El Comercio
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LA BOLLA
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Pilar Arnaldo | 19-04-2017 | 14:00| 0

Hoy, primer lunes tras la Semana Santa, todavía flota en el ambiente de las casas del Suroccidente astur el olor dulce de la masa de las bollas o rosquillas de Pascua.
En Asturias, en Pascua, es costumbre que los padrinos regalen a los ahijados “la bolla” que puede ser cualquier presente: ropa, dinero… La tradición manda que se les dé hasta que se casan. A partir de este momento, los padrinos quedan libres del compromiso. El hecho de que a este regalo se le llame bolla vienen de que, tradicionalmente, se regalaba una bolla de pan dulce. Se trata de un pan amasado con leche, harina, huevos, mantequilla y azúcar. En las casas campesinas se hacía una buena hornada de bollas ya que era costumbre regalarlos, no solo a ahijados, sino a familia, vecinos y amigos.
El amasado de los bollos dulces constituía una gran preocupación para la mujer de la casa que se jugaba mucho en ello. En primer lugar por el coste económico que suponía. Se gastaba la manteca acumulada durante una larga temporada. Lo mismo ocurría con los huevos, que se quitaban de otros usos para juntarlos para estas fechas. Además se usaba una buena cantidad de leche y, sobre todo, de azúcar, que había que comprar y suponía un desembolso que alteraba las precarias economías domésticas. Así que, ese día, el ama de casa quedaba liberada de cualquier otra tarea para dedicar todo su esfuerzo y concentración en la elaboración de las bollas, rosquillas o pan sobao –que era otra de las denominaciones que se le daban-. Pero, aunque las mujeres campesinas estaban acostumbradas a amasar y cocer su propio pan aproximadamente cada quince días, este era más complicado por la dificultad de los ingredientes. Era necesaria mucha pericia para que quedara en su justo punto, esponjado, y también en el grado exacto de cocción. Si la que lo elaboraba se descuidaba un segundo, “lo llevaba el forno”, es decir, se pasaba de cocido o incluso se quemaba un poco por fuera. Eso sí, si la fornada salía bien, era motivo de orgullo porque, con la costumbre de intercambiar las bollas, en cada casa se juntaban unas cuantas distintas y era habitual establecer juicios sobre cuál era la mejor. Era bien conocido, en cada zona y en cada valle, quienes eran las mejores amasadoras de pan de la Pascua.
Aunque hoy hay unas cuantas panaderías que los comercializan, todavía muchas mujeres en los pueblos conservan esta tradición dulce, entrañable y amistosa. Un detalle más de nuestra rica y variada cultura tradicional que ojalá nunca se pierda.

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BENDICIONES MÚLTIPLES
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Pilar Arnaldo | 10-04-2017 | 08:11| 0

