tomamos huellas, ni repasamos el historial por si acaso hay rastros delictivos. Nosotros, en lugar de esta tecnología, ubicamos a un agente de la autoridad para que, armado únicamente con su vista perfectamente entrenada, determine si el pasaporte es auténtico, si la persona es realmente la señalada en el documento, si su acceso supone algún riesgo para el país o si tiene intenciones de quedarse más tiempo del que le permite su visado o el acuerdo con su país de origen.

Es fantástico. Lo que los americanos hacen con 4 o 5 máquinas de última tecnología y una base de datos de tamaño abrumador, nosotros lo hacemos con un policía de Albacete. O de Murcia. O de donde se tercie. Con que sea español, suficiente. Si es que otra cosa no, pero diferentes, sí que somos. (continuará)

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