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ABANDONO TOTAL
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Pilar Arnaldo | 01-08-2016 | 17:40| 0

Con el verano nuestros pueblos, tan vacíos de gente, recuperan algo de su población. Una buena parte de los emigrados vuelven y abren sus casas aunque solo sea por unos días. Muchos de los que se fueron en los años setenta a lugares como Madrid, Barcelona o las tres ciudades asturianas empiezan a estar jubilados y retornan por espacios de tiempo algo más amplios. También se deja ver un pequeño pero incesante goteo de turistas. Todos son bienvenidos y todos son necesarios. Vienen a poner una nota de animación y bullicio que, al menos por un tiempo, combate un poco el desánimo y pesimismo de nuestras envejecidas aldeas, además de su aportación económica a los distintos negocios de la comarca. Pero en el caso que nos ocupa, la zona Sur del Concejo de Tineo, además, son unos valientes dignos de una merecida ovación. Y digo que son unos valientes porque para circular en este momento por algunas carreteras del Concejo, especialmente por esta zona, hay que ser más que valiente. Se necesita algo de espíritu aventurero.” La jungla en estado puro” podría ser nuestro eslogan de turismo.
Las carreteras están sin desbrozar desde septiembre del 2015 y la maleza impide totalmente la visibilidad de manera que es un gran riesgo circular por ellas. En algunos lugares, las ya estrechas pistas de los pueblos se reducen aún más y es imposible cruzarse con otro vehículo sin meterse de lleno en el matorral. Me consta que hay gente que viene y permanece mucho menos tiempo del previsto por el pánico que sienten cada vez que tienen que moverse hacia algún lugar. El abandono es total. A nuestro Ayuntamiento las pequeñas aldeas parecen importarle muy poco. Para eso no hay dinero. Es mejor gastar ingentes cantidades en abrir piscinas cubiertas quince días en campaña electoral para volver a cerrarlas. Y luego decimos que nos interesa el mundo rural y queremos protegerlo…

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QUE NOS LO EXPLIQUEN
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Pilar Arnaldo | 18-07-2016 | 06:49| 0

Hoy me llega la noticia de que una de las aldeas de la zona pasará a engrosar la lista de pueblos abandonados el próximo otoño. Parece ser que el único vecino que quedaba tiene previsto marcharse. Uno más y ya son cuatro en este pequeño valle, cuatro de once. El porcentaje, mejor no calcularlo. Y si contamos todo el concejo son unas cuantas decenas. Y suma y sigue.
Somos ya muchas las voces que, a través de los medios de comunicación, día a día y semana a semana, estamos intentando concienciar de la magnitud del problema. No se está haciendo lo suficiente para conservar el mundo rural. Casi me atrevería a decir que no se está haciendo nada. Hago un rápido repaso a los periódicos de la semana y realmente no encuentro una sola referencia a algo destinado a mejorar la vida de la gente del campo, a atraer población, a impedir que se vayan los pocos que quedan. Nada, ni un pequeño gesto. Sin embargo leo una noticia que dice que los osos en Asturias pasan hambre. Ignoro si esto es cierto. Pero si sé que tiene una fácil solución, una solución en la que además están de acuerdo ganaderos y ecologistas, dos colectivos a los que siempre se presenta como enfrentados, aunque me consta que hay personas que tienen algo de los dos grupos sin que por ello sientan ningún tipo de esquizofrenia. La solución es tan sencilla como volver a dejar que se abandonen los animales muertos en el campo como se hizo siempre. Los osos y buitres tendrían más comida, estarían alimentados y atacarían menos a los animales domésticos. Además, los ganaderos no solo tendrían menos pérdidas, sino que se ahorrarían el coste y el trabajo de recoger las reses muertas y mandarlas a incinerar o lo que sea que se haga con ellas. Pero no hay manera. El debate está abierto desde hace tiempo pero el gobierno asturiano hace caso omiso a esta cuestión. Me pregunto por qué. ¿Alguien gana algo con ello o qué ocultos intereses hay para persistir en una situación que no parece ser buena para nadie? Por lo menos, que nos lo expliquen. Igual hasta conseguimos entenderlo.