La fiesta cristiana del Domingo de Ramos gozaba, en estos pueblo del Suroccidente, de una trascendencia especial. Esa mezcla de religiosidad y superstición que caracteriza nuestra cultura campesina tenía, en estas fechas, uno de sus máximos exponentes con la bendición de los ramos, el agua y el pan y su utilización como ahuyentadores de males y protectores de la casa campesina.
Se comenzaba con la bendición de los ramos. Acudía la gente de los pueblos a la iglesia o capilla respectiva cargada con buenos manojos de laurel florido. Era necesaria una gran cantidad de ellos pues luego había que repartirlos por toda la casería. Para los niños se preparaba un ramo especial adornado con cintas de colores y caramelos, rosquillas –de aquellas que se vendían por las ferias- o cualquier otra golosina, cosidos a las hojas. Se remataba con una naranja clavada en la picota. El orgullo y la alegría con que aquellos niños de antaño portaban este ramo cargado de golosinas que luego, una vez celebrada la misa y bendecido por el cura, se comerían, es difícil de explicar desde la perspectiva de la época actual. Pero había otro motivo que hacía del día ramos una fecha realmente especial: la costumbre de estrenar ropa. En unos tiempos en los que lucir vestido nuevo no era algo frecuente, se esperaba esa fecha con verdadera ilusión. La responsabilidad de que los miembros de la familia lucieran impecables, especialmente los niños y las jóvenes, recaía -una vez más- en la mujer de la casa, que se daba buenas sesiones de costura para cumplir con la tradición. No quedaba más remedio, si no quería aparecer a ojos de la vecindad como una inútil. Ya lo dejaba bien claro el refrán: “La que nun estrena en ramos/ ye que nun tien manos”.
Pero las bendiciones no se acababan aquí. Durante la semana santa, el jueves, conocido como día de las tinieblas, además de tocar carracas y dar palos en el suelo de la iglesia, se bendecía el agua. Iban los parroquianos con recipientes llenos, se echaba en la pila y el cura la consagraba. Luego se recogía y se guardaba en casa. Con ella mojaban ramas de laurel y las arrojaban en cada tierra recitando el siguiente conjuro : “Marchai sapos, ratos y toda la munición/ qu´ehí vos vei l´agua bendita y el ramu de la pasión”. También se bendecían todos los animales, cuadras, hórreos, aperos de labranza y, por supuesto, la vivienda familiar.
Finalmente, el sábado, le tocaba el turno al pan. De nuevo a la iglesia con las fogazas a bendecir. Después, comía un trozo cada miembro de la familia y se daba también uno a cada uno de los animales domésticos.
Así quedaba todo santificado y protegido de enfermedades, accidentes, plagas, o cualquier contratiempo. En la casa campesina tradicional, personas, animales y propiedades formaban una unidad indisoluble y de todo ello se cuidaba con celo y diligencia. Y si la protección venía de las altas instancias divinas, mejor que mejor.

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¿QUÉ ESTAMOS COMIENDO?
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Pilar Arnaldo | 03-04-2017 | 15:03| 0

Recientemente ha saltado a la prensa un escándalo alimentario de esos que ponen la piel de gallina a cualquier consumidor medianamente precavido. Brasil, el mayor exportador de carne de vacuno del mundo, estaba vendiendo carne podrida. Sí, así como suena, carne podrida. El proceso era el siguiente: esa carne en mal estado se lavaba con detergentes y luego se “maquillaba” con diversos productos, muchos de ellos reconocidos cancerígenos. Y a punto para consumir. Los destinatarios: la Unión Europea y Asia, principalmente. Pero no crean que el tal fraude fue cosa de un día; se venía haciendo desde hace dos años por lo menos.
Son cosas de la globalización. En Asturias tenemos una carne excelente, de una raza óptima de vacas, criadas en los ricos pastos de nuestras montañas y sometidas a continuos controles de calidad. Sin embargo, a menudo, nuestros ganaderos encuentran dificultades para vender las reses. El mercado está saturado de esas otras carnes importadas de lugares tan lejanos que no hace falta que estén podridas para que su calidad sea dudosa. Un producto fresco que atraviesa medio mundo antes de llegar a nuestra mesa nunca puede tener la calidad de uno que viene de apenas unos pocos kilómetros. Sin contar el impacto ambiental que todo ello supone. Pero no es solo una cuestión de lejanía. Las leyes, en esto, como en tantas otras cosas, rayan el absurdo. A las ganaderías de aquí se les exigen altos parámetros de calidad y, como ya dije, el control es riguroso. Sin embargo no hay ningún problema en permitir la venta de carne de lugares en los que no existen ninguno de esos controles y exigencias. ¿Tiene algo de sentido todo esto?
Eso sí, mientras tanto, nos pasamos el día anunciando a bombo y platillo que vamos a implementar medidas para proteger el mundo rural, evitar la despoblación y no sé cuántas cosas más. Y creamos organismos para ello. Pero todo en abstracto, porque atajar los problemas concretos no es costumbre por estos lares. Pues nada. Abandonemos todo lo nuestro –ya queda bien poco- y comamos esos “maravillosos” productos importados que tan bien nos saben. ¡Que aproveche!

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SEMENTERA
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Pilar Arnaldo | 20-03-2017 | 14:28| 0

Amanece un día espléndido de primavera y, por estas aldeas del Suroccidente astur, nos preparamos para una de las tareas más importantes del año: la siembra de las patatas. Es sabido que la patata ocupa un lugar primordial en la casa campesina y una buena cosecha es siempre un motivo de alegría y orgullo. Es alimento principal en nuestra mesa, de hecho es uno de los ingredientes del plato mas típico de esta zona: el pote. La patata en Asturias se come a diario en variadas recetas y acompaña siempre a cualquier plato de carne o de pescado. Pero es usada además para la alimentación de los animales, especialmente de los cerdos. También la comen las gallinas y, en ocasiones, se daba a las vacas.
Así que lo primero es preparar la semilla. Las patatas del año anterior, “gal.lizadas”, es decir con yemas o brotes, se parten en dos o tres trozos. Cada uno de ellos dará lugar a una nueva planta. Después, a abonar bien la tierra. Ya lo dice el refrán: “Dios ya´l cuitu pueden muitu/pero sobre todo, el cuitu”. La siembra es un trabajo complejo, como todos los del campo, y se requiere de varias personas. Es necesario arar la tierra -l.labrar-, lo que, tradicionalmente, se hacía con l.labiegu romano movido por tracción animal -una pareja de vacas o un caballo, asno o mulo-. La labor de l.labrar corresponde normalmente al cabeza de familia. Otra persona tiene que dirigir los animales – “andar delantre las vacas”-. Se necesita también alguien que meta el cuitu en el riego y, finalmente, la persona que siembra, labor que suele realizar la mujer de la casa. Con gran cuidado de que no vayan ni muy juntas ni muy separadas, concentrada, atenta, digna y muy convencida de que le va en ello el bienestar de su familia, deposita en el surco las semillas. Después, a comer o merendar –según la hora- y celebrar la alegría de la siembra. La conversación de esos días, en los encuentros con los vecinos, siempre será “si las patatas llevaron, o no, buena sementera”.
Posteriormente vendrán los sucesivos trabajos. Primero, acachar, unos quince días después. Se deshacen los terrones que quedaron y se deja la tierra bien lisa. Entre tres semanas y un mes, aproximadamente, dependiendo del tiempo que haga, nacerán las plantas. Ahí ya se ve si estaban bien sembradas. Cuando estas están a media altura, hay que sal.lar. Se trata de remover la tierra y arrimarla al tallo, así como de arrancar las malas hierbas. El último trabajo es arriandar, que consiste en remover ligeramente la tierra. Y, finalmente, a principios de septiembre, se recolecta el fruto.
Esta tarea es de las que todavía se mantienen muy vivas en nuestros pueblos. Hoy es posible comprarlas a precios muy asequibles, pero la calidad es bien distinta. Sin contar con la satisfacción de la cosecha, esa emoción ancestral de sembrar, ver crecer y recolectar nuestros alimentos. Mientras podamos y no nos llegue la famosa polilla guatemalteca o cualquier otra plaga bíblica de esas que pululan por este nuestro mundo globalizado.