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LANA CON NOMBRE DE MUJER
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Pilar Arnaldo | 11-07-2016 | 12:31| 0

El trabajo de elaborar la lana, que fue común y generalizado en la casa rural asturiana hasta mediados del siglo XX, recaía sobre las mujeres en prácticamente su totalidad,a excepción del primer paso en la cadena, la tarea de esquilar la oveja, que realizaban los hombres. Todas las demás actividades -lavar, escarpenar, cardar, filar, torcer, tejer- eran labor femenina. Mujeres son también las que recuperaron esta actividad para el público a través del Festival de la Lana que se viene celebrando en Tuña el primer fin de semana de julio desde hace doce años.
La Asociación de Mujeres Cuarto de la Riera, fundada, entre otras, por Raquel López Tronco en el año 1997, se propuso recuperar este viejo oficio para mostrarlo y darlo a conocer al mundo, especialmente a las nuevas generaciones. Y lo consiguieron con creces. El Festival de la Lana no dejó de crecer desde sus primeras ediciones y en la actualidad es fiesta bien conocida en buena parte de Asturias e incluso traspasó fronteras autonómicas e incorpora a filanderas gallegas además de otras muchas de distintos lugares de la región. Detrás de esta excepcional muestra del viejo oficio de la elaboración de la lana hay, sin duda, muchos miles de horas de trabajo y de entusiasmo por parte de un grupo de mujeres que, a través de esta y de otras múltiples actividades, hacen que nuestros pueblos no decaigan del todo.
Existen muy variadas formas de estar en el mundo y todas son respetables siempre que ellas, a su vez, respeten. Pero yo quiero romper una lanza en favor de esta manera particular de estar y de ser, la que practican estas mujeres, la de las personas que se implican, que luchan, que tratan de mejorar su entorno, que suman y multiplican.
María Elena, Raquel, María y todas las que formáis parte de la Asociación, muchas gracias por existir. Seguid trabajando y luchando. Nuestro olvidado mundo rural os necesita.

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NO EXISTIMOS
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Pilar Arnaldo | 04-07-2016 | 17:25| 0

En Asturias quienes nos gobiernan parece que solo piensan en los pequeños pueblos ese par de días que, en campaña electoral, se dignan visitar algún núcleo rural. Porque a la hora de establecer normas es evidente que no recuerdan que existimos.

Vivo en un pequeño pueblo de unos treinta habitantes. Con mucho trabajo por nuestra parte, los vecinos intentamos conservar la mayoría de las tradiciones y hacemos enormes esfuerzos porque estas no mueran del todo. Una de esas tradiciones que intentamos mantener es nuestra fiesta patronal, San Juanín, que es pequeña y humilde hasta en el nombre.
Cuando este año, como venimos haciendo desde hace muchísimo tiempo, nos dirigimos al Ayuntamiento de Tineo para solicitar el permiso pertinente de la fiesta -una misa, una comida familiar y un baile en la plaza del pueblo con un acordeonista- nos encontramos con importantes cambios respecto a años anteriores. Para que se hagan una idea, esto es un fragmento del documento que nos aportan con las exigencias para conceder dicho permiso:

Un plano ubicando de forma exacta el local o espacio abierto en el cual se celebrara la verbena.
Una memoria suscrita por técnico competente indicando todos los pormenores de la fiesta, instalaciones y localización de las mismas, orquestas, escenarios , medidas de seguridad e higiene, etc.
Plan de emergencias suscrito por persona competente.
Boletín de instalaciones eléctricas y comunicado de alta remitido a la Consejería de Industria.
Existencia de medidas o servicios de seguridad y vigilancia…

Por supuesto, el Ayuntamiento no facilita ninguna de estas gestiones ni ofrece a ninguno de los técnicos a los que el documento hace alusión. Serían los propios vecinos los encargados de aportarlo todo y pagarlo de su bolsillo.
Y yo pregunto: ¿la Administración debe estar para solucionar los problemas de la gente o para generarlos? ¿No existe alguien, entre todas las personas por las que este documento circuló antes de llegar al ciudadano, a quien se le ocurra que, exigiendo esto, lo único que se va a hacer es acabar definitivamente con las pequeñas romerías?
Señores de la Administración, si quieren hacer algo por los pueblos empiecen por pensar en ellos de vez en cuando. No se pueden establecer las mismas normas para la ciudad que para el campo, para el grande que para el pequeño. Y no solo en esto, sino en muchos asuntos más importantes que afectan al día a día de nuestros pueblos. Al fin y al cabo, la fiesta es una vez al año.
¿Creen ustedes que la pequeña comunidad de un núcleo rural puede responder a todas estas exigencias? Aunque me temo que no es una cuestión de creencias. Más bien pienso que el problema es que olvidan que existimos. Excepto en campaña electoral, que tiene un enorme poder para avivar la memoria. Así nos va.