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MALA LECHE
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Pilar Arnaldo | 06-03-2017 | 08:40| 0

Hay un proyecto, ya muy avanzado, para construir en Soria la mayor granja lechera de todo Europa. Se trataría de un auténtico monstruo lácteo con 20.000 vacas y unas cifras de mantenimiento que ponen la piel de gallina a cualquiera que tenga una mínima sensibilidad medioambiental: un gasto de cuatro millones de litros de agua al día y 368.000 toneladas de excrementos generados, como una ciudad de cuatro millones de habitantes.
Pero tiene más costes que los ambientales este macroproyecto. Los promotores venden a bombo y platillo la idea de que van a crear 250 puestos de trabajo. Pero, si se crean estos y se destruyen tres veces más, poca ventaja va a traer. Porque inventos de este tipo son la puntilla que va a acabar definitivamente con el campo español. Una explotación así supone el cierre de muchas empresas familiares de leche que no van a poder resistir esta competencia desleal.
Dice Paul Samuelson, un prestigioso economista estadounidense, que el mercado no tiene corazón. A esta frase algunos añaden la coletilla “y los gobiernos no tienen cabeza”. Pues nunca mejor dicho. Porque lo que está fuera de duda es que unas pocas explotaciones de este tipo, lácteas o de carne -que ya hay planes para ellas, sin ir mas lejos aquí en Asturias- y de nuestro sufrido mundo rural no va a quedar nada. Desaparecerá de la faz de la tierra como desapareció el Macondo de García Márquez, pero con la diferencia de que el nuestro está poblado de seres reales que sienten y padecen.
Por una parte, nuestros gobernantes desde hace una temporada nos están vendiendo la moto de la preocupación de la despoblación rural con comisionados, reuniones, proyectos… y, por otra, permiten este tipo de explotaciones más propias de lugares como China o EE.UU. que van a acabar con lo poco que queda de nuestros pueblos. Decimos una cosa y hacemos justo la contraria. De esquizofrenia total.
Anda un sector amplio de la población muy preocupado por la supervivencia del lobo y el oso. Pues yo creo que estas dos especies, afortunadamente, no tienen ningún peligro de extinción. Pero sí lo tienen los pequeños ganaderos de los pueblos que mucho me temo que no lleguen a la mitad del siglo en curso. ¿No se los podrá declarar especie protegida y dedicar grandes recursos a su supervivencia? A lo mejor es la solución para ellos. Quizá dentro de unos años, los promotores de turismo organicen actividades de avistamiento de ganaderos y poder fotografiar a uno de ellos sea todo un triunfo. ¡Cosas veremos!

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ANTROXU
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Pilar Arnaldo | 27-02-2017 | 08:51| 0

El antroxu – antroido por esta zona- siempre fue la gran celebración del invierno en el campo asturiano. Superaba en importancia a cualquier otra, incluso a las fiestas navideñas que pasaron bastante desapercibidas en el mundo rural por lo menos hasta la segunda mitad del siglo XX. La cena de carnaval se celebraba por todo lo alto. En una época del año en la que el hórreo todavía estaba bien provisto de carne, no se escatimaba nada para un día destinado a la abundancia y el exceso. El antroxu en el ciclo anual marcaba el fin del invierno, de la época de baja actividad, para comenzar la de las siembras y el trabajo duro. Por eso era importante comer y festejar en abundancia.
El menú, evidentemente, estaba basado en la carne. El protagonismo lo llevaba la caramiel.la – cabeza del cerdo cocida- acompañada por embutidos y otras piezas del mismo animal y berzas y patatas cocidas y escurridas. De postre, freisuelos. Era un día para compartir, se invitaba y se repartía carne a las familias que menos tenían para que no quedase nadie sin celebrar.
Después de la cena venía la fiesta. Una de las costumbres de esta zona era ir a tirar una lata a la puerta del vecino y preguntar: ¿hay antroido? Si te contestaban que sí, que era lo habitual, entrabas y celebrabas con ellos. También había disfraces, semejantes a los de las pandorgadas o mascaradas de invierno aunque ahora participaban en ellos también niños, mujeres o viejos. A los disfrazados se les llamaba mazcaritos y recorrían las casas pidiendo el aguinaldo y cantando alguna copla. Las mujeres tenían un protagonismo especial en torno a esta fiesta, hasta el punto de tener sus propias celebraciones particulares, algo que no ocurría en ninguna otra época del año.
Hoy, en los pueblos, de todo esto pervive el aspecto gastronómico y poco más. Pero ya nadie espera con anhelo ese día para hartarse de carne o para tomar café, como le ocurría a aquella señora de La Troncada que, al comprar para la celebración, sabía que olvidaba algo y no caía en qué. El tendero le preguntó si podría ser café y ella contestó muy segura que no, que café le había sobrado del carnaval anterior.
¡Tiempos de austeridad! Entonces sí que había ganas de celebrar.

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UN PASTOR VIRAL
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Pilar Arnaldo | 20-02-2017 | 06:07| 0

Nel Cañedo es un joven pastor de los Picos de Europa que abandonó su Xixón natal para pastorear un rebaño de ovejas y cabras en la majada de Soñín y fabricar el delicioso queso Gamonéu del Puertu. El hecho de que un joven cambie la comodidad y los atractivos urbanos por la soledad de la vida en la montaña ya debería ser suficiente motivo para dedicarle atención en los medios. Pero Nel no se hizo famoso por este cambio a contracorriente, sino por sus vídeos en YouTube. Con gran frescura, naturalidad y buenas dosis de cabreo expone los problemas del mundo rural actual y triunfa con ello, hasta el punto de hacerse viral, es decir, difundido de forma masiva a través de redes sociales y blogs.
Los videos de Nel Cañedo son un soplo de aire fresco para este mundo campesino incomprendido. Que un pastor arrase en internet siempre es una buena noticia para el campo. Están los jóvenes rurales muy faltos de ídolos. Siempre tenemos la sensación de que todo lo que triunfa, lo que “mola” es urbano , de un mundo muy lejano a este. Por eso todos los chavales ganaderos, sin excepción, comparten entusiasmados estas publicaciones en las que se sienten reflejados. Cañedo es un pastor y quesero, con un oficio antiguo, milenario, pero que controla internet como cualquier joven de ahora y no solo lo controla, sino que triunfa en esas redes a las que ellos rinden culto.
En su último vídeo, el que definitivamente lo convirtió en viral, Nel Cañedo expone con grandes dosis de indignación la situación del ganadero cántabro al que por un resultado positivo en una sola vaca tuberculosa le obligaron a sacrificar cincuenta reses sanas. Mientras tanto, en la Comunidad de Madrid, un grupo animalista recogía 70 000 firmas para salvar de la muerte a una vaca también tuberculosa y conseguían su indulto para que siga viviendo en un santuario animal. El agravio comparativo está servido. A Nel Cañedo y a todos los que formamos parte del mundo campesino nos cuesta asimilar tanta tontería. La sensación de que vivimos en un mundo absurdo cada día se hace más patente. Así que, frente a todo este sinsentido, solo queda el grito de indignación. Y eso él lo hace como nadie. Exhibiendo grandes dosis de mala leche –no queda más remedio- y de humor y frescura ante la cámara, consigue arrancar una sonrisa a muchos ganaderos desesperados. Pero también tiene este pastor buena leche, la que le proporcionan esas cabras y ovejas que cuida con mimo para fabricar un producto de una calidad excepcional, su queso.
Nel Cañedo, sigue deleitándonos con tu buena y tu mala leche. El mundo rural la necesita. Y el urbano creo que también.

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AHORA SÍ
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Pilar Arnaldo | 13-02-2017 | 08:24| 0