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POR SAN XUAN
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Pilar Arnaldo | 30-06-2016 | 17:18| 0

 

 

Estamos en días de celebración. El solsticio de verano o su equivalente cristiano, la noche de San Xuan, es, para las culturas campesinas,  uno de los momentos del año en los que la magia y los poderes sobrenaturales eclosionan con toda la fuerza que las creencias populares les otorgaron desde tiempos inmemoriales.

En el Suroccidente de Asturias, la celebración posee una gran riqueza y complejidad por la variedad de ritos existentes. Estos se pueden agrupar en dos vertientes bien distintas: por una parte están los relacionados con la magia, destinados a cumplir deseos, ahuyentar males, curar enfermedades; y, por otra parte, están los ritos festivos que, protagonizados por los mozos de los pueblos, consisten en hacer bromas o fechorías tales como esconder objetos, cambiar cosas de lugar o quitar las portillas o cierres de los prados o tierras.

En cuanto a los primeros, además de las omnipresentes fogueras, una de las creencias más extendidas, en lo que al Valle del Ríu Xinestaza se refiere, es la de que la noche de san Xuan es el momento oportuno para coger la flor de saúco, planta medicinal por excelencia, y hacer acopio de ella para el año. Aunque se aplica a múltiples y muy variadas enfermedades, se considera particularmente eficaz para tratar las afecciones de la vista. La rosada de la noche más corta del año tiene poderes especiales y se creía que revolcándose al amanecer entre el verde cubierto de rocío se curaba la sarna. Uno de los momentos en los que la capacidad mágica de esta noche se hace más patente es con la primera luz del alba. Es entonces cuando la clara de huevo, que se depositó en un vaso con agua la noche anterior, se convierte en un barco velero y es la ocasión de pedir aquello que más se desea. Por supuesto, también existe la costumbre de enramar fuentes y puertas y ventanas de casas, especialmente aquellas en las que hay jóvenes casaderas.

De las trastadas, hay una que está presente de forma especial en la memoria de la gente de La Pontecastru. Un año un vecino se encontró a la mañana siguiente con la desagradable sorpresa de que el carro del país en el que iba a cargar la hierba curada en días anteriores no estaba en el sitio habitual. Lo buscó sin éxito hasta que alguien lo informó de que se encontraba junto a una peña, en uno de los lugares más recónditos del valle, atado en lo alto de un árbol. Tuvo que pedir ayuda a muchos de sus convecinos e incluso se dio el caso de que algunos de los que participaron en la broma tuvieron que ayudar en la recuperación, por supuesto sin que el afectado supiera nada de la curiosa coincidencia. Se necesitaron un buen numero de hombres forzudos para desenganchar el carro del lugar donde estaba y bajarlo a tierra, igual que se habían necesitado unos cuantos mozos para llevarlo hasta allí. Hoy nada de esto sería posible. Falta lo más importante en los pueblos: el capital humano.

Que todas las fuerzas mágicas de la noche de San Xuan se conjuren para salvar a nuestro mundo rural del abandono en el que se encuentra. Eso le pido a mi barco velero.

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Peligro de extinción
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Pilar Arnaldo | 21-06-2016 | 17:49| 0

El campo asturiano está este año más verde que nunca; no en vano llevamos casi dos meses de lluvias constantes. Me asomo a la ventana y contemplo tanta belleza a mi alrededor que resulta difícil de asimilar. Será eso que llaman el síndrome de Stendhal, pero aplicado al paisaje. Vivir rodeada de naturaleza me parece un lujo extraordinario. Sin embargo, aquí estamos los cuatro de siempre. La gente parece que sigue prefiriendo el centro comercial o cualquier otro pasatiempo urbano a este prodigioso paisaje primaveral.

Leo una vieja entrevista de un diario asturiano a Yves Champetier, economista, ex director del Observatorio europeo del programa Leader y experto en desarrollo rural. Afirma que los ecosistemas tradicionales son un ingente patrimonio cultural, que en estos enclaves la inteligencia de la gente para obtener lo mejor del lugar era algo increíble. Aboga por recuperar esa inteligencia para dar una solución a estos territorios. Me gustan las cosas que dice este hombre. Pienso que si nuestros antepasados supieron gestionar de una manera tan perfecta estos hábitats, ¿cómo nosotros, con una formación mucho más amplia y con toda la tecnología y todos los avances a nuestro alcance no somos capaces?