Ahora sí se van a resolver los problemas del mundo rural. Cómo no, si el Gobierno, o más exactamente su Vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, acaba de crear un organismo específico para ello. Se llamará el Comisionado para el Reto Demográfico y, como su nombre indica, tendrá como función tratar de paliar los problemas demográficos de esas zonas, entre las que se encuentra todo el mundo rural español, que presentan serios inconvenientes al respecto. Al frente del mismo parece que ha colocado a una vieja amiga suya, Edelmira Barreira, a la que no se le conoce ninguna relación con el campo ni con el asunto de la demografía ni el desequilibrio poblacional.
La idea, en principio, no estaría mal, si no fuera porque lo que sobran en este país son organismos. Con una Administración absolutamente sobredimensionada a todos los niveles, crear nuevas entidades no parece la mejor idea. Hay un dicho entre la gente que reza: “si quieres que algo no se haga, crea una comisión”. Porque estamos hartos de ver todo tipo de organismos, comisiones, consejos, servicios, planes, proyectos, programas… que se llevan cantidades ingentes de recursos y cuyos resultados son, cuando menos, dudosos, por no decir nulos.
El problema de la despoblación del mundo rural no se arregla generando estructuras innecesarias. Sobran organismos desde los que tratar este tema. El problema de la despoblación del mundo rural se arregla atendiendo a este mundo rural, mimándolo, ofreciendo oportunidades de trabajo para los jóvenes, aligerando la carga impositiva y las exigencias a los pocos negocios que quedan en él, ofreciendo servicios de calidad. En fin, con una clara voluntad de discriminación positiva hacía las personas que en él habitan. Así que menos comisionados y más actuaciones. A no ser, claro, que el citado organismo tenga como prioridad colocar a una amiga de nuestra Vicepresidenta. En ese caso, no hay problema pues el objetivo ya está cubierto. No obstante, desde estas tierras olvidadas, estaremos atentos a lo que da de sí el susodicho organismo y no dudaremos en apoyarlo y aplaudirlo si realmente cumple con su cometido. ¡Así pues, Edelmira, bien venida a la España vacía… Ah no, perdona, se me olvidaba que tú lo vas a gestionar desde tu despacho de la capital y ahí no hay problemas de demografía!

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SAN BRAS: EL PRESENTE
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Pilar Arnaldo | 06-02-2017 | 17:52| 0

El viernes pasado se celebró en la localidad de Tuña, Tinéu, la feria de San Bras, la primera del año en el Suroccidente astur y una de las citas importantes para ganaderos y gente de los pueblos en general. De lo que supuso esta feria en el pasado y de cómo era ya hablé en la columna anterior, así que hoy voy a tratar la realidad de la feria en el presente.
Como mercado de ganado, San Bras ya no es ni la sombra de lo que era. Las formas de compra- venta de animales han variado bastante y cada vez menos ganaderos acuden con sus reses a las ferias. Hoy el ganado se vende prioritariamente en casa o incluso a través de contratos de venta con las distintas cadenas de supermercados. Apenas unas pocas reses de vacuno y algo de equino es lo que nos podemos encontrar en la que era, hasta hace poco tiempo, la feria que marcaba los precios del año para las siguientes.
Sin embargo, la gente sigue acudiendo en masa a San Bras. No solo los pocos que quedan en estas pequeñas aldeas sino muchos de los que emigraron en los años sesenta, setenta y ochenta a las ciudades del centro de Asturias. Estas personas, hoy jubilados en su gran mayoría, y muy apegados a la tierra que los vio nacer, son los que contribuyen a llenar este tipo de eventos que, sin su presencia, resultarían inviables por la escasa población de los lugares en los que se celebran.
Porque una feria como esta es mucho más que la compra-venta de ganado. Es ser espectador de esos pocos o muchos tratos que se produzcan, es encontrarse con los vecinos, degustar una buena merienda, recorrer los puestos de productos asturianos y sobre todo, comprar buenas naranjas, las mejores, que ya sabemos que San Bras es el patrón de las enfermedades de la garganta. Y volver a los lugares de residencia bien cargado de anécdotas e historias que amenizarán, durante unos cuantos días, los paseos por la Losa de Oviedo o las tardes en los centros sociales de los distintos barrios.
Es muy importante que sigamos todos acudiendo a las ferias y fiestas que se celebran en nuestros lugares de origen. Se trata de un pequeño gesto que contribuye a mantener estos acontecimientos tan significativos para un mundo en declive al que todos tenemos la responsabilidad de preservar. ¡Salvemos nuestros pueblos! No esperemos que otros lo hagan por nosotros.