Algo tendremos que hacer y lo tendremos que hacer entre todos: los que vivimos en el medio rural, los que viven en las ciudades, gobernantes, expertos. Todos. Hace unos treinta años, cuando se constató que el oso pardo estaba en franco peligro de extinción, se dio la voz de alarma y se pusieron en marcha importantes proyectos de recuperación. Se crearon fundaciones, asociaciones, se invirtieron enormes recursos y la situación logró revertirse. Hoy ya no parece que este animal emblemático de Asturias esté amenazado y eso está muy bien. Vaya por delante, para que no se me malinterprete, que creo que es absolutamente necesario conservar todas las especies autóctonas. Pero ahora es el campesino, el habitante del mundo rural, el que está en franco peligro de desaparecer. ¿Estamos dispuestos a hacer un esfuerzo como el que se hizo para la conservación del oso u otras especies animales? Si no lo hacemos, lo que nos espera es muy fácil de imaginar: en menos de veinte años los pueblos se vaciarán casi por completo. Asturias será una macrourbe en el centro y las alas -especialmente la zona occidental-se quedarán totalmente despobladas. Y con los campesinos desaparecerán los pueblos porque el matorral, que ya aumenta de año en año de forma imparable, acabará apoderándose de todo. Y yo pregunto: ¿es ese el paraíso natural que queremos para el futuro?

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El profundo Sur
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Pilar Arnaldo | 14-06-2016 | 19:18| 3

Vivo en el Suroccidente de Asturias. El profundo Sur, lo podríamos llamar. Profundo no por hondo, que es zona bastante montañosa, sino por otros significados de la palabra. Recóndito, sí; intenso, también; pero sobre todo deprimido, sumergido, complicado. Y aquí se hace difícil aplicar aquello de “El Sur también existe”. Porque solo parece existir para los poquísimos que continuamos habitando en él. Apurando mucho podemos decir que también existe en el pensamiento de nuestros amigos y familiares que nos visitan de vez en cuando. O en el de cuatro entusiastas turistas que buscan algo fuera del habitual sol y playa.

Pero no parecemos existir para el complejo entramado de administraciones que legislan, dirigen y gobiernan este país. Ni este rincón de Asturias ni ningún otro de la España rural que día a día vemos morir sin sentir siquiera un atisbo de remordimiento ante una pérdida irreparable en muchos aspectos. Bien es verdad que de vez en cuando salen a la palestra maravillosas ideas, frases rimbombantes y sesudos estudios en los que casi siempre se llega a la conclusión de que el mundo rural corre serio peligro de desaparecer, que hay que protegerlo, que es algo importante y unas cuantas cosas por el estilo. Pero en este caso sí que podemos afirmar que todo esto siempre se queda en el papel. Porque hacer, lo que se dice hacer, no se hace nada, o casi nada, para evitar la desaparición no solo de unos pequeños pueblos sino de todo un paisaje, unos ecosistemas, una forma de vida y una cultura ancestral, milenaria y sobre todo nuestra, genuinamente nuestra, aquella de la que el 90% de la población asturiana procedemos.

Ya sé que somos muy pocos. Que a la hora de votar apenas sumamos. Quizá ahí radique nuestro mayor problema. Pero también es el mayor problema al que ha llegado esta democracia que tenemos, uno de los mayores errores de nuestra clase política y una de las cuestiones por las que ha perdido mucha credibilidad y respeto por parte del pueblo. Nuestros políticos viven y actúan de cara a las próximas elecciones. Solo interesa aquello que proporciona votos. Mientras no existan unos gobernantes serios, rigurosos, con altura de miras y con unos principios éticos que estén por encima de todo interés personal o de partido, ni este ni otros muchos problemas que nos aquejan tienen la más mínima posibilidad de ser resueltos.

A todos los que tienen voz en esto, a los que nos gobiernan, desde los más cercanos de la política municipal a las más altas instituciones nacionales y europeas: hagan todo lo posible por preservar este mundo rural. No escatimen esfuerzos. Será una gran labor que los honrará en el presente y en el futuro.

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Sobre el autor Pilar Arnaldo
Pilar Arnaldo, escritora y profesora de Lengua castellana y Literatura. Como columnista publico mis artículos en El Comercio sobre mundo rural, Suroccidente de Asturias y cultura tradicional