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SAN BRAS: EL PASADO
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Pilar Arnaldo | 29-01-2017 | 23:07| 0

La primera gran feria ganadera del año en el Suroccidente astur es la de San Bras –Así, “Bras” con r ,que es su nombre tradicional y no “Blas” como se empeñan ahora en poner en carteles y otros anuncios-, en Tuña, el 3 de febrero.
Intentar siquiera dar una pequeña idea de lo que está feria significaba para la gente de la zona, en el espacio de una columna, es tarea bien complicada, pero procuraré hacer una aproximación.
San Bras siempre fue, principalmente, feria de vacuno y equino. Era muy importante porque, al ser la primera del año, marcaba los precios para las futuras. Pero para la gente de todos estos territorios colindantes con Tuña (valle del Ríu Xinestaza, parroquia de Merías, parroquia Quintana, Partíu de Sierra, parroquia de Agüera, Las Alzadas de Tinéu …) era mucho más que una feria. Presentarse en San Bras con una pareja de bueyes bien cuidados y pertrechados con sus buenos aparejos era, seguramente, el súmmum del orgullo campesino, la línea que marcaba el éxito social y profesional, el distintivo de los triunfadores.
Apenas empezaba el año, la gente de estos pueblos ponía la vista en el gran día. San Bras se pensaba, se imaginaba, se discutía, se soñaba. En el chigre, en los filazones, en los encuentros casuales en caleas y caminos era el tema de conversación. Tan importante acontecimiento trascendía, como no podía ser menos, a nuestra región. Quien circulara por la estación de Atocha madrileña en fechas cercanas al 3 de febrero podía sorprenderse si, al acercarse a un corrillo de mozos, se encontraba con que estaban todos exaltados tratando algún ejemplar de ganado vacuno. Eran los hombres de L’Abedul, que durante el invierno se marchaban a Madrid de mozos de estación para aportar un dinero muy necesario para la economía familiar. Trabajaban allí buena parte del año y regresaban en verano para las tareas fuertes del campo. Pero, faltaría más, hacían un paréntesis en su ocupación invernal para venir a San Bras. Y, por supuesto, con el entusiasmo de la venida empezaban allí mismo, entre ellos, los tratos de las reses que los esperaban en sus cabañas asturianas. Que luego el animal respondiese o no a las expectativas ya era otra historia.
San Bras era también una buena merienda. La fecha lo propiciaba, ya que estaban las matanzas recientes y había abundancia de carne. Por supuesto, el lacón llevaba el protagonismo. Quien no dispusiera de un buen lacón cocido y un potente bollo preñado mejor no se dejaba ver por la feria. Eran épocas de escasez, pero quizá debido a ello, se ponía especial atención en ser muy arrogante en estos eventos. Era este otro de esos puntos en los que se jugaba el prestigio de la casa campesina, en este caso de la mujer, que era la encargada de todo lo relacionado con la alimentación de la familia.
Por supuesto, la feria también se aprovechaba para la fiesta y el cortejo. Las mozas y mozos casaderos esperaban ansiosos este día que luego culminaba con buenos bailes en Tuña, en El Bolichero y El Pipo, y en La Pontecastru, en Casa Alonso. Y finalmente, el regreso, con bolsadas de naranjas de Soutu los Infantes, que no serían las mejores del mundo pero sabían a gloria, porque tenían el privilegio de ser las únicas que se comían en todo el año. ¡Otros tiempos!

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Sobre el autor Pilar Arnaldo
Pilar Arnaldo, escritora y profesora de Lengua castellana y Literatura. Como columnista publico mis artículos en El Comercio sobre mundo rural, Suroccidente de Asturias y cultura tradicional